Ceniza digital en urna digital
Con Karina hace unos años, fuimos a Caleta Tumbes y visitamos un cementerio con cruces y estatuas, pero con la particularidad de que no tenía cadáveres. Queda lejos del sector poblado, a orillas de un acantilado, y tiene vista a la península ubicada al norte de Talcahuano. Llegamos por un camino difícil, con pendientes elevadas. El recinto se llama, tengo entendido, Cementerio Simbólico Tumbes. Conmemora a los pescadores artesanales perdidos en el mar. Debajo de lápidas elaboradas en un estilo idéntico a las de los cementerios yacen ropas y otras pertenencias de dichas personas. Es un conjunto no muy grande de cenotafios populares, urnas blancas en su mayoría y hechas con cerámica (muchas parecen haber sido cubiertas por un mismo maestro ceramista, lo cual les da un toque distintivo).
No sabía entonces qué era un cenotafio; la palabra se me había cruzado en lecturas y supuse que se trataba de un ánfora con cenizas, algo así. De todos modos, el recinto en Tumbes, con su jardín tan cuidado y, a la vez tan solo, tenía un ambiente sobrecogedor, en el cual se podía intuir su historia y significado.
Por casualidad, semanas después leí la siguiente explicación en Una tumba para Boris Davidovich de Danilo Kis: "Los antiguos griegos tenían una costumbre digna de mención: a los que hubieran perecido quemados, a los que hubieran sido devorados por los cráteres de los volcanes, a los que hubieren sido enterrados bajo la lava, a los que las fieras hubiesen despedazado o se los hubieran engullido los tiburones, a los que se hubieran repartidos los buitres en los desiertos, se les construía en su patria los llamados cenotafios, las tumbas vacías, porque el cuerpo es el fuego, el agua o la tierra, pero el alma es el alfa y el omega, a ella es a quien hay que construir el santuario".
Averigüé que la práctica de construir cenotafios en Caleta Tumbes data de cerca del año 1700 y, quizá como resto diurno de formas de vida anteriores, es parte de una cultura de deudos, o de viudas contemplando el mar, para ser más exacto. Es una tradición vinculada con los sueños y las ceremonias, en la cual dichas viudas creen –o alguna vez creyeron– que por medio de sus plegarias y canciones, podrán provocar que los pescadores perdidos se les aparezcan en los sueños para revelarles en qué lugar se encuentran. Los ritos, que ya conforman derechamente un velorio, a continuación se trasladan a la casa de algún deudo del todavía presunto difunto, donde se instala un altar en cuyo centro se instala un retrato suyo o alguna foto donde figure, y alrededor se ponen sus ropas, como reemplazando sus restos. También se disponen de los rosarios, los crucifijos o imágenes propias del culto religioso del añorado, mientras los demás pescadores, aún con la esperanza de que el mar lo devuelva, no dejan de merodear el borde costero.
Si transcurren cinco días sin éxito, la búsqueda termina y los seres queridos del pescador perdido cargan, en caravana al cementerio simbólico, sus pertenencias dentro de un ataúd vacío. El cenotafio y, sobre todo, el nombre inscrito en la lápida, de alguna forma precaria van a preservar la identidad del desaparecido de los espantosos cambios que provoca la muerte, por más que siga en un doloroso suspenso. También las ropas y los objetos ligados a su vida, sus fotos, sus juguetes u otras pertenencias, seguirán representándolo mientras duren, volviéndolo a mostrarlo para quienes lo echan de menos en el aquí y en el ahora.
Hay mucho de poético los cenotafios, sobre todo en casos como este en que responden a una necesidad natural.
Hay otros diferentes, como uno que me tocó ver en Quintero, en un complejo arquitectónico llamado Ciudad Abierta de Amereida, que en realidad era una instalación artística fea y carente de sencillez y, según entendí, no conmemoraba a nadie. Prefiero mucho más las animitas, las típicas representaciones de casas o iglesias en miniatura, con una cruz en su frontis, que se montan en el punto donde alguien falleció de forma violenta o trágica, especialmente si fue asesinado o atropellado. Algunas son especiales y significativas, incluso las menos elegantes, aunque verlas tan seguido lo deja a uno insensibilizado. Lo mismo pasa con otro tipo común de cenotafios, como las bicicletas pintadas de blanco y con arreglos de flores que se instalan donde fue atropellado un ciclista.
No se me escapa que otra razón para construir un cenotafio, una de las más recurrentes, es la de utilizarlos como propaganda. Acá no voy a profundizar en ese aspecto, pero corresponde mencionarlo porque sirven para movilizar causas razonables y exponer injusticias. El caso es que, según se ve, pronto se harán más urgentes los cenotafios y las distintas formas de memoria externa que podamos ingeniarnos, sobre todo cuando se nos aparecen casos brutales como el que vi hace unos meses,: en el video que muestra a un padre palestino intentando reconocer a un hijo, perdido este tras un bombardeo, desde a partir del tamaño y la textura de su mano desmembrada, el único resto que pudo encontrar del niño, si es acaso era realmente suyo.
Vi también dos videos similares, otras muestras del barbarismo israelí actual. En uno una madre palestina intenta reconocer a su hija a partir de un mechón de pelo. En el otro, figura un niño a quien el camarógrafo lo descubre en un cementerio, dormido y echado boca abajo sobre una tumba. A la pregunta de qué hace allí, responde que debajo está su madre. Le piden que se vaya porque el lugar puede ser bombardeado otra vez, lo cual es razonable,: es claro que un ejército tan poco honorable como el de Israel va a arrasar el cementerio; ya lo han hecho y ya están incurriendo en nuevas –para nosotros, o para mí al menos– formas de destrucción carentes de honor y de humanidad, como el domicidio, la destrucción de un territorio hasta hacerlo inhabitable y no dejar nada vivo en él; y como el epistemicidio, la liquidación de los conocimientos y cultura de un grupo marginado. Por lo tanto, pese a estar consciente de los peligros que corre, tampoco es irracional que el niño palestino no desee alejarse del cuerpo de su madre fallecida,: si el cementerio es arrasado y queda sin referencias, como el resto del territorio de Gaza, es muy probable que se le olvide el lugar preciso donde están sus restos.
Como venía diciendo sobre los cenotafios, son y serán una necesidad natural. Los cuerpos pueden perderse y muchos se seguirán perdiendo, pero además a los cementerios les va a faltar tierra donde depositarlos. En épocas de migraciones masivas, de calentamiento global, de desertificación y degradación de las tierras y hasta de una posible expansión espacial, van a sobrar los duelos sin lugar, y no sólo para los actos violentos en que no queden cadáveres identificables. No es un panorama difícil de prever, sobre todo cuando ahora, entre los gobernantes y la gente poderosa, abunda una algarabía de autodestrucción y un regocijo profundo ante la idea de que este mundo no le queda ningún futuro a largo plazo.
Como las mujeres de Tumbes, con la imaginación y los sueños de su tristeza, la gente va a crear las nuevas formas de añorar y nuevos hábitos funerarios. Tampoco faltarán otras, probablemente de mal gusto, creadas por el dizque ingenio del mercado, que por supuesto siempre va a perseguir al luto.
Ayer mismo visité un cementerio virtual. Con un diseño web extrañamente retro o estancado, parecía un sitio del año 2000. Lo primero que me preguntaron al acceder fue cuál era la religión del fallecido al que quería visitar. Así, medio al azar, escogí entrar al sector musulmán, pero quedó claro que el sitio no tenía muchos clientes devotos de Alá. Pasé al judío, donde la población era mayor y, también se notaba, estaba aumentada de manera artificial. Muchas lápidas, todas con diferentes diseños, reconocían a famosos como Einstein y Chagall. Entre los nombres aparecieron los de algunos desconocidos que claramente debían ser los clientes reales de la web, por sus fechas recientes de defunción y porque tenían a los pies arreglos florales y coronas de caridad. Mención aparte, el cementerio tenía una banda sonora similar a la de algún videojuego JRPG y, como es entendible, todavía todo en mi visita por su paisaje en 2D me parecía una parodia. Aunque, al mismo tiempo, me dije, no sería tan sorpresivo si este sitio, cuando logren hacerlo más realista, adquiera un estatus cercano al de un camposanto auténtico.
Debo reconocer,: sí tuve un momento de tomarme en serio esta web. Fue cuando me crucé con la tumba del escritor Bruno Schulz –que me gustaba mucho hace veinte años y ahora debería releer–, y me impactó al recordar que a él, tras verse enredado en una disputa entre agentes de la Gestapo, lo asesinaron y lo arrojaron a una fosa común, de manera que nunca tuvo tumba. Su cuerpo se perdió en un cementerio ubicado en una zona fronteriza que ha pasado, de ser polaca, a ser ucraniana y, otras veces, rusa.
Junto a la tumba digital de Bruno Schulz hay muchas flores y tarjetas de recuerdo digitales, pagadas por posibles fans. Quizá existe un sentimiento de deuda con él. O permanece un dolor que no alcanzo a entender y debe tener relación con la historia de la zona donde vivió y con cómo fue un escritor incómodo para los ucranianos (por escribir en polaco), para los polacos (por ser judío) y para los judíos (por no escribir en yiddish).
Para desconsuelos dramáticos como el suyo, el dolor, como la vida, se filtra y se abre paso en cualquier mínimo intersticio que pueda encontrar, ya sea real o virtual. Lo cual me recuerda a un poema del monje Saigyō: "Imposible encontrar un sitio / para vivir: por ende / es posible vivir en cualquier sitio. / Todas las casas de paja pronto / desaparecen en este mundo marchito".
A muchos nos sucedió hace poco, durante la pandemia del COVID-19,: familias despidiéndose de su ser querido por videollamada, exequias virtuales o con aforo reducido:; rituales forzados a los que hubo que adaptarse rápido. Y, si bien ya se vislumbran nuevas formas colectivas para afrontar y gestionar las muertes, como los columbarios digitales o como las urnas biodegradables que podrán convertir nuestros restos en árboles, no hace falta establecer nuevas tradiciones: surgen de forma espontánea. Hay conversaciones que son auténticos cenotafios, y poemas, y ensayos, y mensajes, y comidas compartidas, y caminatas. Es posible vivir en cualquier sitio.