Narrativa

Cuidado con el perro

Hugo Forno 16 de junio

Entre Tongoy y Guanaqueros, verano del 2009

El anciano sale de su casa rodeado por tres perros. Camina lento, como si meditara antes de ejecutar cada uno de sus pasos. Para no perder el equilibrio, se va apoyando en las rocas que flanquean el camino que une su casa con la playa. Sé que el hombre se llama Hipólito y que bautizó a sus mascotas como los personajes de Los Tres Chiflados. El pastor se llama Larry, el salchicha Moe y el quiltro Curly. Cada mañana, cuando el reloj marca las ocho de la mañana el viejo se lanza al mar a nadar. Usa todos los días el mismo traje de baño, uno que parece bailar desde su cadera, envolviendo sus piernas flacas. El traje de baño es de color blanco, con pequeñas palmeras coloradas que parecen flotar en la tela. La luz a esa hora siempre es anaranjada. Si te pilla desprevenido, no logras determinar si se trata del atardecer o de las primeras horas del día. Cuando Hipólito llega a la orilla, a duras penas se saca la camiseta, las chalas, pega un chiflido y los tres perros que corren dispersos por la playa se reúnen en torno a él. Debe rondar los ochenta años. O quizás los noventa. Se mantiene bien, a pesar de la lentitud exasperante de sus pasos. Su cuerpo recuerda que fue un hombre dedicado al deporte y al trabajo duro. Su vientre está liso, arrugado pero liso.

Después de reunir a los perros, el viejo flecta las piernas y recoge una cuerda que misteriosamente descansa en la arena. La cuerda pareciera que une la tierra con el mar. Por un lado está amarrada a un poste que nace entre dos rocas. Desde ahí surca la arena, la orilla, las olas. Cuando la tiene entre sus manos, la tensa y comienza a guiarse por ella mientras da sus primeros pasos hacia el agua. Apenas sus pies tocan el mar, los tres perros comienzan a ladrar. Un coro de ladridos que compiten con el sonido sincopado del mar. Hipólito camina afirmándose de la cuerda. Vuelve a su paso cansino, casi torpe. El agua es fría pero a él parece importarle poco. Camina y su cuerpo lentamente comienza a desaparecer entre las olas que, luego de reventar con violencia unos metros dentro, llegan mansas a la orilla. El viejo avanza. Primero desaparecen sus pies. Luego sus tobillos, después las rodillas. El nivel del agua sigue subiendo sobre su cuerpo hasta que torpemente se zambulle. Es en ese instante cuando ocurre la metamorfosis. Su cuerpo, antes lento y pesado, logra una agilidad que impresiona. Es como si el mar le quitara de golpe 40 años de edad. Es como si el agua salada repusiera la tensión de sus músculos, la agilidad de sus movimientos. Con su mano derecha usa la cuerda como guía, y con la izquierda se da el impulso para seguir nadando. Su cabeza se mueve nerviosa a medida que avanza entre las olas. Los perros no dejan de ladrar desde la orilla durante todo este tiempo. Larry, Moe y Curly están sentados sobre sus patas traseras ladrando a su dueño enviando quizás qué mensaje (¿Qué no se descuide? ¿Qué el mar es traicionero? ¿Qué tienen hambre?).

Observo esta escena todas las mañanas desde el balcón de mi cabaña. Hipólito es el dueño de un grupo de casas de veraneo llamado Complejo Turístico Guanaquerillos, que se encuentra entre los balnearios de Tongoy y Guanaqueros. Para llegar a él, hay que tomar un camino de tierra que se desvía desde la carretera principal. El camino es una pesadilla. La calamita hace vibrar el auto haciéndote creer que en ese instante se desencadena un terremoto. El paisaje es amarillo, polvoriento, no te cruzas con ningún árbol. Aquí la sombra simplemente no existe. El lugar sería una buena locación para filmar una película de vaqueros. El mismo me contó que construyó él solo las tres cabañas que componen el complejo. Con sus manos. Con su sudor. Con sus ganas de escapar de la ciudad. La señal de internet no existe y el voltaje de la luz sube y baja durante la noche. También me habló sobre su rito matutino. Lo viene haciendo durante años desde el día en que enviudó. Dice que un doctor de La Serena le recomendó darse en las mañanas un baño de mar. Que ese baño de mar le mejoraría la circulación, apretaría sus huesos, sus carnes, lo mantendría a salvo de todas las enfermedades. Cuando lo observo, la ceremonia funciona como un calmante. La primera vez que lo vi fue cuando pasé una noche de largo leyendo acompañado de varias copas de vino. Mientras me preparaba un cigarro, tan borracho que apenas me sostenía en pie, lo vi meterse al agua. Pensé que se iba a suicidar. Creo que hasta le grité un par de cosas. Luego de esa mañana, comencé a levantarme muy temprano para observarlo cada día. La única vez que me bañé en ese mar solo fui capaz de mojarme hasta las rodillas. La orilla no tiene arena, solo piedras que dañan los pies. La corriente es fuerte. El agua es fría. Y algunos días las olas revientan con furia. Por lo mismo, cada mañana desde mi balcón, sentía que el rito del viejo se convertía en un pequeño triunfo del hombre sobre el mar. También me fijaba en sus perros. Me conmovía que, durante todo el baño, los perros se mantuvieran sentados ladrando a su dueño. Parecían estatuas vivas. Durante toda la hora en que el viejo nadaba, la pequeña bahía se alborotaba con los ladridos de los animales, los graznidos de las gaviotas, el sonido del mar. Cuando el viejo regresaba a la orilla, los perros volvían a quedar en silencio. Él les acariciaba la cabeza y luego ellos se dispersaban entre las rocas.

Mi estadía en Guanaquerillos duró dos semanas. Había llegado ahí escapando de la separación de la madre de mis hijas. Mi idea era despejar la mente entre el sonido del mar y mis libros. Y lo hice. Aunque la paz que buscaba fue más fácil encontrarla en el rito matinal del viejo. La última noche en aquel lugar fui a despedirme de Hipólito. Me invitó a pasar a su pequeño living y me sirvió un vaso de vino. Larry, Moe y Curly dormían plácidamente sobre la alfombra. Hablamos sobre lo agradable que era aquel lugar y lo agradecido que estaba por haberlo encontrado. Le pregunté de nuevo sobre sus baños de mar. No le dio mayor importancia. Me dijo que lo hacía solamente por un tema de salud. Lo felicité por su estado físico. Levantó los hombros. Mi secreto no son los baños de mar, dijo sirviéndose otro vaso de vino. Me preguntó si era casado y si tenía hijos. Recién separado, tengo dos niñas. Me miró y me indicó a sus perros. Perros, dijo. Sí, le contesté extrañado, Perros. Un hombre debe vivir con perros, dijo antes de estrecharme su fuerte mano y desearme las buenas noches.

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No puedo olvidar al Hijo de Sam

El aullido del pastor alemán nace en el jardín de una casa en la zona de Yonkers, Nueva York. El aullido flota en el aire, se desliza entre los vientos que sobrevuelan el río Hudson. Otros perros sienten la señal y responden con sus propios gemidos. Y es así como los cielos del Bronx, de Manhattan y de Brooklyn vibran con este bramido gutural, hambriento, rabioso. Pero pareciera que nadie escucha. Miles de vecinos están atrapados en sus gritos cotidianos. El murmullo de la ciudad muchas veces logra acallar el gemido de la muerte. Pareciera. Pero algunos sí escuchan. Algunos sí prestan atención al mensaje.

Jack Cassara es el dueño del pastor alemán. Jack a esta hora bebe una cerveza tibia mientras mira por televisión un partido de baseball. Jack escucha a su perro aullar, pero no le hace caso, inmerso en sus propios asuntos. Pero su vecino David Berkowitz sí lo escucha. Y no solo el del pastor, sino también los ladridos y gruñidos de todos los perros de Nueva York. Lo que oye Berkowitz no es un sonido animal, es un mensaje. Un mensaje que dice: Los diablos quieren sangre y tú estás obligado a derramarla para complacerlos.

Berkowitz sentía que los espíritus del mal lo acechaban. Odiaba al pastor alemán. Odiaba a su vecino Jack. Odiaba que el perro lo obligara a hacer algo que él no quería. Una noche trató de matar al animal a balazos. No lo consiguió. Decepcionado, al día siguiente armó un par de maletas, dejó el departamento y se cambió de casa buscando un nuevo rumbo. Berkowitz pensaba que se había librado del mal. Pero no. El mal cuando busca, siempre encuentra. Se instaló en otro departamento. La primera noche en su nuevo hogar escuchó otro ladrido. Luego otro y luego otro, y luego la noche se convirtió en un Gran Ladrido Universal de un perro negro llamado Harvey. Harvey era el labrador de su nuevo vecino, un tipo llamado Sam Carr.

Ladraba. Aullaba. Ladraba. Aullaba. El perro ladraba y Berkowitz aullaba. No podía soportarlo. Se tapaba las orejas con sus gordas manos y el ladrido seguía martillándole la nuca. Escondía su cabeza en la almohada y el ladrido lo penetraba. Encendía el equipo de música, subía el volumen y el perro seguía dando órdenes. Un GUAU GUAU GUAU GUAU demoledor que le decía que ya había llegado el momento, que se dejara de mariconerías, que tomara su Charter Arms Bulldog, la engrasara, le pusiera las balas y saliera del departamento a poner orden en la ciudad. Que caminara por Pine Street, que doblara en Wicker hasta la calle Point y desde ahí olfateara las miasmas del río Hudson antes de cumplir con la misión. Los ladridos del perro le indicarían el camino. Los ladridos del perro le mostrarían los autos donde las parejas se besaban, se metían mano o simplemente conversaban. Los ladridos del perro le dirían donde apuntar su arma calibre 44 en los cuerpos de Donna, Christine, Virginia, Valentina, Alexander y Stacy. Recién cuando la sangre brotara de los cuerpos de sus víctimas, el perro se quedaría en silencio. Y así Berkowitz se libraría de Sam.

Soy un monstruo. Soy el Hijo de Sam. A Sam le gusta beber sangre. Sal a matar me ordena Papá Sam. Así comenzaba la declaración de David Berkowitz ante la policía luego que lo arrestaran. Berkowitz fue detenido y acusado de matar a 6 personas y herir a 8 en la ciudad de Nueva York. Los policías lo miraban desconcertados cuando el Hijo de Sam declaraba con una sonrisa pícara y con un hilo de voz que el demonio se había apoderado del cuerpo del perro negro del vecino y que el perro le había ordenado ejecutar a sus víctimas. Él, confesaba, era un simple soldado que debería llevar a cabo la Gran Misión.

Berkowitz fue sentenciado a 6 cadenas perpetuas. Hoy tiene 71 años y pasa su encierro en la cárcel de Shawangunk. Dice que encontró la paz y el arrepentimiento luego de acercarse a la fe cristiana. Escribió un libro llamado Son of Hope: The Prison Journal of David Berkowitz. Dice que la cárcel lo tiene tan aislado que, gracias a Dios, ya no escucha los ladridos de los perros.

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Ave Caesar, morituri te salutant

Cuando tenía 7 años mi padre me contó que el tío Salvatore mató a un perro con sus propias manos. La verdad es que mentía. No lo mató precisamente con sus manos, sino con un chuzo de acero. Tío Salvi tenía una perra Setter Irlandés llamada Cassana. La cuidaba como si fuera hija única. La bañaba una vez a la semana, le pasaba el cepillo todas las mañanas, le limaba las uñas, le preparaba cada día una comida diferente. Juntos iban a pescar al tranque Los Molles. Juntos vitorearon a la selección brasileña que eligió a Quilpué como su centro de operaciones en el Mundial del 62. La llevaba a misa, a comprar verduras, a visitar los parientes recién llegados de Italia. Era su compañera, su amiga, su confidente. Un día en que la perra entró en celo, Salvi, como siempre, tomó todas las medidas necesarias para protegerla. Ningún perro debía ultrajarla. Cassana era de él y sólo de él. Su perra sagrada. Su perra bendita. Cada vez que entraba en celo, Salvi la encerraba en una jaula amplia al fondo del jardín. De esa forma, la protegía de los cientos de perros vagos que deambulaban por las calles del barrio. Pero a pesar de todas las precauciones, el tío no contó con la astucia y sobre todo con las ganas de Johnny, el perro del vecino. Johnny era un quiltro de ojos vivos y piernas cortas que durante esos días tenía el llamado de la naturaleza atrapado en su nariz. El perro ladraba, gemía, buscaba la forma de entrar a la casa de Salvatore. Una mañana se las ingenió y logró colarse por una reja. Salvi, al percatarse de la presencia del intruso se volvió loco. Sin pensarlo dos veces, tomó el chuzo y entró a la jaula a enfrentar al invasor.

Cuando mi padre llegó a esta parte de la historia su voz comenzó a diluirse en mi cabeza de niño y fui transportado de pronto a un coliseo romano. Yo veía por un lado a tío Salvi vestido como Kirk Douglas en la película Espartaco. Y por el otro imaginaba un león africano gigantesco que mostraba los dientes, dispuesto a matar al gladiador. Salvi se situó entre Cassana y el perro salvaje. El pelaje de Johnny comenzó a erizarse. Soltó un gruñido. Johnny mostró los colmillos y comenzó a ladrar en posición de ataque. De pronto, el perro dio un salto, apuntando su hocico y su ensalada de dientes afilados hacia el cuello de Salvi. El tío, más asustado que enrabiado, tomó firme el chuzo y cuando la sombra de la bestia comenzó a caer a la altura de su cabeza, cerró los ojos y con una fuerza temblorosa insertó la lanza en el pecho del animal. Mi padre dijo que el alarido de Johnny se escuchó alrededor de toda la cuadra. Que el perro murió al instante, desplomándose sobre los brazos de Salvi. Que la sangre del animal empapó su pulcra camisa blanca del tío Salvatore. Cuando mi padre terminó la historia, me quedó mirando para ver mi reacción. Yo no dije nada y si lo dije no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo, es que en mi cabeza la historia terminaba con un emperador afeminado, sentado en un trono de oro con forma de águila, aplaudiendo la hazaña del gladiador Salvatore. Luego sonaban unas trompetas, el esclavo romano se retiraba con su vestimenta ensangrentada y mi padre y yo seguíamos cada uno en lo suyo.

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Son bestias

Siempre le tuve miedo a los perros. Ellos competían en mi larga escala de terrores infantiles y no tan infantiles como andar en Metro, navegar en un bote, subirme a un caballo, perder una uña, los relámpagos de medianoche, la mirada de los soldados, pasear en el teleférico, el único capítulo de terror de La Casa en la Pradera, el silencio de mi abuelo, las arenas movedizas, quedar encerrado en un ascensor, la mirada de Linda Blair o morir ahogado en un mar oscuro. A los perros los evitaba. Cuando caminaba por una vereda mal iluminada esperaba tenso que el ladrido sorpresivo de un perro guardián apareciera tras una reja. Si un perro se cruzaba por mi camino, no dudaba en cambiar de rumbo. Si me descuidaba y el perro lograba pasar cerca de mis piernas, me mordía la lengua. Alguien me había contado que esa era la fórmula para que no olisquearan el terror y así evitar el ataque. Cuando iba a una casa donde tenían perro, pedía que encerraran a la bestia ante las protestas de los dueños de casa que juraban y rejuraban que el animal no causaba problemas. No me importaba. Yo no confiaba en los perros. No los conocía. No sabía cómo había que comportarse frente a ellos. Para mí, entre un perro y un dragón de Komodo, no existía diferencia.

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Las tristezas de la familia

En mi casa nunca se consideró tener un perro. Cuando mi hermana lanzó alguna vez la idea en la mesa, mi papá muy serio enumeraba una serie de preguntas que nadie contestaba: ¿Quién lo va a sacar a pasear todos los días? ¿Quién va a limpiar las cacas? ¿Quién va a regar los meados? ¿Quién lo va a llevar al veterinario? ¿Quién? La serie de preguntas siempre terminaban con una sentencia: La muerte de un perro nunca se supera. No quiero más tristezas en esta familia. ¿Tristezas? pensaba yo. Por más que revisaba lo que hasta ese momento era mi vida (9 años) no encontraba esas tristezas a las que se refería mi papá. Un par de gatos y una tortuga fueron los únicos animales que tuve en mi infancia. Gatos y tortugas para mi padre eran mascotas silenciosas, limpias, que no molestaban y cuyas muertes se lloraban poco. Un gato llamado Matías. Un gato llamado Gato. Y una tortuga llamada Toti. Matías murió envenenado. Al Gato tuvimos que regalarlo por alguna razón que no recuerdo a un primo que vivía en una parcela. El gato Gato murió esa misma noche atropellado por un tractor. La muerte de la tortuga fue un poco más complicada. Un día simplemente desapareció. Mi hermana se inventó la historia que los agentes de Pinochet la habían secuestrado. Meses después cuando ya la habíamos olvidado la encontré semi enterrada entre unos arbustos. Las hormigas habían hecho lo suyo. Sólo quedaba el caparazón. Según recuerdo de esos años 80, también tuvimos una semana un par de pollos vivos que el Supermercado Jumbo regalaba por compras superiores a diez mil pesos. A mis padres les pareció divertido criar un par de pollos sueltos en el patio. Pero perros, ni hablar.

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