Editorial n°1

Una forma de hablar llano

Sofía Quevedo

La condición de la experiencia que la literatura busca bordear, insistir y tornar visible sin llegar a fijar del todo puede pensarse como una forma de intemperie. En muchos de los textos que integran este primer número de Revista Bornamez se advierte un desplazamiento decisivo: ya no se trata de sujetos que interpretan el mundo desde cierta distancia, sino de voces implicadas, afectadas, a ratos desbordadas por aquello que intentan decir. El cuerpo —que estornuda, que desea, que recuerda, que enferma— se configura como primer territorio de inscripción. Lejos de presentarse como una unidad clausurada, aparece expuesto a un conjunto de condiciones materiales y simbólicas que lo sitúan en un presente determinado.

Persiste, asimismo, una conciencia aguda de la imposibilidad de acceder de manera directa a lo real. Todo se presenta bajo algún tipo de mediación: archivos que acumulan y distorsionan, lenguas que traducen y desplazan, relatos heredados, imágenes que retornan desde su repetición. Incluso el duelo —uno de los gestos más radicales de lo humano— se constituye como un problema de mediación: ¿cómo llorar aquello que carece de cuerpo?, ¿cómo recordar lo que rehúsa fijarse?

Si algo comparten estos textos es que trabajan sobre lo que queda. No hay totalidad a la que volver ni retorno posible a un origen pleno. Cuando esa idea comparece —la infancia, la figura del padre, los espacios de pertenencia, los horizontes en común— adopta la forma de lo distante, de lo escindido, de aquello que se sustrae a toda tentativa de recuperación.

Desde ahí, la literatura se configura como una práctica de montaje: una operación que aproxima fragmentos, los dispone en contacto y permite que, en ese roce, surja una forma transitoria. No hay clausura ni resolución; lo que emerge es una intensidad sostenida en su propio carácter provisional.

El punto de anclaje más fuerte no reside únicamente en la fragmentación ni en la pérdida, sino en lo que ocurre a pesar de eso. En estos textos se reconoce, junto a la erosión del mundo y la reiteración de la violencia, una persistencia menos evidente: una voluntad de vínculo. No responde a una armonía ni a una estructura estable; adopta la forma de una relación oblicua entre las cosas, como si, en medio de la dispersión, subsistiera un murmullo compartido.

Surge así una sensibilidad común frente a la pérdida de centro, el gesto de la literatura consiste en un retorno obstinado sobre lo fragmentario, lo mínimo, lo inestable. En esa reiteración se esboza una orientación precaria como forma de permanencia: continuar mirando, nombrando y trazando vínculos en medio de aquello que no cesa de disolverse.

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