Sobre la belleza del vacío
Hay una cierta belleza en el dejarse caer mientras se observa y se mece uno en el abismo, en la grandeza del universo. Aquello que no podemos comprender es lo que genera un «no sé qué» confuso, un nicho de palabras enmarañadas, un cajón de sastre en el que dibujar un papel sin fondo en el que cobijarse; sobre el que amerizar y detenerse. Caemos, entonces, sobre un fondo textual indefinido, que lo es en tanto que deriva en una paradoja: no es necesario pensar en el fondo para que el fondo exista. Aun así, apuramos el suelo, para que no se acabe, para adelantarse rápidamente ante un «algo» incorpóreo, que no se deja tocar.
¿Existen tipos de vacíos? Previo a adelantar una respuesta, me detengo en ratificar la necesidad de ilustrar el vacío desde la curiosidad humana a la que somete el término. Pensar el vacío supone afirmar la existencia de un todo, de una gran urna acristalada en la que introducir y poder observar dicho todo contenido —en perfecta sincronía o no; bajo un régimen ordenado o caótico, superpuesto o edificado en función de la operatividad o inoperancia de la estructura final—. Si recurrimos a la geometría, ahondaremos en las formas abstractas que el vacío deja, rellenando las oquedades de lo «lleno» y animando a no rebosar las líneas de demarcación fijadas: sobre todo, las que tratan de separar y oponer —semántica e ideológicamente— el todo y la nada, lo lleno y lo vacío.
Distingo diez tipos de vacíos o diez formas de pensar en él y de develar su existencia:
1. Enorme, ingente. Aquello que rebosa las entrañas del sujeto y que, por dicho desbordamiento de fronteras, termina por asentar su significación vacía de significado. Es tan descomunal que excede el entendimiento y a la vez tan pequeño, silencioso, poseedor de la nada. No puede imaginarse en la memoria. Decía Bachelard que: «un cajón vacío es inimaginable. Solo puede ser pensado. Y para nosotros que tenemos que describir lo que se imagina antes de lo que se conoce, lo que se sueña antes de lo que se comprueba, todos los armarios están llenos». Incluso, para dibujarlo, debemos hacernos con pinceles de colores —transparentes—, que ostenten nuestra capacidad innata ante el querer contener en una sola hoja de papel todo lo que podría catalogarse dentro de ese vacío para simular una ausencia. Una ausencia que no se ve.
2. Un vacío es un lugar. Me inspiro en el cuento «Una noche de invierno es un lugar», de Cecilia Eudave, para ahondar en el protagonismo de los enclaves, pues de nuevo, siguiendo a Bachelard: «la función de habitar comunica lo lleno y lo vacío. Un ser vivo llena un refugio vacío. Y las imágenes habitan». ¿Qué puede ser retratado como lugar? Eudave metaforiza el espacio doméstico —no uno cualquiera— desde la alusión a una fría noche de invierno, pues dicho espacio es subversivo en tanto en cuanto ataca a la voz protagonista en su afán por arreglar los desperfectos del hogar. No en vano, la preferencia por lo lleno en lugar de lo vacío —de la frialdad de lo vacío— señala una cuestión que adelanta el cuarto apartado: la afectividad con la que se engalana lo lleno y la consiguiente ausencia de emoción que encarna el vacío. Un vacío puede ser, entonces, catalogado como lo propenso a ser ocupado, a ser habitado, a teñirse de vivencias, aproximándose a una afectividad positiva enfrentada a una negatividad inasumible.
3. Un vacío es, también, un no-lugar. Este es: la distancia que separa un punto A de un punto B, debiendo el ser humano transitar de una a otra orilla para arribar a un fin. El vacío constituye el espacio de lo intersticial —de lo que es y no es a un mismo tiempo, en un mismo espacio, pues ocupa la circulación de contenidos, de sujetos pensantes, de vidas anejas, y, con ello, incide en la necesidad de operatividad—. También, señala la liminalidad —en tanto que persistencia de los umbrales; síntoma de lo fronterizo, que, desde una perspectiva externa, se observa como impulso a la transición, al cambio—. Cabe asumir que en él pronto dejas de estar, consciente de que el objetivo último siempre es atravesarlo. No evocarlo. No experimentarlo pausadamente. Se deja a un lado el gesto incómodo que ello pudiera suponer para ceñirse en habitar.
4. Un profundo charco flotante, y lágrimas que rebrotan. Este es el vacío íntimo al que hacía alusión Fernando Pessoa, remitiendo a ese «ser algo que no sienta el peso de la lluvia exterior»; es decir, anotar la pesadumbre externa en un espacio de la memoria para, seguidamente, transmutarlo en un aparte, en aquello que nos permita separar la agencia de dicha afectividad —que opera sobre nosotros y que aparta el posible carácter depurativo que pudiera albergar—. En su lugar, solo queda la liberación de la memoria, el cese de la reflexión, que se propaga hasta extinguirse.
5. El vacío en oposición a «lo lleno». ¿Es operativa una distinción en la que sustantivos tan singulares —por su falta de concreción— lleguen a distinguirse de su contrario? ¿Es preferible la maniquea dicotomía y la ausencia de colores grises, dispares, ante tal inquietud ontológica? ¿Notas, tú, el peso de lo lleno frente a lo vacío? ¿Pesa, acaso, el vacío?
6. El vacío, desprovisto de significación. Resulta sorprendente la cantidad de semas atribuidos al vacío que no solo constatan su existencia, sino que parten de la asunción de que el género humano comprende aquello a lo que apela. De aquí se derivan dos concepciones a propósito del vacío en el arte, en la línea de Rodríguez Ibáñez: el vacío sobre la dimensión espacial —que «variará según nuestra capacidad de imaginar y de crear semiosis ilimitadas […] dando lugar a una cadena infinita de asociaciones»— y el vacío conceptual —erigido sobre «la no clarividencia de idea de la que se parte», es decir, sobre la falta de explicación previa que dé lugar a la comprensión final de una obra—. Es así como debemos mantenernos en contacto con el vacío, con su complejidad, asomándonos a lo que esta investigadora señala como ejercicio intelectual. Someterse al vacío requiere esfuerzo, apertura, libertad. Apunta hacia la rebelión voluntaria del encorsetamiento científico.
7. El lenguaje inscrito en el vacío. Recuerdo algunas palabras de Fernanda García Lao a propósito de ello: «Escribir incluye la pérdida. No existe programa previo, se necesita la deriva en el lenguaje. Vaciar, desposeer, cultivar el hueco. No controlar la palabra antes de que se produzca. Dejar que hable, presa de su desborde. Enajenar primero. Traducir, después». Quizás debamos asumir la incomodidad a la que aducía en el apartado tres. Atreverse a permanecer en el umbral. Invocar la percepción de lo imperceptible. Atender a una escucha que se aleja del utilitarismo capitalista. Atenderse a uno mismo desde uno mismo, sin proveer al mundo. Desde cada uno de nuestros vacíos posibles.
Recuérdese: el lenguaje siempre —y solo— se hace voz al conjuntarse con el vacío. Parte de él para hacerse forma. Podemos pensar las posibilidades del vacío como pliegues semánticos, que se deslizan de la comisura a la apertura. Que se llenan y se vacían en dependencia de la postura individual —de la percepción colectiva— que lo acote a una significación concreta.
8. De la opacidad del vacío a la prefiguración de la transparencia. Si antes mencionaba una urna de cristal que contuviera el «todo», ahora me atrevo a pensar en un componente opaco, asolado en la negritud y presentado a priori desprovisto de atributos —en la línea de pensar lo inimaginable, ya señalada por Bachelard—. El ojo se acostumbra a dicha opacidad: entiende que no hay manera de procesar el mensaje del vacío si no es imaginando —creyendo, a pies juntillas— que, tras la negrura, terminaremos de caer, al final. Solo en ese momento debe uno atreverse a encontrar en el vacío una verdad, como anunciaban los filósofos presocráticos: «"verdad" en el sentido de des-ocultamiento. En efecto, aquello que separa un ente de otro, le pone un límite y lo di-stingue». Del vacío opaco al vacío des-ocultado ocurre un tránsito: deshacerse de la posibilidad del fondo para asumir que el «salto al vacío» supone creer.
9. El vacío en su utilidad. Me niego a aceptar que solo en dicha creencia y en la oposición implícita entre lleno/vacío se encuentre la utilidad de este término en nuestra lengua. El vacío, organismo cambiante, continente asolado por la incertidumbre contextual, excava en la conciencia: el vacío identifica el vacío —otros vacíos como él—. Se reconocen, nos reconocemos.
10. La belleza del vacío, del juego de sombras al que este convoca. No puedo sino remitir a las disquisiciones de Tanizaki ante el valor de la sombra en los claroscuros de una habitación. Imaginamos en ella el efecto reflectante que una piedra fosforescente emite desde lo oscuro. Disfrutamos de la belleza apagada. Nos resistimos a encender la luz, aunque produzca un primer rechazo —¿efímero?—. Pero nos acabamos acostumbrando a la negrura desde el miedo. Lo incomprensible lo apartamos.
A veces —solo a veces— hace falta mirar al vacío para encontrar el vacío: la soledad del pensamiento. La soledad de cada virtud soterrada.
Hace falta hurgar en el vacío para escapar.
¿Hallaremos la belleza?