Una reserva de sentido
El tercer número de Revista Bornamez integra una constante desconfianza hacia la totalidad. La obra acabada, el sistema coherente, la explicación exhaustiva, la interpretación que pretende cerrar sus objetos: cada una de estas figuras aparece bajo sospecha.
El fragmento adquiere una condición epistemológica, escribir en fragmentos supone reconocer que ciertas experiencias del pensamiento solo pueden presentarse mediante interrupciones, desvíos, contradicciones, retornos y zonas de indeterminación. El pensamiento se multiplica cuando intenta alcanzar aquello que lo excede, y la escritura conserva las huellas de esa imposibilidad. La discontinuidad deja de ser una carencia del discurso para convertirse en el registro material de una conciencia que ha encontrado un límite.
Esta tensión alcanza también a la interpretación. Toda lectura supone, en algún grado, una operación de montaje. Pero la proliferación de relaciones puede conducir también a una forma de clausura: cuando cada elemento es convertido en signo de otra cosa, el objeto leído termina subordinado a la maquinaria interpretativa que debía abrirlo. La lectura crítica exige una doble responsabilidad: producir relaciones y conservar la resistencia de aquello que las relaciones no consiguen absorber. Entre la sospecha hermenéutica y la sobreinterpretación existe una zona de trabajo donde leer significa sostener una hipótesis sin confundirla con una posesión definitiva del sentido.
Particularmente, la literatura actual encuentra un desafío significativo en la crisis del privilegio humano como medida de lo existente. Cuando aparecen animales, microorganismos, vegetación, minerales, inteligencias artificiales, residuos, ecosistemas o temporalidades geológicas, el problema deja de consistir únicamente en incorporar nuevos temas al repertorio literario. Se modifica la posición desde la cual se construye el mundo narrativo. La ficción comienza a interrogar la antigua distribución entre sujeto y objeto, agente y escenario, naturaleza y cultura. Incluso la experiencia del deseo puede formularse bajo esta lógica: una fuerza que modifica al sujeto, que altera sus límites y lo confronta con aquello que en sí mismo permanece irreductible a una identidad estable.
Esta ampliación del campo de lo representable posee una consecuencia formal. Si el mundo ya no puede organizarse exclusivamente según la escala de la experiencia humana, tampoco resulta suficiente una narración construida alrededor de una única medida temporal, espacial o perceptiva. Las temporalidades geológicas, biológicas y tecnológicas introducen duraciones que desbordan la biografía individual. La escritura queda obligada a imaginar relaciones entre entidades cuya experiencia resulta inaccesible desde una perspectiva exclusivamente antropocéntrica. El problema ecológico se convierte en un problema de imaginación.
Algo semejante ocurre cuando la escritura se aproxima a la memoria histórica. ¿Desde qué lugar puede hablar una voz situada en el presente sobre aquello que pertenece a una experiencia colectiva marcada por la violencia? La memoria exige una ética de la distancia. El lenguaje puede convocar a los muertos, reconstruir escenas, reunir documentos, escuchar testimonios y producir imágenes; también puede apropiarse de aquello que pretende recordar. La interrupción de un poema, la negativa a continuar una frase, la sospecha ante una palabra demasiado disponible. Hay experiencias frente a las cuales escribir implica también preguntarse por la legitimidad de la propia voz. El silencio puede aparecer como una reserva ética, una interrupción del impulso de convertir el dolor ajeno en materia literaria.
Las diferencias de tono, procedimiento y escala que atraviesan este número adquieren sentido dentro de esa tensión común. Algunos textos despliegan la acumulación; otros recortan. Algunos acumulan documentos, referencias e imágenes; otros interrumpen el discurso ante aquello que no consiguen —o no quieren— formular. Algunos desplazan la experiencia hacia territorios materiales y no humanos; otros regresan sobre el cuerpo, la memoria o la intimidad. Estas divergencias impiden reducir el conjunto a una estética compartida y permiten leerlo como una serie de respuestas, nuevamente, al mismo problema: cómo producir una forma cuando aquello que se busca conocer, recordar, representar o interpretar excede las categorías disponibles para hacerlo.
Creo la literatura conserve su fuerza precisamente en esa condición problemática. La escritura alcanza su mayor intensidad cuando la forma que construye consigue hacer perceptible aquello que la desborda. El texto deja de ofrecer únicamente un objeto acabado y se convierte en una superficie de pensamiento: un lugar donde las relaciones todavía pueden modificarse, donde lo leído puede volver a disponerse y donde aquello que parecía concluido recupera su capacidad de preguntar.