Interludios
“Lo que llamamos el principio es a menudo el fin
y llegar al final es llegar al comienzo.
El fin es el lugar del que partimos”. T. S. Eliot
Existe una resignación tranquila tras el desastre, un momento, posterior a la tormenta, en que hay calma, un tiempo suspendido que da espacio a un cigarro demorado, a tirar la talla con liviandad, a tomarse un café con chocolates. Una lucidez cansada que se asume como el cierre de un capítulo y hace olvidar por un momento que mañana toca reinventarse, pedir disculpas o pedir ayuda, recoger el cable o llamar a la funeraria.
Es sentirse extrañamente tranquilo justo después de una situación extrema, y funciona solo porque es un descanso, sin felicidad ni euforia ni paz ni nada que lo convierta en un buen momento, porque nada ha finalizado, solo la suspensión momentánea del dolor, la angustia o el estrés, dando espacio a la risa cansada y a las caricias en el pelo.
Es simple, cuando una situación es caótica, incierta o insostenible, el desastre es un cierre, aunque el resultado sea un fracaso, no hay espera, duda ni tensión acumulada, lo que sea que se aproxime, será otra cosa, aunque sea, quizás, mucho más duro.
Antoine mirando al mar en la escena final de Los 400 golpes condensa esa sensación: luego de buscar otra vida en las calles y los cines de París junto a su amigo René, sus padres abrumados y totalmente incapaces de ser realmente padres, acaban por entregarlo a las autoridades, lo que culmina con su internación en un correccional para jóvenes con problemas, del cual escapa y queda ante algo inmenso, su llegada al mar es su primer instante de soledad real, de libertad.
Su rebelión nunca fue maldad, era un grito en busca de atención en un entorno alienante y restrictivo, una evasión de un niño sensible al cual no le interesa el camino clásico. Ese correr hacia el mar no se siente como victoria, ni siquiera como una resolución limpia, aparece otra cosa: la posibilidad de cambiar de ruta. Por primera vez deja de estar encerrado —por la escuela, los padres, la policía, el correccional— y se enfrenta a un lugar abierto e inmenso. El plano final da la respuesta: un freeze frame que es más bien una pregunta ¿Qué viene ahora? El instante de libertad es fresco, lo que viene, no se sabe.
El final de The road, de Cormac McCarthy tiene un parecido: el padre muere, dejando a su hijo solo frente a lo oculto. No hay un desenlace, solo una parada más en el camino, esta vez para soportar lo inevitable. El viaje del hombre ha terminado, el del niño comienza, solo o con la compañía de las personas que no se habían acercado a él hasta el fallecimiento del padre. No se sabrá si esta familia tiene buenas intenciones o no, y aunque se sugiere que es lo primero, bien podría no serlo. Al niño le queda un camino tan incierto como el que ha recorrido hasta ese momento y ese final no hace más que reforzarlo, pero incluso en un mundo destruido hay espacio para aquella calma, para una cena suntuosa a la luz de las velas, con whiskey y duraznos de postre.
La pausa luego de la tormenta no solo se presenta en momentos límite, hay personas que sienten el día a día como una guerra, y se quedan unos segundos en el auto antes de entrar a la casa a jugar con sus hijos, o conversan con sus colegas del clima, el hat-trick de Messi o de las tragedias ajenas antes de abordar los problemas reales; otras veces van a la iglesia cuando está vacía y esperan una respuesta consolatoria.
Las fotografías de Gregory Crewdson evocan esta sensación de algo que pasó y estamos presenciando una quietud solo como interludio. Los suburbios —la escenografía predilecta del fotógrafo— extrañamente tiene algo de esa pausa inherente de la que hablo, en ellos radica ese amanecer solitario, ese silencio pocas veces interrumpido. Sus fotos parecen existir en una zona intermedia entre lo cotidiano y lo inquietante: un hombre se baja de su auto en un barrio que no parece seguro, pero que está totalmente abandonado; unos niños fijan su mirada en lo que parece ser el inicio de un incendio que los tiene a ellos como únicos espectadores.
Hay veces en que el cansancio puede más, y la guerra es tan mundana que pase lo que pase, en la vida, en el país, en el mundo, hay que levantarse sin siquiera tomar aire, a cuidar a otro, a ganarse el pan, “y entre todo este fracaso, habrá que levantarse a construir, habrá que levantarse a trabajar, por algo mejor” dicen los vocalistas de Candelabro en “Fracaso”, como si la resignación de no poder cambiar las cosas haya penetrado en el alma, pero a la vez no exista la opción de retraerse ni tirarse a la cama.
En algún sentido, se puede ver aquel momento del duelo en que, después de perder a alguien, uno queda solo frente al mundo, y todo permanece igual: “hay que sobrevivir lo suficiente, nada más” dice Linda Pastan en Las cinco etapas del duelo. Allí también hay una suerte de paz, que solo existe por haber resistido. Existe un aprender a convivir con la quietud que Joan Didion describe en El año del pensamiento mágico, “todavía no conseguía pensar en ella como mi casa, por lo demás vacía, aun después de que yo me fuera al dormitorio (nuestro dormitorio, sobre cuyo sofá seguía habiendo una bata de toalla talle XL comprada en la década de 1970 en el Richard Carroll de Beverly Hills y cerrara la puerta. Aquellos momentos en que me vencía abruptamente el agotamiento son lo que recuerdo mejor de los primeros días y semanas”. En cada caso hay una muerte simbólica, se pierde a una persona, una versión de sí mismo, una oportunidad, una vida posible; luego hay un período sepulcral: aislamiento, silencio, suspensión del tiempo; y todo concluye con la salida a lo desconocido, como una resurrección. En la biblia, Cristo, tras resucitar, no vuelve triunfante, sino herido, conserva las llagas. En su aparición en el lago Tiberíades, espera a los discípulos con brasas preparadas y un pescado cocinándose; es una presencia tranquila, en una escena tan serena y cotidiana como el despertarse por la mañana.
Tal como Jesús, se conservan las llagas después de haber padecido algo, no es cosa de volver a ser quien, sino aceptar quién quedaste siendo. La reconciliación verdadera casi nunca aparece como euforia; más bien como humildad, quietud, incluso cansancio. Ante lo incierto, es necesaria una idea capaz de afirmar la vida y devolverle un sentido después del cansancio, “dame algo en qué creer, no lo soltaré” finaliza la canción antes mencionada de Candelabro. Esa nueva fe puede ser más práctica que aquello que se derrumbó, como pasa con el Candido de Voltaire: ya no importan los discursos de Pangloss sobre si estamos o no en el mejor de los mundos posibles, ni el futuro de su aventura, ni los viajes por el mundo que tuvieron, ahora mismo, “solo sé que debemos cultivar la huerta” dice el protagonista. La calma después de la tragedia puede ser también pintar las paredes, cuidar tu jardín, comprar un nuevo mueble, comer mejor, trabajar la madera.
Otras veces, la nueva fe no puede pasar por algo terrenal, cuando los tiempos son extraños, los humanos acudimos a los símbolos, a las metáforas, a Dios; incluso, hay ocasiones en que tener fe es gracias a encontrar el sentido de las cosas; quizás ahí radica el gesto más profundo: en aprender a buscar las señales de ruta, creer en que los sentidos están ocultos y que en la búsqueda incesante algo, por más opaco que sea, aparece.