Del verano al otoño, nueve años atrás
Bañado y vestido y a punto de tomar desayuno: los huevos revueltos que ella prepara. Es mi primer día y ya pasó el desgano de anoche; descansé, dormí profundo. Si logro descansar así de bien durante el año, será menos agobiante.
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En Sazié con Echaurren: «Abolición del trabajo asalariado!».
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Fui a la Isapre y era tarde para cambiarse, tengo que esperar un mes. Me dieron una fotocopia de la resolución de la Superintendencia de Salud y aproveché de preguntar por el reembolso de los lentes, pero se me olvidó llevar los papeles.
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«A veces toca ganar,
a veces toca gastar».
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El caballero al que le faltan las piernas —personaje típico del barrio— avanza por Sazié hacia Ejército con una bandera chilena flameando en su silla de ruedas.
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Seis de la tarde y, sin zapatos, miro las nubes por el ventanal. Estiro en la mente la sensación de brisa en los pelos de los brazos que tuve al caminar hacia acá.
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Ya en la sala de espera de la Isapre. Poca gente. En ocho números más me atienden. En la plaza de la Constitución, donde ayer protestaban cinco profesores jubilados con un megáfono y una pancarta por la deuda histórica, ahora había decenas de turistas.
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Poodle copiloto mirando para afuera en el camión de la basura.
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Atardeceres de marzo.
Olor a pelo recién lavado;
luz de farol sobre hojas anaranjadas que
parpadean como pestañas, miro
los zapatos que debería limpiar
o regalar.
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Diez para las diez de la noche, ella baraja: «Qué rico, olor a cartas».
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La señora de la frutería tiene un nuevo look, debe haber ido hace poco a la peluquería. Los plátanos estaban helados y verdes, así que compré dos manzanas rojas. Hay más gente en las calles, un veinteañero pasa al lado mío escuchando un mensaje de voz. Camino y me detengo. Camino y me detengo. Se deshicieron todas las nubes de ayer.
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A la ida, animado, fruta.
De vuelta, abatido, volcán.
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Mediodía. Me siento drogado como si hubiera tomado café, pero solo me he comido una manzana.
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«Cuando suena así la cebolla o el pollo ssssssssssssssssss, siento que es como la ovación del público, como si la cebolla celebrara la llegada del pollo a la olla».
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Picotean pedacitos verdes de botella rota, entre adoquines, unas pobres palomas.
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Ahora me alegra oír la radio de los maestros en el techo: no se me olvidó echar audífonos al bolso.
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«Putin es como John Wayne» (oído en Ejército).
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Al ir a buscar la ropa, encontré adentro de la máquina dos billetes de mil, intactos. Terminé de poner las monedas y llegó otro tipo con su bolso: tuvo que devolverse a su departamento, como me ha pasado mil veces cuando están las lavadoras llenas. A los cuarenta minutos bajé a pasar la ropa a la secadora y ahí estaba él. Mientras yo desocupaba una, llegó el que estaba usando la del medio. «Perdón, es que me tuve que quedar solo con el niño». Era un hombre corpulento, con un niño en un brazo, que empezó a sacar su ropa con el brazo libre. Tres hombres jóvenes lavábamos ropa una tarde de lunes, el día en que empezó el otoño.
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Nublado casi llovizna, plátano helado.
Que no se despeje hasta septiembre.
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Lo escrito como una vida paralela a la inescribible vida que uno vive y vuelve a traer al corazón cuando lee migajas, lo escrito.
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Que de un fósforo hizo un mondadientes me acuerdo mientras cepillo los míos y me cuesta sacar lo que escarbo.
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No me termina de asombrar todo el trabajo que requiere hacer cada libro. Cuando creíamos listo el último, lo leyó alguien más y encontró otras cinco erratas o errores. Me gusta mucho esa especie de autoría (¿o responsabilidad?) colectiva que, justo cuando empiezas a envanecerte, obliga a la humildad.
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Mientras me lavaba los dientes vi en el espejo mi mano izquierda rayada y por primera vez me imaginé que podría ser un tatuaje: muchas veces me lo han preguntado. Otras personas ven un torpedo. La mano rayada es un espejo. Ella siempre ha visto lo mismo que yo, porque también se anota cosas para que no se le olviden. Nos reflejamos el uno en el otro en las rayas de nuestras manos.