Ensayo

Blaise Pascal: la necesidad del estilo fragmentario

Valentin Brito 4 de octubre

La crítica comenta que hacerse una idea final de los Pensamientos (si su autor, acaso, hubiera dispuesto de tiempo y salud para acabarlos) es muy difícil.

Yo afirmo que sigue siendo difícil y, además, inútil.

La desgarradura que palpita detrás de cada pensamiento de Pascal es irreductible a la tiranía de la obra. Tiranía, entiéndase, totalidad. Hay razones, ligadas a cierta experiencia, que ansían expresión; el lenguaje acaba siendo su primer obstáculo. He allí la eterna paradoja del escritor, para nadie resulta más difícil escribir que para un escritor. ¿Qué esperar, entonces, de quién descubre el vacío circundante? Pascal siente vértigo ante el infinito. ¿Cómo traducir ese vértigo?

La fe pascaliana es trágica porque implica nuestra absoluta ignorancia y nuestra absoluta dependencia de esa misma ignorancia: Y, sin embargo, sin este misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición forma sus repliegues y sus revueltas en ese abismo. Sin las tinieblas no se distinguiría la luz; sin la luz, las tinieblas. Conocer implica tomar conciencia de lo que también se ignora. Esa es nuestra gracia: somos miserables, pero nuestra fuerza reside en ser conscientes de esa miseria.

Como buen jansenista, Pascal propugna el desprecio del hombre ante Dios; como mal jansenista, toma partido por eso mismo que desprecia. O solo a veces. No le es grato solo amonestar a los hombres y humillar su credulidad, opta por buscar, analizar, observar y anotar (recordemos que Pascal fue, también, un científico) todo lo que al hombre refiere, resulta el centro de todo lo grande y todo lo pequeño. Incluso todas esas miserias demuestran su grandeza. Son miserias de gran señor. Miserias de rey destronado. Por eso Pascal nos resulta tan familiar; funciona como la contraparte de Descartes y su novela de la razón omnipotente. Pascal nos enseña las limitaciones de la razón (mucho antes que Schopenhauer) y nuestra cobarde inclinación a las costumbres (mucho antes que la sociología), pero no se conforma con ser el reverso del pensamiento dominante o un mero antecedente del pesimismo. Avezado lector, continúa la tradición iniciada por Montaigne, su maestro, de quien aprende, a quien discute. Hay en el maestro una desfachatez, una burla, una dulce ironía que permite al escéptico confiar en su razón y en el sosiego que pueda proveerse. El escéptico se declara enemigo de lo asiduo y, si es desordenado en sus pensamientos, que otro, más pertinente, los acomode. Aquello que en Montaigne es un alegre à propos, en Pascal es una terrible consecuencia. Montaigne dice en el ensayo “De los libros” que las narraciones extensas no cuadran bien a su estilo y que, por eso, falto de fuerzas, se detiene a cada instante, ya que conoce sus límites. Por eso la palabra essai (ensayo, sí, pero también prueba, balanza, medida) le calza tan bien. Montaigne escribe sobre lo que su razón le permite. Pascal se conduce hasta los límites de toda fatiga, más allá de las razones. 423: El corazón tiene sus razones que la razón no conoce; lo sabemos por mil cosas. La escritura se vuelve así el último bastión de un ejército ya vencido, por eso la discontinuidad de la escritura pascaliana. La empresa del filósofo nace trunca porque nace de la herida de saberse perdido en el espacio ilimitado, única manifestación posible de una divinidad aterradora:

― ¿No creéis que Dios es infinito, sin partes? ―Si. ―Quiero entonces haceros ver una cosa infinita e indivisible: es un punto que se mueve por todas partes a una velocidad infinita: porque es uno en todos los sitios y está entero en cada sitio.

Dios está en todas partes y entero en cada sitio, por ende, en ningún lado; un dios así se asemeja a una impersonalidad que habita todas las cosas. En su búsqueda de dios, Pascal termina por quebrarlo; en su búsqueda del todo, descubre la nada. Me rectifico: Pascal descubre que el complemento de ese todo es la nada. Dios existe y es incomprobable, esa es su firma. Los últimos años de su vida (enfermo, vejado, solo), Pascal consume sus fuerzas con el fin de defender esta divinidad amorfa a la par que combate a la Iglesia, al escepticismo, al cientificismo y a la estupidez humana. Humilde labor. Pareciera que el pensamiento de Pascal toma su impulso ante la caída inminente, ante la angustia frente a la caída. No se trata solo de la angustia, que paraliza y nada tiene de bello, sino de la fuerza empleada al momento de enfrentarse a la angustia. De modo que también Pascal se deja llevar, de vez en cuando, por esa desesperación que duda y reafirma: Deseamos la verdad y no encontramos en nosotros más que incertidumbre. Montaigne o el estoicismo no juzgarían esa incertidumbre; Pascal se hunde en las profundidades de la incertidumbre, admite que la duda puede dudar de ella misma. Pensamiento, eterno discurrir detrás de las anotaciones pascalianas. Pensamientos, nunca hubo título más acertado para una escritura cargada con toda la fuerza que otorga la dislocación. Capacidad conmovedora, perturbadora, tal es la potencia fragmentaria.

Es cierto que Pascal inició sus escritos con vistas a un fin. La Apología de la religión cristiana seguirá siendo un sueño que incomode a editores y académicos. El comienzo del viaje no interesa, como no interesan las respuestas, sino la zozobra alcanzada terminus ad quem. No hay acabado en la “obra pascaliana” (lo que implica casi un oxímoron). Cada pensamiento está cargado de una potencia que lo vuelve inasible por una estructura. Uno puede indignarse o asombrarse ante estos escritos; indiferencia, jamás. Nada ni nadie escapa a los dardos de Pascal. Las series de Papeles no clasificados desbaratan cualquier consecución que pueda darse en los papeles sí clasificados. Contradicciones: sabiduría infinita y locura de la religión. ¿Es consecuente encontrar una afirmación tal en una ortodoxa defensa de la religión cristiana? Podemos encontrar en los Pensamientos la afirmación categórica de lo que ya se ha negado y viceversa ―herencia que luego Nietzsche admitirá a veces bien, a veces a regañadientes; herencia que Blanchot desestima cuando puede―. La machine pascaliana es la mente del hombre que constantemente lo remite al más allá, más allá de sí mismo, más allá de la vida terrenal, más allá de Dios: Estamos llenos de cosas que nos arrojan al exterior, menciona en algún escueto pasaje. Dos veces descubre Pascal el vacío. Primero, a partir de la serie de experimentos de caída con diversos aparatos, sobre una montaña en Francia, que destruyen la medieval concepción del horror vacui. Segundo, a través de la escritura incompleta, desmembrada, en donde el conjunto jamás es superior a cada una de las partes. Las líneas de fuga, los tachones, las contradicciones, las anotaciones marginales, solo pueden generar abismos entre los retazos. Retazos del mundo, retazos del texto, el mundo es más que un texto. Si el primer descubrimiento es intencional, el segundo es accidente. La empresa acometida por Pascal solo podía acabar en esa profusión de textos subsidiarios, variados, comentados, abortados, iniciados, recomenzados, pero nunca concluidos. Sus contradicciones, sin embargo, no se resuelven en la manía del absurdo y de la paradoja que es “alegría del triste”, según Pessoa. Hay, en Pascal, una lucha siempre reanudada y siempre abandonada, sostenida en el balanceo, porque puede aspirar solo a ese balanceo con el peligro de caer humillado. “Tampoco se puede decir que sea un demente, ya que la multiplicidad de sus pensamientos finitos no se ha petrificado todavía en la perennidad que es característica de la demencia”, dice Kierkegaard en Diario de un seductor; quizá, en secreto, aluda a Pascal. Consecuencia de su pensamiento múltiple, el matemático-filósofo se adentra en el más allá que tan abominable le resulta, pero, por el solo hecho de abrir un resquicio para observar, el afuera se abre paso ante él. Solamente veo infinidades en todas partes, que me cierran como un átomo y como una sombra que no dura más que un instante sin retorno. Todo lo que conozco es que debo morir pronto; pero… desconozco esa muerte. Sin embargo, Pascal no se deja embriagar por el afuera, no se arrebata, decide enfrentarse patética y lucidamente a ese todo. A lo inconmensurable Pascal opone la lucidez de quien se reconoce en el final: no le teme ya a la derrota, está en la derrota, está más allá de la derrota. Pascal sobrepasa a Pascal. ¡Cállate, naturaleza débil, entérate de que el hombre sobrepasa infinitamente al hombre! La escritura informe está condenada a engendrarse a sí misma una y otra vez, a dilatarse entre líneas, entre blancos tipográficos.

Los fragmentos han existido desde que el hombre escribe y emplea el fuego para arrasar ciudades y bibliotecas. Por fragmentos se conoce a Heráclito, a Safo, a los presocráticos, pero solo debido a los azares que la guerra y los escribas impusieron, no hubo decisión creadora. ¿Qué forma hubiera sido apta para un pensamiento que se sobrepasa a sí mismo? El equilibrio del aforismo no le era suficiente (cosa que Pascal quizá intentó en los Opúsculos y consideró insuficiente). El refrán, la máxima o la sentencia están sujetas a reglas demasiado claras. En su impotencia creadora, Pascal acaba en la única forma posible. Va más allá de las pruebas de laboratorio de Montaigne; nada tiene que ver con la destreza gramatical de La Bruyère. El destino le exigió una creación desesperada, de modo que lo inconmensurable no podía y, de hecho, no puede, callarse. Aquellos “espacios infinitos, coronel”, son los mismos que, años más tarde, atormentarán y justificarán el estilo de Céline (véase Conversaciones con el Doctor Y, 1955); pero en Pascal el fragmento no es una solución estética, sino vital. Los límites fueron autoimpuestos al abandonar la obra una vez que se vio físicamente vencido; por lo demás, fueron las controversias con la Iglesia o la herida teológica que intentó, por todos los medios, subsanar lo que decantó en el silencio, hermana del fragmento, como los dioscuros. ¿Es lícito comentar, en este punto, cuánto deben hombres como Joubert, Valéry, Pessoa o Cioran al “pensador del vacío”, como alguna vez lo llamó Descartes?

Ahora la nueva crítica afirma que habría sido muy difícil e inútil hacerse una idea de la obra acabada de Pascal. Para su suerte, el hombre supera al hombre.

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