Ensayo

Retratos cardinales: A propósito de Carmen Orrego Montes

Constanza Fernández 16 de junio

Nunca hubo una primera vez que te vi, como Soledad Bianchi a Pedro Lemebel en un taller de Pía Barros en los ochenta, luego la concreción de una amistad atravesada por los libros. Pedro Mardones, un Lemebel naciente, disruptivo, que penetra en la vida intelectual de la académica; o como cuando Cristina Rivera Garza, dentro de un libro, se encontró con Juan Rulfo y escribió una brumosa crónica de su paso por los pueblos de Pedro Páramo. Tampoco se trata esta vez de un ensayo biográfico como en el que Álvaro Bisama analiza obras y entrevistas de un Carlos Droguett atormentado por su infancia. Pero el testimonio, que pienso es esto o quizá qué, conflictúa desde siempre a la crítica. Al menos yo aprendí que, desde los diarios de Colón, en Latinoamérica se instaura la primicia testimonial, aunque otros apuntan su origen en Europa.

Una vez Ignacio Álvarez, en una de sus clases vertiginosas, nos contó de Alfonso Reyes y su idea de la literatura ancilar y la literatura en pureza. La primera sería la que está al servicio de algo, la que busca dar a conocer una vivencia no oficial, fuera de los registros históricos, para resguardar una memoria personal que desemboca en el panorama de un pueblo entero. La segunda se acerca más al arte por el arte. Los testimonios a lo largo del mundo tienen, sea su fin o no, un cometido trascendental en la historia; una crítica o un complemento o un desvelo a la historia oficial. Que, a primeras, en esta ocasión, no es así; pues este texto figura justo entre ambas categorías de Reyes.

En Si esto es un hombre de Primo Levi, por ejemplo, que estaría dentro de la literatura ancilar, persiste la pregunta de qué decir después del horror, qué después del holocausto. Ahí el desafío escritural del testimonio llega para hacer tangible esa realidad. O Bartolomé de las Casas con su defensa a los indígenas; y aunque tomó la posición más paternalista y colonial que pudo haber tomado, su testimonio sirve para que nosotros, los de esta región conquistada y colonizada, digamos: aquella violencia existió.

Innecesario o no, esta vuelta responde a la autoestima de un testimonio donde, al parecer, nadie se ha visto afectado directamente, y es más, quizá su existencia no cambie en nada el paradero de tu obra, ni permita que la crítica literaria chilena haga un hueco en sí misma y diga: aquí hay un espacio para una poeta, y esa poeta es Carmen Orrego. Y que siga tu obra distribuyéndose por librerías hasta la posteridad y te instaures dentro del canon.

No es así, este testimonio, además de no pretender canonizar, es una escritura de motivaciones dudosas y más bien personales, imaginativas, pero que busca comunicar una cosa: que exististe, que fuiste una poeta chilena, que estuviste presente en el campo cultural y en mí.

*

Ingreso a tu bodega. La luz tenue y azulada. Adentro la mayoría de los muebles y terminaciones son de madera y la estructura parece estar en mal estado. Ahí también está tu fantasma, toma mi mano y me arrastra. Pilas de libros que trajiste en un avión desde quizá dónde, atriles sin obras, pinceles, papeles, sobre todo papeles. Imagino que abrimos juntas tus libros recién salidos de imprenta, que me lees los últimos manuscritos. Te digo que estoy escribiendo esto y tú no dices nada, solo me miras enternecida, como en una de esas pocas fotos que hay de ti. Está en blanco y negro, pero noto que tus ojos son claros. Ambas manos tomadas a la altura de tu oreja, con la cabeza inclinada. Tienes un poco de risa, veo arrugas; la inclinación de una poeta ya consolidada, exhausta, en su universo poético.

Fuera de esta fantasía, te conocí —sabes que esta palabra es figurativa— en el año 2021. Llegó a mí Entre nos otros, uno de tus primeros libros, de 1978, sellado. Estaba por Aguilar, la editorial española. Un compañero de trabajo de mi mamá me lo pasó. Resulta que compró una casa cercana a avenida Matta, donde le arrendaron la bodega a un familiar tuyo para guardar tus cosas y las de Leopoldo Castedo, tu esposo. Claro, luego me enteré que el papá del compañero de mi mamá había trabajado con Leopoldo durante años en la Universidad de Chile. Después de un tiempo, este me llevó un libro tuyo del taller de Zurita del año 2000, con una dedicatoria de tu amiga y vecina Patricia Samsing. También, la revista Vértebra de la UC, además de un libro de Martín Faunes y Oscar Montealegre, donde yacía escrito un «Para Carmen, con todo el aprecio del mundo».

Debo seguir leyéndote, pensé, porque Entre nos otros no era nada parecido a lo que esperé que sería.

Primero, compro Chamber poems a una señora que vive en Tobalaba, pero a la que no identifico ya que el libro me lo deja en la portería de su edificio. Mi intención era hablar con ella, preguntarle por qué lo tenía, pero nada de esto se concreta. Es una traducción de tus poemas del inglés al español hecha por Armando Uribe en su manuscrita. Recuerdo que cuando pude comprar Retratos cardinales puse nervioso al coleccionista de primeras ediciones por mi insistencia ante si conocía o tenía más libros tuyos. No sabía nada. En todo caso, Retratos me lo vendió carísimo, era la copia 155 de 1000, con ilustraciones de la pintora española Roser Bru que, al igual que tu esposo, había llegado en el Winnipeg a Chile.

Con estos libros recopilé nombres de amistades repartidas en tareas editoriales, impresiones de tu poética, posibles países en los que residiste, años en concreto para rastrear; la conjunción de todo aquello, dónde estabas en cada año y con quién y por qué, una tarea de conjeturas.

Pensé inmediatamente que debía empezar a comportarme de otra manera. Insistir, preguntar, seguir hasta la huella menos coherente que mi mente inventaba y que ibas dejando. Así, en aquella dinámica, la primera certeza que tuve de la validez de mi testimonio fue cuando una poeta te reconoció al preguntar por ti en un taller de poesía.

«Algo pasó ahí», me dijo Eugenia Brito en la lejanía de la virtualidad. «Carmen es reconocida por Chile y también no».

*

En mi casa había un solo libro de José Donoso que compré alguna vez a un ambulante por parecerme antiguo y especial. Era el Coronación de portada de Nemesio Antúnez del año 1957, editado por Seix Barral. Jamás lo hojeé, hasta ese entonces. En la dedicatoria luce un «Para Carmen Orrego Montes».

Comencé a leer el libro en Las Torpederas en voz alta para no perderme en su prosa, a ver si algún personaje tenía relación contigo o con algún lugar o pensamiento. Rosario, Lourdes, Estela, misiá Elisita. Inmersa entre las voces y ladrones o supuestos ladrones y señoras, creo que fue muy inocente pensar en algo tan básico como una correspondencia de esa índole; intentar encajarte en uno de esos personajes por completo, siendo que la escritura donosiana tiene de todo menos aquello: simpleza. Duro, calculador y siútico, en un buen sentido… y en ninguna de aquellas palabras cabe la correlación. Debe ser, me convenzo, algo más complejo que aquello, algo muchísimo más íntimo.

Es en Diarios tempranos. Donoso in progress, 1950–1965 que te veo ya como un personaje fuera de mi privacidad. Es aquí donde empiezo a entender la complejidad de tu historia.

En el cuaderno G del año 1956, Donoso escribe ideas y escenas tentativas para un proyecto de novela titulado El tiempo entre dos veranos, de carácter biográfico. Esta trata sobre su relación de amistad con Armando Parot y Fernando Balmaceda. En la entrada del mes de abril Donoso escribe un apunte de estructura de lo que será aquella narración: «Yo, vuelvo recibido de una universidad americana. Trabajo aquí, mi vida es un éxito, escribo un libro con el cual triunfo plenamente. Me hago famoso, tengo un affaire, de nuevo, con Aída Pérez Soto, y tengo otro con Carmen Orrego».

Aunque no me queda claro si este último dato es real o un mero recurso ficcional para su incipiente novela, comienzo a creer en la estrechez entre ustedes y no solo un alcance de nombre o un encuentro casual. En una carta de Donoso a su padre, fechada en marzo de 1959, te comparará con su esposa, María del Pilar: «No se METE en las cosas, no sabe sufrir más que por amor, no sabe gozar, intensamente, como gozaba Carmen Orrego, por ejemplo, más que por amor». Y luego en 1974, vuelve a involucrarte en su casamiento, pero también a celebrar tu carrera literaria: «Carmen Orrego […] ha vendido su libro de poemas a Ocnos. Está feliz, y con razón. Yo estoy feliz por ella [...] es un encanto, inteligente y divertida. Odia y le tiene celos a María Pilar […] Es más inteligente y menos neurótica que María Pilar [...] sea lo que sea, María Pilar es de veras, Carmen, excelente y deliciosa y encantadora y divertida e inteligente».

Mas, tu amistad con Donoso no era tan solo enemistad con María Pilar, recelo o affaires, había efectivamente una relación intelectual. Este declara en Diarios tempranos, cuaderno 17 de 1959, que tenías en tu poder algunos originales de Coronación y todos sus cuadernos de notas, desde siempre. Y no tan solo eso, Donoso te envió Casa de campo en medio de su proceso creativo para preguntarte qué opinabas. Le hiciste, entonces, una pregunta muy básica y a la vez significativa: ¿no hay amor en Casa de campo? Y él dice, a propósito: «He pensado mucho en eso […]. Creo que en toda la primera parte no debe aparecer el amor más que como juego, como estilización».

Quedo exhausta por las setecientas páginas de los diarios en las que rastreo tu nombre, inmersa en la confusión por otra conocida de Donoso también llamada Carmen Orrego. Me pregunto, entonces, ¿dónde estuviste tú en aquel lapsus de tiempo, desde 1959 a 1974? Porque a partir del libro no puedo rastrear tu vida, solo destellos de palabras que dijiste a propósito del escritor, y se me vuelve necesario mencionar lo que Donoso rescató de tu propia boca, cuaderno 5 de 1957: «He sido capaz de comprender poco, de enlazarme poco con el mundo, como decía Carmen Orrego».

*

Averiguo en internet que tu primer libro lo publicaste en 1973 en Nueva York, cuando aquí se instauraba la dictadura. Pero volviste y te fuiste en variadas ocasiones. Viviste el desarraigo de tu tierra, tu obra no llegó hasta acá, y te fuiste y volviste definitivamente en 1980. Visitaste a Donoso, te casaste un poco antes con Castedo, paseaste por Providencia del brazo de Lola Hoffmann, viajaste a Jerusalén, recorriste América completa por tierra acompañando a Leopoldo en su investigación y, por sobre todo, escribiste y gozaste de la literatura.

Todo este lapsus de tiempo, desde que llegó Entre nos otros a mis manos hasta hoy, existe en mi computador una carpeta llamada «Carmen Orrego», donde guardé fotos y recortes de diarios que la Biblioteca Nacional mantiene en su sitio web.

En aquel rastreo virtual, me llamó la atención la austera y única información biográfica que aparece cuando se busca en Google «Carmen Orrego poeta», y que es a propósito de tu fallecimiento. En El Mercurio, con fecha 6 de abril del 2018, dice que naciste en 1925 y que estudiaste dirección de teatro, filosofía y literatura; además, que dirigiste el departamento de Extensión Musical de la Facultad de Música de la Universidad de Chile en la década de 1960.

Aparte de esta nota breve, encontré un libro digital en Google Books, el que correspondía a una antología poética de Sima Nisis de Rezepka, Chile escribe a Israel (1982), en la que colaboras con un poema. Con este libro puedo complementar los pocos datos biográficos tuyos que tengo hasta ahora, y que se contradicen o se hacen más contundentes.

Efectivamente, estudiaste teatro, filosofía y literatura en la Universidad de Chile y en la Universidad Católica, sin especificar qué disciplina en cada universidad. Trabajaste en el Departamento de Extensión Musical desde 1952 hasta 1960, donde desarrollaste un programa de integración musical, y fundaste las Juventudes Musicales de Chile con sede en Bélgica. Así, en este libro veo más clara tu vida a través de los años, aunque hasta el momento no he podido encontrar alguna pista que hable de tus orígenes, de tus primeros años, de tu adolescencia, de los días antes de tu muerte, de tus padres, de tus hijos y tus amantes.

En 1960, dice, viajas a Estados Unidos para residir durante veinte años, desempeñándote como profesora de castellano en la Universidad Georgetown de Washington y como directora de teatro en la State University of New York at Stony Brook; también, se mencionan una serie de viajes que realizaste antes de regresar a tu país natal. Así, vuelves a Chile, según una entrevista publicada en Cosas por Elizabeth Subercaseaux, definitivamente en 1980.

En otra página web, un blog llamado «Poetas siglo XXI» a cargo de Fernando Sabido Sánchez, se devela tu trayectoria, tanto nacional como internacional. En esta nota, publicada en 2011, se menciona que tus primeros poemas aparecen traducidos a la lengua inglesa en Active Anthology (Nueva York, 1974), Revista Tlalos (Universidad de Nueva York, 1972) y Diálogos (México), además de nombrar cada libro que publicaste y su respectivo año.

Entre toda la información, pienso en lo interesante que sería escribir sobre ti y tu generación, sobre aquella vida santiaguina, literaria, antes del golpe. En el 2000 te preguntaron sobre esto, pero comentas que has tenido pocas posibilidades de comunicarte con Chile desde aquella especie de autoexilio que vives junto a Castedo; lo atribuyes a los desafíos que impone un contexto de dictadura, aún más en el ámbito editorial y el nulo permiso de figurar dentro del país, imposibilitando socializar tu obra.

Por mi parte, me rindo con mi idea del texto generacional, me limito a este testimonio como hablando sola, a un fantasma, de cada cosa que viviste y que bien sabes que viviste, por lo que hacer un rastreo generacional se volvería imposible, pues lo poco que he encontrado está aquí. Te veo en paraderos, o pienso en ti luego de quedarme dormida, pienso en ti cuando hojeo los libros que eran tuyos, pero es sin razón, mi paranoia, digo, acaso solo una excusa para vivir, o escribir, o no gastar mi tiempo en algo más destructivo.

En 1984, luego de tu regreso a Chile por el nuevo trabajo de Castedo y tu entusiasmo por presentar Retratos cardinales aquí, Elizabeth Subercaseaux los entrevista. Directamente les pregunta cómo encontraron el país y ustedes mantienen silencio. Entonces tú contestas que volver les produjo un impacto por el cambio de mentalidad «al consumismo total», las brechas de clases, la dureza del gobierno, la desconfiguración de aparatos universitarios y la muerte de la democracia. Te refieres por primera vez al apagón cultural, públicamente. Y esto se vuelve algo significativo en mi rastreo.

*

Cruzo la avenida, me paseo por los sushis, supermercados, los cafés. Me siento en las bancas, paso al Portal Lyon y al Drugstore. Al lado, los autos, las micros. Bajo por Ricardo Lyon y, al mirar el letrero de la calle, recuerdo el testimonio que diste para Encuentros con Lola Hoffmann y cómo las cosas materiales mutan, o su aura, o simplemente no.

«Hubo un tiempo en que nos encontrábamos en la calle Lyon para ir a caminar. La recuerdo viniendo hacia mí. Su fragilidad muy impresionante […] Una fuerza interior, sin duda, no física. […] Caminábamos un rato y luego volvíamos a su casa en Pedro de Valdivia, donde todas sus cosas siempre eran iguales, no cambiaba nunca nada. Cada vez que yo venía a Chile, una vez al año, la iba a ver, y siempre le decía: —Mira, es como volver a lo incambiable, a lo eterno».

Es difícil, creo yo, ver en este momento algo eterno, como dices, sobre todo desde el 18 de octubre; una pulsión de esperanza que se derrumba un año después y que estanca por siempre el proceso abierto de la rebelión. Pero, aunque aquello no haya sido permanente, esta avenida sí, y existe, la misma por donde tú y Lola se reencontraron de exilio en viaje.

En el año 1989, tras la muerte de la psiquiatra alemana-chilena Lola Hoffmann, la escritora Delia Vergara publicó una serie de relatos de personalidades que conocieron y recibieron tratamientos de su parte, entre ellos, Pedro Engel, Gastón Soublette, Francisca Bertoglia y tú. El libro se tituló Encuentros con Lola Hoffmann y fue publicado por editorial Catalonia con un gran éxito. Tanto, que se reedita y reimprime, se reedita y reimprime. Y como si no fuera suficiente saber y entender que Hoffmann fue discípula y alumna de Carl Jung, que tras mi cercana-lejanía a ti he desarrollado una pulsión fragante, acontecen sincronicidades junguianas.

Estaba en la librería donde trabajo hace un par de años. Tengo Encuentros en el mesón principal porque, aunque mucha gente no lo sabe, la psiquiatra se ha vuelto parte de la cultura intelectual under aquí y, por ende, es una figura de culto muy cotizada, cualquier cosa o libro que tenga que ver con Lola, se vende absurdamente.

Entran dos hombres viejos de barbas largas y blancas. Hablan entre ellos. Uno de estos se para frente a Encuentros y dice gritando: «¡Esta señora me sigue para todos lados!». Me acerco a él y me declara que Hoffmann era su mamá y que le aparece donde sea que vaya. Le digo que debe ser una de las sincronicidades de las que habla Jung y que justo esa semana yo misma estuve buscando la edición de editorial Cuatro Vientos del I Ching traducido por su mamá.

Se impresiona, hablamos un poco, le cuento de ti, me dice que puede ser que ustedes se hayan topado, pero que él no entiende mucho de nada del mundo de su mamá porque, aparte, y lo dice con mucha culpa, es disléxico y le cuestan los escritores. De hecho, no compra nada, entró a la librería para acompañar a su amigo que buscaba un título que se nos había agotado. Todo esto termina dándole mi número porque él debía hablar luego temas de derechos de autor con Cuatro Vientos y me avisaría si conseguía el libro. Aún espero esa llamada.

Encuentros inicia con tu relato, declaras que llegaste a atenderte con la psiquiatra por un conflicto con la creación que venías arrastrando hace un tiempo. Te encontrabas en la mitad de la elaboración de uno de tus poemarios cuando, de repente, no pudiste escribir más, entonces Hoffmann te sugiere una terapia a través de sueños dirigidos. Durante seis años estuviste en ese tratamiento en todas tus venidas a Chile. Esta fue una decisión crucial que te permitió recuperar tus inquietudes creativas. A partir de ese momento: «afloró la poesía, todos los libros de poesía. No pude parar de escribir hasta ahora».

Al parecer, estabas interesada en ahondar en cierto aspecto de tu vida imprescindible en tu obra poética: la religiosidad, por tu formación en un colegio de monjas y la influencia de tu bisabuela. Ivonne Collinet te pregunta en una entrevista del año 1990 por esto mismo, si es que eres creyente, y replicas: «¿Cómo no voy a serlo? [...] Yo vivo dentro del misterio […] Tuve una educación muy religiosa de niña, aunque más tarde me rebelé a la creencia de un Dios convencional. Hoy no le quiero poner nombre pero estoy absolutamente cierta de que somos parte de un todo». Para ti, alejarte de la religión fue como si te hubieran cortado violentamente el cordón umbilical, dices, y fue con Hoffmann y la terapia que rescataste tu espiritualidad y, junto a ello, la escritura.

En esa misma entrevista que concedes a La Tercera, Collinet cuenta que a los cuatro años de edad habías dicho: «quiero ser escritora», pero que en la juventud fue cuando empezaste a escribir de verdad. En esta labor, revelas que mantenías una disciplina autoimpuesta, por lo que a diario escribías cuatro horas como mínimo. Y tú, respecto a esta aseveración, cuentas: «A veces sale cualquier cosa, pero la inspiración no viene sola, es necesario educarla». Esta creencia sobre el oficio escritural me hace sentido por tu motivación a ahondar en tus futuros bloqueos creativos, pienso, recurriendo voluntariamente a las terapias alternativas de Hoffmann.

En Encuentros también se evidencia tu íntima relación con la psiquiatra que traspasaba sus sesiones. Compartían una amistad significativa con respecto a la creación poética y el feminismo: «Me enseñó a tener responsabilidades sobre mí misma y a asumirme tal como soy […]. Porque esta cosa de mujeres que siempre nos estamos viviendo a través de otras personas, a través del padre o a través del marido […] nunca nosotras la asumimos directamente, porque no nos atrevemos».

Tan trascendental pareció para ti mantener una posición política firme que, de hecho, como declara Héctor Casanueva en el año 2000 para La Segunda, lo visibilizabas constantemente: «Cometí un grave error que no he repetido: al presentar a Carmen Orrego, dije 'la poetisa'. Ella, sentada a mi lado, con gran dignidad y sin mirarme […] me susurró: 'No me devalúes. Soy una poeta'».

*

Uno de los datos que más me costó procesar de todo lo que pude averiguar de ti fue imaginarte paralizada en un avión, en medio del cielo, quizá ahogada, de aire y en llanto, y la cabeza difunta de tu marido apoyada en tu hombro. Amoratándose, y tú ansiosa de que las turbinas paren y descubras que todo fue un sueño; o impaciente por que llegaran lo antes posible a tierra o a cualquier lugar para aminorar tu dolor y conmoción.

En el año 2000, El Mercurio publica una entrevista que te hicieron tras la muerte de Leopoldo Castedo en 1999. Te muestras reacia a ciertas preguntas, pues tu esposo, como relaté, habría muerto sentado junto a ti en un avión en dirección a Chile desde España. En esta entrevista revelas también la muerte de uno de tus hijos, de lo cual te rehúsas a hablar y de lo que no vuelvo a encontrar información. En ese mismo año, terminas por publicar un libro dedicado a él, con quien estuviste casada casi treinta años, llamado Entonces el sol, en editorial Dolmen.

Según esta entrevista, conociste a tu esposo en el año 1958. Tú estabas separada y tenías ya tres hijos: «Celebraban la Navidad en la Facultad de Música de la Universidad de Chile. Se vieron, se enamoraron. Él se acercó a darle un abrazo y se quedaron así, como en las películas, abrazados con toda la gente mirándolos alrededor. "No nos separamos nunca más, nos casamos el 60 y tuvimos una vida muy rica"».

Desde tu matrimonio con Castedo comienzas a viajar por todo el mundo junto a él, residen por veinte años en Estados Unidos, van y vienen a Chile por diferentes razones. Realizan muchos viajes, entre ellos, a Inglaterra, Francia, Alemania Occidental, Austria, Italia, Grecia, España y Portugal. Además de una prolongada visita a Israel, invitados por el alcalde de Jerusalén.

El viaje que más se destaca es su expedición por tierra desde Nueva York hasta Santiago de Chile, con el objetivo de efectuar investigaciones y estudios de etnología, culturas precolombinas y coloniales, y desarrollo contemporáneo de los pueblos americanos.

Uno de los aspectos que me llaman la atención de la entrevista de El Mercurio es el énfasis que pones en la presencia de Leopoldo: «Siempre lo encontré muy invasor a Leopoldo […] sus cosas eran más importantes. Ahora sigue siendo invasor. Sale en el diario, en la televisión». A pesar de esto, declaras que llevaban una relación de adecuación más que de dependencia, pero que siempre la preferencia estaba en él, y que incluso ahora que ya no estaba, se imponía.

Tu relación con este famoso, querido y respetado historiador, casi adoptado por los chilenos, siempre para mí fue la culpable del paradero de tu obra en el país, por este patrón entre escritores donde el esposo toma el protagonismo y la mujer se invisibiliza; tu declaración sobre su omnipresencia tras su muerte me hizo reafirmarlo. Pero mi parecer cambió rotundamente tras la conclusión de este rastreo, a penas inicial, de tu vida y obra.

Contramemorias de un transterrado se llaman las memorias de Castedo, libro que me costó mucho tiempo y paciencia encontrar; finalmente, lo saqué de la Biblioteca Nacional y lo tuve en mi casa bastante tiempo por las protestas de los bibliotecarios. En fin, estas memorias resultaron clave para reconstruir, sobre todo, la panorámica de tu vida al momento del golpe de Estado y luego tu alejamiento material y emocional del país; esto que le hizo un gran peso a mi teoría de esposos escritores.

«En La Paz me encontraba cuando se produjo en Santiago el golpe de Estado militar con el derrocamiento y muerte de Salvador Allende […], la angustia por saber dónde estaría, qué le habría podido suceder a Carmen en Santiago. Inútiles resultaban los empeños por comunicarse por teléfono ni obtener informaciones de una Embajada en condiciones caóticas y que, como tantas otras, seguramente ya estaría en manos del agregado militar. Alguien me sugirió la vía del radioaficionado. Excelente idea. No se demoró el encuentro del benemérito ayudador que se comunicó con un colega de Tocopilla y éste llamó por teléfono a Carmen. Gracias a tan eficaz y para mí insólita colaboración pude saber que estaba viva y que nos reuniríamos en Lima en un par de días».

Castedo estaba preocupado, pensó inmediatamente que habías muerto, movió contactos para llegar hasta ti, lo que muestra su gran influencia como intelectuales; luego, reconoce que aquella facilidad en la situación no la vivieron ni siquiera la mitad del resto de gente aquel día. Luego, en las memorias, narra un episodio que los impactó, hecho que luego contarás en una carta desde Nueva York a tu amigo Nemesio Antúnez, declarando, otra vez, la gran ayuda que significó para ustedes el reconocimiento nacional e internacional. Y pienso inmediatamente: ¿de qué invisibilización a tu obra estamos hablando realmente? En todas las entrevistas o testimonios que involucran a Leopoldo estás tú, y viceversa; todas las personas que te conocían lo conocían a él, y viceversa; al igual que tenías tus amistades por tu lado, tu reconocimiento por tu lado, un gran reconocimiento individual. Bueno, pensé, esto es el apagón cultural chileno y hay una escritora prueba de esto: tú, Carmen Orrego.

El 29 de diciembre de 1974 —días después de tu correspondencia con Donoso y de la recepción de tu libro por editorial Ocnos—, le envías una carta al pintor chileno Nemesio Antúnez y a su esposa, Patricia Velasco, desde Nueva York. En esta declaras extrañarlos y, con mucho pesar, mencionas que tu vida se había visto interrumpida por la detención de la hija menor de Leopoldo, Beatriz, y que tuvieron que contactar a instituciones y personas para poder sacarla de la cárcel.

A partir de este hecho, reflexionas: «Beatriz no fue torturada y está bien y con buen ánimo. Esto me hace pensar —y me repugna la injusticia— que la gente que no tiene a quien recurrir y que está en la misma situación paga doblemente y con el olvido total». Reflexiones similares están presentes en tu obra poética, como en Entre nos otros —para mí un libro inesperado e impactante— con el poema «Serie del once», donde relatas la brutalidad militar en el golpe.

En la carta a Antúnez también cuentas: «No he sabido nada nuevo de la editorial Ocnos. Espero tener noticias en enero. Ocioso, decirles, que en este diciembre de reencuentros, y de arrancarle otra víctima a la bota militar, que tiene mucho más de siete leguas, no he escrito ni un humilde poema». Este último comentario sobre tu improductividad escritural, aunque no podría afirmarlo, me lleva a relacionar ese momento de tu vida con el encuentro con Lola Hoffmann, quizá pocos años después, el que te permitirá superar la pausa creativa, pausa que quizá refleja tu trauma por la dictadura chilena y tus constantes idas y venidas al país.

Solo unos pocos años después, específicamente en 1978, volverás a reflexionar sobre estas temáticas públicamente, en entrevistas y apariciones en la prensa escrita chilena, en torno a tu carrera literaria y la dictadura, donde ya no es solo un trauma o una paralización creativa, sino más bien una paralización material de tu obra en Chile y una creciente sensación de tristeza.

Respecto a lo dicho, Elizabeth Subercaseaux te pregunta, en una entrevista para Cosas el año 1978, si tus libros se venden en Chile; respondes: «A eso he venido […] No solo he notado el apagón cultural […] Hay una enorme orfandad en cuanto a libros se refiere […] Mi experiencia es que he tenido que traer mis libros yo misma, a raíz de una conversación que sostuve en Madrid con Manuel Aguilar, quien me explicó lo difícil que se ha puesto la entrada de libros». La cita, entonces, podría explicar la escasez de ejemplares de tus libros en Chile —y que yo he sufrido—, pues tú misma los traías al territorio, lo que explicaría la procedencia de los libros apilados en tu bodega; los libros que tengo en mi poder viajaron contigo entre nubes.

Luego, Subercaseaux te pregunta que quién crees que tuvo la culpa de esta suerte de apagón cultural, y tú respondes que por la política que vive el país, pues ves que «todo aquí está dirigido a coartar». Entonces se te plantea: «¿Se puede coartar también la inspiración poética?» y entre tu reflexión sobre los tipos de seres creativos, declaras: «Lo que a mí me produce una real desolación es comprobar que la gran mayoría tiene las puertas cerradas y no cuenta con la energía inicial».

Estás consciente del paradero de tu obra y de cómo el contexto influyó en su recepción en Chile. Tu actividad literaria, antes de la dictadura, era bastante activa, cultivaste amistades importantes en la escena artística chilena actual, además tuviste una presencia significativa en los medios de la época, mas no en los estudios académicos actuales; todo lo cual indica que tu caso, si bien es excepcional dentro de tu círculo literario más íntimo, no lo es, lamentablemente, en una panorámica más amplia de las artes en Chile en un contexto de exilio y persecución política.

*

Las 20 o sus primeros diez años es un libro-objeto de 1991, elaborado en colaboración con el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura y diseñado por Tatiana Álamos y Ojo Loco. Tan misterioso como suena, la información que es posible encontrar sobre dicho grupo y libro la contiene solamente el mismo libro. Este lo encontré husmeando en la biblioteca de la Facultad de Artes de Juan Gómez Millas un día que fui a los pastos a desayunar.

En agosto de 1981 un grupo de diplomáticas y amigas chilenas se reunieron en la Embajada de Austria para formar un club. Entre sus objetivos principales estaba configurar un grupo activo de estudio de obras literarias chilenas y, en lo posible, contar con la presencia del propio autor para discutir el texto.

«Pilar nos propuso hablar con Carmen Orrego, Tatiana Álamos, Margot Irarrázabal y Luz Larraín y poco a poco nació el grupo», se cuenta en el mismo libro. De este modo, dicho grupo rotó por diferentes lugares de encuentro y diversidad de asistentes. Finalmente, declaran en la publicación: «Es nuestro anhelo que sigamos por el mismo camino de amistad y enriquecimiento mutuo en este largo viaje por nuestras raíces y cultura compartiendo el proyecto que nos une en un mismo afán».

Algunos de los nombres más reconocidos del listado que integran «Las 20», son: Delia Domínguez, Delfina Guzmán, Pilar Serrano y tú. Este extraño libro, confeccionado y pensado por el mismo grupo, contiene pequeños homenajes, extractos de obras, discursos, comentarios, diálogos, todo en manuscrita, a veces ironizado y acompañado con ilustraciones. Llama la atención que es un libro abierto a la imaginación y al juego. Por ejemplo, para dar inicio a las biografías de las integrantes, Irarrázabal hace una presentación de Leopoldo Castedo al grupo, donde en su desenlace menciona: «Ahora dejo con ustedes al marido de una gran poeta», ironizando así con la inversión de los convencionalismos en los matrimonios, donde suele ser el hombre el representante y el más importante de ambos.

De todas las biografías que contiene el grupo por integrante, me llama la atención solo la tuya. A diferencia de las otras, la tuya no tiene ilustraciones y tampoco hay mucha información biográfica; sí se compilan algunas críticas a tu obra de los críticos Hernán del Solar, Leopoldo Castilla, Fernando Alegría y Roque Esteban Scarpa. Pienso que es probable que quizá para la época no necesitaras mayor presentación, pues puedo afirmar que gozabas de un reconocimiento concreto, a tu persona y a tu obra, más entre los círculos artísticos e intelectuales. En tu biografía parecieran estar buscando preferentemente resaltar y situar tu obra en Chile, en una especie de compensación por tu lejanía del país por tantos años.

Hay un hueco.
La genealogía de poetas chilenas tiene un hueco.
Es tu nombre borroneado.
(Puedo comprobar que estás ahí).

*

Una de las primeras acciones que realicé a propósito de la penetración de tu vida en mí fue redactar correos. Primero a tu hija. No me respondió en mucho tiempo, y cuando lo hizo, me mandó a hablar con Adriana Valdés. Esta última jamás me respondió. Escribí a académicas, pero no te conocían por lo que no podían ayudarme; hablé con poetas, les sonaba tu nombre. Luego todo se estancó, el encierro me mantuvo pasiva ante la posibilidad de, por ejemplo, insistirle al compañero de mi mamá de ir a aquella bodega a sacar cosas, filmar, entrevistarlo por último, pensaba.

Y luego de todo este tiempo investigando, llego a la conclusión de que no debo dejar de preguntar por ti, de investigar sobre ti, porque en cualquier momento algún rastro puede aparecer, como cuando abrí Intromisiones, un libro de Adriana Valdés publicado por ediciones UDP.

Resulta que en el año 2006 Valdés convocó a cuatro autoras chilenas, consideradas por ella como poetas invisibilizadas por el canon, a un seminario en la Escuela de Literatura en la Universidad del Desarrollo. A partir de este encuentro escribió su artículo «Cuatro mujeres en la poesía chilena: Cecilia Casanova, Rosa Cruchaga, Eliana Navarro, Carmen Orrego» (2007) publicado en El Navegante.

En este texto incita a sus alumnos a «contactarse con la producción poética de cuatro escritoras que han producido poesía notable, no bien recogida en los panoramas de la literatura chilena actual, a conocerlas y aprender de ellas, y a apreciarlas críticamente». Valdés cuestiona la escasez de fuentes secundarias necesarias para la consolidación de sus obras.

Pienso en la genealogía, en los evidentes huecos, que no es solo tu espacio. Entonces, en internet encuentro una foto. Es del evento ChilePoesía del 2001 que trajo a Adrienne Rich a Chile, poeta y escritora lesbiana norteamericana, y que fue motivo de encuentro entre las poetas más connotadas y consagradas de la escena poética chilena. En la página de The Critical Flame explican que este encuentro buscaba preguntarse y replantear el golpe de Estado a través de la poesía. En este, hubo un recital poético desde La Moneda. Reportan que fue enigmático y emocionante.

Si miramos atrás de dicha foto, reconozco un rostro atravesado por diferentes vidas, en diferentes países, con diferentes publicaciones. Permaneces al lado de Trinidad, tu hija, con tus ojos claros, el chal marrón; también están Carmen Berenguer, Roser Bru, Verónica Zondek, Eliana Ortega, Soledad Fariña, entre otras. Me digo, o te digo, en la bruma de esta enunciación: no me extrañaría, Carmen, que un día de estos nos topemos en otras páginas, en otras calles. Que en el espacio imaginario que habito, podamos cruzar poemas. No me extrañaría que nos topemos en algún avión onírico, camino a los lugares que pisaste. Me pienso abriendo las puertas de todas tus casas, lo que supondría para mí un cobijo, constante, espero que largo, hasta reconocernos; el cobijo ante la pulsión que ha sido indagar en ti.

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