Editorial n°2

Después de las formas

Sofía Quevedo 16 de junio

La forma siempre es precedida por una tradición de imágenes y de usos. Sin embargo, los textos que componen este segundo número de Revista Bornamez parecen resistirse a recibir esas formas como evidencias. Antes bien, las someten a una presión constante, forzándolas a exceder la comodidad de los lugares comunes para nuevamente problematizarlas.

Las convenciones no se agotan al envejecer; persisten como repertorios disponibles, imaginarios que continúan organizando la experiencia, aun cuando las condiciones que las produjeron han desaparecido. El conjunto parece interrogarse acerca de aquello que ocurre cuando una imagen deja de coincidir con su origen y continúa circulando como vestigio o hábito de percepción.

Tal vez la exigencia consista en reconocer que toda herencia posee un carácter ambiguo; la tradición constituye un campo de disputas en torno a las formas de ver y de nombrar, propiciando el instante singular en que una forma comienza a revelar sus costuras cuando ya familiarizamos el gesto: la conciencia de que la experiencia nunca coincide plenamente con las representaciones que intentan contenerla.

Este conjunto puede leerse como una indagación en torno a aquello que insiste mientras se transforma, a lo que retorna bajo configuraciones diversas. Los afectos, las formas heredadas y ciertos regímenes de sensibilidad permanecen disponibles para nuevas apropiaciones. En ese intervalo, donde la continuidad nunca es completa y la ruptura jamás absoluta, parece desplegarse una negociación inacabada entre los imaginarios recibidos y las experiencias para las cuales aquellas imágenes ya no bastan.

No resulta incoherente, entonces, que muchos de estos textos vuelvan la mirada hacia aquello que, desde una perspectiva contemporánea, parecería haber sido relegado a la condición de residuo. Donde una representación pierde transparencia, comienza a exhibir su historicidad y, con ella, la posibilidad de ser reinscrita en otros marcos de inteligibilidad. De ahí que reaparezcan prácticas, afectos y figuras cuya persistencia no depende tanto de la conservación intacta de sus sentidos originales como de su capacidad para reinscribirse en experiencias y nuevos contextos: la actuación deja de remitir a la representación de un carácter estable y vuelve problemática la propia noción de personaje; la pertenencia deja de remitir a un territorio delimitado o a una identidad fija y pasa a configurarse bajo formas más precarias y discontinuas, tramadas por ritmos, trayectos y sedimentaciones de la memoria; las supersticiones sobreviven como saberes menores capaces de ordenar la incertidumbre cotidiana, incluso después de haber perdido los fundamentos simbólicos que las legitimaban; la oposición entre plenitud y carencia deja de resultar suficiente, y el vacío se vuelve una categoría móvil, más próxima a una experiencia de la percepción que a una falta susceptible de ser colmada. En todos estos casos, aquello que persiste no lo hace como una supervivencia inerte, sino como una forma desplazada respecto de sí misma.

Estas formas aparecen como espacios donde persisten modos de percibir y de relacionarse con la experiencia que no han sido enteramente absorbidos por los lenguajes dominantes de la racionalidad, la productividad o la clasificación. Quizás porque ciertas preguntas continúan excediendo los marcos desde los cuales pretendemos responderlas: qué significa pertenecer a un lugar, cómo se conserva un afecto, de qué manera se habita una pérdida, qué hacer con aquello que no puede reducirse a una identidad estable, o cuánto de nuestra relación con el mundo sigue dependiendo de creencias, imágenes y gestos cuyo origen hemos olvidado, pero cuya influencia sigue modelando nuestra sensibilidad. ¿Qué es lo que sobrevive cuando las categorías con las que aprendimos a pensar la experiencia revelan sus límites?

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