Ensayo

Cielos compartidos

Mariano Tomasovic
Por las frondas de los últimos resplandores del día
Un rostro semejante a todos los rostros olvidados
Paul Éluard

Le había robado el auto al padre, o eso entendí, y ahora nos llevaba a la montaña. Ya habíamos serpenteado unos cuarenta kilómetros de rutas misteriosas, completamente ocultas, salvo por el pequeño tramo iluminado delante nuestro. Debían ser las tres o cuatro de la mañana. No había nadie. A veces un camión o un motoquero, casi parados en el camino. Caían como flechas sordas cuando nuestro conductor, el ladrón, un niño bien cuyo nombre no lograba recordar, los sobrepasaba en maniobras de película.

Yo viajaba en silencio. No conocía bien a ninguno de ellos. El silencio suele ser un refugio seguro cuando el entorno no lo es, y esa sensación de peligro que me perseguía era exagerada por el hachís malo compartido en el auto, o por el final improbable de esa madrugada de sábado.

Las noches de verano en las sierras del sur de Portugal son frescas y agradables, incluso cuando el viento norte baja frío. Había una brisa suave que entraba por la ventanilla y de a ratos me hacía sentir más cerca de la tierra, de lo palpable o algo así.

Bajamos del auto a los tumbos, taciturnos y sin saber qué decir. Éramos un grupo de chicos tristes, o eso parecíamos, o eso fue lo que pensé que tenía en común con ellos. Luis Correia, el único que yo conocía, el que me había encontrado en la calle antes de subirme al auto (el que me invitó a subirme al auto) no solo salió a los tumbos, sino que se alejó a los tumbos del grupo y terminó chocando contra un olivo grande y negro. Allí vomitó durante una eternidad.

Había viajado en el asiento del medio, el lugar que nadie quiere o el lugar donde terminan los que nadie quiere. Vomitaba alto y sinfónicamente, y a sus amigos parecía no importarles.

Yo me acerqué para ver si podía ayudarlo, aunque me arrepentí en el mismo instante. Lo veía en la oscuridad, inclinado, como si se estuviera confesando a los pies del árbol. Me las arreglé para seguir de largo, sin detenerme. Pasé por sus arcadas y seguí caminando sin rumbo entre la maleza.

En un momento, no sé bien cuándo, escuché que la sinfonía cesaba y que Luis Correia regresaba al grupo, probablemente para volver a ingerir más de lo que su cuerpo había estado expulsando. Pero a mí ya no me importaba qué entraba o salía de él, ya no sentía peligro ni la amenaza de la paranoia. Estaba muy lejos de todo eso, escondido detrás de paredes de arbustos y árboles muertos.

Me había sentado sobre una roca grande como una osa. Con la cabeza echada hacia atrás, miraba lo más hondo de aquel cielo azul cobalto. Me pasa vez tras otra: cuando contemplo el fondo del cielo nocturno, busco, en realidad, creo, una explicación de mi interior.

El mendigo
tiene el cielo y la tierra
como ropa de verano.
Takarai Kikaku

Según el principio cosmológico, desde una determinada distancia, el universo es homogéneo e isotrópico. Esto quiere decir que no importa el lugar desde dónde lo observemos, la parte visible lucirá igual y tendrá las mismas propiedades que cualquier otra parte del universo.

Que esa infinita disposición de cuerpos a lo largo del tiempo sea estable me provoca una extraña esperanza. De esa constancia, tarde o temprano, alguien inventará una historia para comprenderla. Fabulamos para producir sentido. Como en la literatura, cuando leemos las segundas intenciones de un personaje, al interpretar los signos clavados desde siempre en el cielo, podemos llegar a un lugar más recóndito de nuestra individualidad.

Algo de esto me recuerda un célebre fragmento de Safo, que de los papiros de la Grecia antigua tan peligrosamente saltó a los muros de las redes sociales de nuestra época:

Ya se ha puesto la luna
y las Pléyades. Es más de media
noche. Pasa veloz la hora
Yo duermo en mi cama, sola.
Safo

Son infinitas las transcripciones disponibles de este poema en internet, en griego y en otras lenguas. Esta versión en castellano, extraída de un artículo de los traductores Francisco Segovia y Alejandra Piña, procura ceñirse al esquema rítmico del original. A su carácter sobrio, a diferencia de otras traducciones más antiguas (y, hay que decirlo, penosas, moralistas) hechas al portugués, francés, italiano, alemán o español.

Es un fragmento sencillo y delicado, que retiene y suelta toda la tensión en esas últimas palabras: duermo en mi cama, sola. Safo contempla el cielo, pero lo que ve, lo que termina por descubrir, es su realidad inmediata. Los astros y las horas, el tiempo que pasa, erosionan su entorno. Revelan un momento íntimo de soledad.

Las Pléyades forman parte de la constelación de Tauro. Su fulgor en la noche es considerable. Han sido admiradas, nombradas y personificadas desde la prehistoria en muchas culturas. Al coincidir en el cielo con distintos ciclos agrícolas, su presencia aprovechada para pautar calendarios y definir estaciones en todo el mundo. Existe, por ejemplo, registro de lenguas mesoamericanas y lenguas bantúes del África subsahariana en las que una misma palabra sirve para denominar a las Pléyades y al concepto de año (del mismo modo que luna y mes en nuestras lenguas indoeuropeas comparten raíz).

En la Grecia antigua, su presencia y su ausencia era esencial. Además de marcar las épocas del calendario agrícola, funcionaban como referencia para navegar, como aparece en la Odisea y en los Trabajos y días, de Hesíodo.

No faltarán, seguro, estudiosos que argumenten que estos versos no son de Safo y que, ya sea por un descuido traicionero o por pura pereza, le fueron atribuidos, aunque eso no viene demasiado al caso (pocas veces la autoría viene al caso). Lo que importa es lo que permanece de ese momento lírico: la marca de una búsqueda tan milenaria como natural. Un impulso que atraviesa tiempos y civilizaciones y que intenta hacer frente al horror de la individualidad, a las dudas, más o menos persistentes, de la pertenencia.

En el oscurantismo digital en el que vivimos, fruto del brillo constante de las pantallas de internet, la tendencia a diagnosticarnos a través de ese inmenso espejo encuentra una de sus formas más claras en la astrología. El mapa astral: una lectura del yo en ese texto proyectado sobre y a través del universo. Un braille que cruza tiempo y espacio para decir algo, aunque sea de manera oblicua, sobre el polvo del que estamos hechos.

Al fin y al cabo, me parece que es una de las dos maneras de enfrentar el descubrimiento de que estamos solos: o echar raíces y expandirse por la tierra, o intentar encontrarse en el fulgor del cielo nocturno.

Mirar al cielo y descubrir formas, algunas más humanas que otras, fue durante mucho tiempo un arte, un juego y también una ciencia. Los agricultores y peregrinos de la Baja Mesopotamia fueron los primeros en hacerlo: en expandir la realidad terrenal y desparramarla por el cielo. Como el agua helada que baja de los glaciares de la cordillera, ese conocimiento bajó hacia los pueblos vecinos: de un lado los hebreos, del otro los griegos, que no tardaron en apropiarse de las constelaciones del zodíaco.

Medio milenio después, Claudio Ptolomeo, en la Alejandría del siglo II, sistematizaría para nosotros, los que vendríamos después, todas esas formas que el ser humano había trazado sobre su cabeza, catalogando las personalidades más inusitadas en ese manual de diagnóstico y estadística celestial que es el horóscopo.

¿Por qué me había alejado yo de Luis Correia y su grupo de amigos, aquella noche de verano? El cielo que veía, echado sobre la roca con forma de osa, explicaba en algún lugar, supuestamente, cierta tendencia a la soledad, mi carácter impulsivo que hizo que me subiera a ese auto, la ansiedad que me entra al hablar con otra persona.

No es raro que nos sintamos acunados por el cosmos. Esa es, quizá, la belleza del cielo. El arrebato de los primeros astrónomos babilonios, al atribuir significado a las estrellas, no está tan lejos de lo que puede sentir un joven alucinado, solo en la sierra portuguesa del siglo XXI.

Juan José Saer, en una de las descripciones de El río sin orillas, habla de la abrumadora inmovilidad del cielo en las llanuras de la pampa. No importa si nos desplazamos o si estamos quietos, si vamos en auto o a caballo: parecemos estar siempre "en el centro exacto de la semiesfera que la tierra plana forma con la cúpula del cielo". La "impresión de progresión" desaparece. Estamos todos, no importa dónde ni cuándo, quietos en un mismo lugar, debajo de un mismo cielo.

Los babilonios todavía estaban lejos de la adivinación helénica que culminaría en la astrología contemporánea. Cambian las personas, las costumbres y los alfabetos, y la tela oscura del universo sigue ahí. Nuestro plazo biológico, comparado con los tiempos que rigen los fenómenos del espacio, parece un juego de niños. Aunque no deberíamos olvidar que a los niños les gusta, precisamente, jugar a recrear el mundo de los adultos. El ser humano también busca, en sus actos, algo de ese tiempo cósmico, también sueña con ser, aunque sea un poco, más infinito. Somos animales negadores. Somos niños inmersos en un juego.

El cielo que vi mientras me alejaba de los cánticos guturales de Luis Correia fue el mismo que vio Safo, transpuesto, claro, con una disposición estelar distinta, pero el azul cobalto que tuve sobre mi cabeza fue el mismo espejo que la reflejó, ante sus ojos, desamparada y terrenal.

El cielo tiende a igualarnos, a reducirnos un poco con desapego y autoridad. Y, sin embargo, también es capaz de unirnos, simplemente al dejarse contemplar. Creo que hay algo reconfortante en esa sensación que atraviesa eras, idiomas, contextos. Un gusto extraño, entre dulce y amargo. Todas y todos, bajo el firmamento, somos chiquitos, diminutos, insignificantes. Al mismo tiempo, hay en ese contacto la oportunidad de formar parte de algo infinitamente mayor.

¿Cómo interpretar esa voluntad que tiene la melancolía de salir a festejar (o a llorar) cuando tomamos conciencia de la inmensidad del entorno? A veces, las respuestas artísticas parecen insuficientes, o repetidas, como si los impulsos creativos de quien escribe estuvieran siempre emparentados, más allá del lugar o del tiempo. Tal vez sea también otra forma de unión. De Kobayashi Issa hay un haiku cuya formulación, para las lectoras de este texto, resultará familiar:

El ciruelo florece
el ruiseñor canta
yo estoy solo
Kobayashi Issa

Aquí no se trata del cielo nocturno, sino de un ambiente más inmediato: la fauna y la flora. Sin embargo, la secuencia de los elementos y ese mundo natural, aparentemente inaccesible, sumados al remate del último verso —estoy solo—, nos recuerdan algo: ¿habrá leído Kobayashi Issa a Safo? Probablemente no. Las traducciones de la mística griega aún estaban por llegar al Japón feudal del siglo XVIII. Y aun así la imagen es similar.

Kobayashi Issa vivió una vida dura, atravesada por la muerte, el dolor y el sufrimiento desde muy temprano. Deambuló, perdió hijos y esposas, y las pocas respuestas que encontró para el desasosiego de la vida las encontró en la poesía que escribía. En ese uso de la fuerza emotiva del sabi. En este poema, sin caer en la autocompasión, contemplar la naturaleza parece conducir a una revelación. Casi una consecuencia, como si dijera: «Porque florece el ciruelo y canta el ruiseñor, estoy solo».

Aprendí también que hay aun otro elemento, más discreto, en la versión original, escondido en ese último verso (hitori kana {estoy solo}). En el original se omite el pronombre personal, es decir, no hay un yo, como tampoco encontramos una acción (no hay un estar). Issa alude simplemente a la soledad, no tanto porque se encuentre inmerso en lo natural, sino porque se reconoce en ese reflejo, ajeno al entorno.

Mirar alrededor y descubrir la soledad, como Safo, como Issa, como tantos otros. El tiempo pasa y el cielo queda, como los sentimientos de quien hizo hablar al cielo.

Retén en la memoria: el hombre cae. Se desplaza
el pájaro para que las estaciones no cambien
Daniel Faria

Adoptar el fulgor del cielo nocturno o echar raíces, buscar en la tierra que pisamos algún resto de identidad. En ambos casos, seguir el rastro de un mismo síntoma: la soledad de la impermanencia. Elegir una tierra, una nación y sus símbolos, es definir una individualidad para no pensar en esto, aceptar una forma para no tener que enfrentar del todo la propia finitud, esa falta de significado que nos empuja, tarde o temprano, hacia la soledad.

Mirar el cielo sería, entonces, una manera de rechazar esa identidad más o menos gratuita. Ver más allá sin los significantes de la patria y de la religión. ¿Puede una lectura del cielo nocturno ser agnóstica, o al menos no del todo comunal? ¿Puede ser individual sin renunciar al pensamiento mágico que todavía hoy organiza nuestras creencias?

Hay algo hipnótico o vertiginoso, como el abismo de Nietzsche, pero la mirada no cae sino sube. El cuello se inclina, los ojos ascienden pueriles hasta donde pueden. Para el que lo ve de fuera, podría parecer, más que asombro, una súplica por clemencia.

Sentado sobre la osa, la desolación del cielo, más allá de asombro o clemencia, despertaba en mí un extraño sentimiento de comunión. Yo formaba parte, y eso, después de la inquietud inicial, era reconfortante. Al fin y al cabo, el principio cosmológico nos coloca en un lugar que es todos los lugares. Así narramos el cielo, así compartimos su historia.

Esa cúpula estrellada me llevaba a lo más profundo de mis sentimientos, me acercaba también a mis antepasados y, de algún modo, a todos los que alguna vez miraron hacia arriba en busca de respuestas.

Es que en ese momento no pensé en antiguos escritos en papiro ni en poetas del Japón feudal. Mientras dejaba que el aire de la sierra me llenara los pulmones y el brillo del cielo los ojos, alejándome de mí, del entorno, me acercaba, inesperadamente, a la historia de mi abuelo. Lo imaginé entonces de chico, corriendo por esas mismas sierras por las que yo ahora andaba ahora, lo imaginé en la cubierta del transatlántico, con once años, en un viaje en dirección opuesta al hambre y la guerra, contemplando de noche el mismo cielo que yo ahora contemplaba.

Tengo tendencia a querer comprender lo diminuto dentro de las vastas corrientes del infinito. Para mí, es en ese infinito donde empezamos a sentir que pertenecemos. Y al entender ahí que yo pertenecía a algo, a una historia de movimiento y pérdida, solo en el monte, iluminado apenas por la cúpula nocturna y con ese fragmento de la vida de mi abuelo en la cabeza, dejé que el cuerpo hablara y me largué a llorar.

La obra de los dioses la interrumpimos nosotros
Los precipitados e inexpertos seres de un instante
Konstantínos Kaváfis

La concepción más arcaica de lo absoluto, de lo eterno, no proviene de la oscuridad de las cavernas ni de la inmensidad de los campos, sino de la inevitable presencia del cielo nocturno. La figura de la diosa egipcia Nut, inclinada sobre la tierra como un puente cubierto de estrellas, funcionaba para la aristocracia egipcia como un emblema de protección. La pintaban en el interior de los sarcófagos, con su forma de cielo estrellado. De este modo, un muerto que abriera los ojos en una sepultura egipcia no estaría del todo solo. Así estaba yo en ese instante, sobre la osa, lejos de las charlas de Luis Correia y su gente, como un muerto con los ojos abiertos, acompañado por el brillo del cielo.

Contra todo esto, me permito terminar con un episodio que parece extraer de manera definitiva la poesía de las convicciones científicas de nuestro tiempo. En 2016, mucho después de haberme bajado yo de la osa (andaba en otros asuntos, no menos vertiginosas: atendía llamadas de jubilados furiosos en un call center de capital), leí una nota sobre la publicación de un artículo en el Journal of Astronomical History and Heritage.

Al parecer, un grupo de investigadores de la Universidad de Texas se jactaba de haber localizado el instante exacto en que Safo habría compuesto el poema de la Luna y las Pléyades. Con un sofisticado programa computacional, reconstruyeron el cielo de entonces para calcular cuándo la Luna y las Pléyades se habrían puesto, pasada la medianoche, en Mitilene. Según ellos, el fragmento habría sido escrito en el año 570 a. C., en alguna noche de febrero a marzo.

Leído así, todo eso me pareció una forma bestial de acercarse a un poema. Me molestó. Después, con el tiempo, empecé a mirarlo de otra manera. ¿Y si ese sistema era otra herramienta para contemplar, para encontrar, para encontrarnos a través del tiempo y del espacio? Safo no lo sabía, pero al mirar ese cielo, con o sin Pléyades, no sólo dejaba de estar sola. De algún modo, pasaba a estar con nosotros, ahora.

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