La carreta, las fogatas
La leña está tan verde que el fuego humea más que calienta. Borbotea.
Hay una humedad en estos montes que se mete entre la lana y la piel, que ninguna llama puede vencer. Gómez lo sabe desde hace semanas pero cada noche vuelve a acercarse como si esta vez fuera distinto.
Al otro lado del fuego hay un hombre que no habla.
Lleva meses así, callado, caminando siempre un poco fuera del grupo, durmiendo donde nadie lo busca. Gómez aprendió su nombre de oídas, como se aprenden estas cosas: Galelián. Un nombre que no encaja en ninguna lengua del todo, que parece haber sobrevivido a alguna traducción violenta. Los soldados no le hablan. Él tampoco les habla a ellos. Pero esta noche Gómez siente su mirada al otro lado de las brasas y cuando levanta los ojos Galelián ya está mirando hacia otro lado, hacia la oscuridad, como si hubiera visto algo ahí que los demás no pueden ver.
De Galelián se dicen dos cosas en las fogatas. La primera es que traicionó a los suyos. La segunda es que viaja con su madre.
La madre va en una carreta que dos yanaconas empujan cuando el camino se pone malo, que es casi siempre. A veces el barro se la traga hasta los ejes y hay que descargarla entera y volver a cargarla y los soldados maldicen pero nadie se lo dice a Galelián directamente. Nadie sabe bien por qué. Tal vez porque el hombre que viaja con su madre en medio de todo esto tiene algo que los demás no tienen, algo que no se nombra fácil pero que se reconoce, como se reconoce el filo de un cuchillo sin necesidad de tocarlo.
Los soldados hablan de Alcalde. Siempre Alcalde. Gómez lo conoce mejor que la mayoría porque es de los pocos en los que Alcalde confía, o en los que dice confiar, que no es lo mismo.
Gómez sabe que no ha venido hasta aquí por el rey ni por Dios ni por el oro. Nadie ha venido por eso, aunque algunos todavía lo digan. Ha venido por algo más oscuro y más duro que el oro, algo que no tiene nombre exacto en ninguna de las lenguas que ha ido aprendiendo en el camino. Y sin embargo Gómez lo ha seguido hasta aquí, hasta este fuego, hasta esta humedad que arruina la pólvora.
Más allá, casi en el límite de la luz, está la mujer.
Gómez no sabe qué ha consumido pero la ha visto así otras noches: los ojos vueltos hacia adentro, los labios moviéndose sin sonido, el cuerpo quieto con esa quietud de quien está en otro lugar. Los mapuches aliados le tienen respeto o miedo, que en estas latitudes son la misma cosa. Esta noche habla. El fuego arde. La voz le sale baja y continua, como el agua que corre bajo la nieve.
Galelián escucha.
Gómez observa su cara mientras escucha y algo pasa por ese rostro. No es miedo. Era algo que no tenía nombre en ninguna de las lenguas que habían cruzado ese fuego, algo parecido a reconocer en el sueño de otro un sueño que uno ya había tenido.
Después, cuando el fuego es brasas y la mayoría duerme, Gómez se acerca y le pregunta en ese español mezclado con quechua que usan entre ellos desde hace meses. Galelián tarda en responder.
Dice que la mujer vio caballos sin jinete corriendo por una llanura que no es esta. Dice que vio una hija que busca a su madre entre ruinas que todavía no existen. Dice que vio un fuego que no viene del cielo ni de la tierra sino de los hombres, un fuego que los propios pillanes mirarán sin reconocer, como si fuera de otra especie.
Y luego dice, en un español que de pronto es perfectamente claro: ese tiempo que vio se parece mucho a este.
Gómez no responde.
Piensa en el Guadalquivir, ancho y amarillo. En el velamen inflado por los alisios. En el brillo tornasolado del Mar del Sur que vio en silencio una mañana mientras otros gritaban. En el Cuzco y sus sombras. En el despoblado de Atacama donde soñaba con ríos. En el valle del Mapocho donde fundaron una ciudad sobre los huesos de otra, y nadie lo nombró así, pero todos lo sabían.
Mañana fundan una villa para repartirse lo que hay. La tierra ya tiene nombre pero nadie va a preguntarlo. Este es el año de las ratadas. Se comen la cosecha, roen los vestidos. No distinguen.
Quiere preguntarle a Galelián de qué lado está. Pero sabe que la pregunta es estúpida, que Galelián está del lado en que sobrevive, que es el único lado que existe aquí, y que él mismo no podría responder esa pregunta si Galelián se la hiciera. Nadie alrededor de este fuego podría.
Eso es lo que no dice.
Lo que dice es: mañana cabalgas con nosotros.
Galelián lo mira entonces. No aparta los ojos como antes. Los mantiene fijos en Gómez un momento largo, un momento en que Gómez siente que lo están pesando, que algo se está decidiendo en silencio, y luego asiente, apenas, y vuelve a mirar las brasas.
La mujer ha dejado de hablar. Los volcanes están quietos en la oscuridad.
Más tarde, cuando el fuego es solo brasas, Gómez se aleja un poco del campamento y encuentra a Galelián mirando el cielo. Se queda a su lado sin decir nada. El frío es otro aquí, más limpio que la humedad del monte.
Gómez señala hacia arriba. Se parece al carro, dice.
Galelián tarda. Luego dice: con ella no tengo que traducirme.
Gómez se va a dormir bajo un árbol. Galelián se queda junto a la carreta.
Gómez morirá en Panamá cinco años después, llevando un mensaje de Alcalde al rey, consumido por una fiebre sin nombre antes de entregarlo. La villa que fundaron aquel día, eso sí, sobrevivirá, arderá, volverá a levantarse y a ser incendiada otra vez. Galelián va a perder la carreta en un camino pantanoso al sur de todo, y nadie volverá a saber de él.
En ese tiempo que vio la mujer, una hija busca a su madre entre escombros y no la encuentra.
El vaho de los caballos dibuja caminos que ellos mismos borran al galope.