Narrativa

La solicitud

Greta Montero 16 de junio

Las grietas del muro parecen formar las ramas de un ciprés. Es fin de semana, sábado, y estoy cansada, pero no quiero dormir. La niña está dormida en su pieza, yo estoy en el dormitorio, mi marido está abajo, en la cocina, comiendo leche asada o quizás las costillas que preparé para la comida de mañana. Prendo el compu, afuera llueve y está húmedo, una humedad de esas que se pegan en la cara y entumecen las mejillas. Tengo tos y, aunque trato de controlar la respiración, la tos me sacude de vez en cuando. Mi cuerpo está helado, siento fría la punta de los dedos cuando tecleo en mi notebook.

Me solicitan amistad en Facebook, no tengo demasiadas pero, cuando aparecen, a veces son hombres los que lo hacen y eso me calienta un poco. Debo reconocer que a veces tengo deseos de masturbarme. Tengo fantasías y no estoy pensando en mi esposo en ese momento. Creo que es porque ya no se baña.

Cuando lo conocí su cuerpo me parecía atractivo, siempre olía a jabón, usaba un perfume que me agradaba. Claro que tiene otras cualidades, su inteligencia, supongo, su agudeza mental, no lo sé, ya no lo tengo muy claro. Cuando se acuesta junto a mí su cuerpo huele desagradable, tiene los pliegues de la piel del pene pegoteados y debo chuparlo como una especie de compromiso matrimonial. Me aguanto las ganas de hacer arcadas, es su prueba de amor constante. Me dice siempre «¿ya no me quieres?» y debo hacerlo. Lo que sí hace es quejarse, se queja de que no hago esto o lo otro, como que no tengo carne suficiente en el refrigerador, que estoy gorda, que no dedico el tiempo necesario a la familia, pero yo solo estoy cansada o estoy en el trabajo. Debemos hacerlo tres veces por semana para que esté conforme, para que piense que el amor anda, que somos una familia feliz, que gozamos de buena salud. Ya no tengo buena salud. No tenemos.

Él dejó a la mujer con la que estuvo veinte años, la madre de sus otros hijos, por mí. Lo rompí todo para estar con él y nos criticaron. Pensaba que el amor era sufrido, supongo y, aunque ya no estoy de acuerdo con esa idea, parece demasiado tarde. En ese tiempo yo no pude detenerme ni detenernos y, ahora, no sé cómo salir. Que no trabaja porque ya está muy mayor y nadie le da trabajo; pero no busca por el diario, eso no es para él.

Yo nunca he tenido un trabajo que no haya encontrado por el diario. Por supuesto que al principio de la relación parecía que lo buscaba. A veces decía que intentaba conseguir algo con algún contacto sin obtener resultados. Una vez hizo un taller de guitarra eléctrica, tuvo como tres inscritos, duró un par de meses. Todo eso ya fue hace mucho tiempo. Además, está deprimido, por eso tampoco se cambia de ropa y los puños de sus polerones suelen estar negros de mugre.

Ahora sé que con la primera esposa también vivía deprimido. De eso, en otros tiempos, no me enteraba. No me daba cuenta, me parecían conmovedoras todas sus aflicciones. «Pobrecito», pensaba, «un hombre tan inteligente, con tanta habilidad en la música, tan culto, tan afectuoso».

Cada cuatro o cinco años lanza un single y suena algo en alguna radio de la región, pero la música no paga, dice, es un artista que sufre la apatía del mundo. A mí esto, que me parecía enternecedor también en otro tiempo, ahora me parece un poco acomodaticio, un poco caer en el ridículo, así que guardo silencio y aplaudo en cada tocata y ante cada comentario de sus canciones, que salen de vez en vez en alguna página de internet, fingiendo que me enorgullece ser la esposa del artista.

Eso sí, otros músicos trabajan, me he dado cuenta, son profesores o hacen otros trabajos. Supe de uno que vende ropa por fardo al estilo vintage. Debe ser que no todos viven deprimidos y yo he sacado el premiado. Pero sospecho que él piensa sobre esto: «bah, esos otros no son tan buenos como yo». A veces se me pasan por la cabeza estos pensamientos, pero en general procuro no pensar en ello. No pienso en gran cosa, solo que no quiero problemas en casa y que me gustaría estar tranquila, respirar.

Se deprime, según él, porque no lo quiero lo suficiente, así que debo chuparlo y tener el refrigerador surtido, comprar la leche y preparar la comida para las loncheras de mi hija y mía cada tarde. Afortunadamente no me obliga a besarlo. Cuando su lengua entra en mi boca siento asco, su saliva huele mal, se me queda pegada en la cara.

Cierta vez le dije que ya tenía suficiente, que quería separarme, pero se puso a llorar, me tiró los zapatos por la escalera como si ellos tuvieran la culpa de algo, me sacudió por los hombros y dijo que se iba a matar con el cuchillo grande de la cocina. Me mostró el cuchillo. De hecho, para que yo le creyera, lo sacudió en el aire y me persiguió escalera arriba con él, diciendo que esto quería yo, que él se muriera. Tuve que besarlo, abrazarlo, para quitarle el cuchillo, tuve que chupársela también. Tiempo después me dijo que necesitaba ayuda, le ofrecí pagarle una terapia, pero me respondió que en realidad lo que él necesitaba era amor, él no cree en los psicólogos. A veces yo misma pienso en deprimirme, me gustaría estar deprimida, pero no puedo, tengo que ir a trabajar.

Quiero aceptar las solicitudes de esos hombres, debo reconocerlo, pero tengo miedo, no porque no quiera ser infiel, es que siento que no tengo oportunidad. Siempre estoy trabajando o debo estar en casa, no tendría oportunidad de hacerlo sin que él se enterara de alguna forma, así que veo el perfil de esta solicitud porque es de una mujer. Interesante, me digo. No tiene mucho, parece que es nueva en Facebook, pero es de Contulmo. Estudió en el Liceo en el que yo estudié, sí, es una chica de provincia como yo, la acepto.

—Hola, cómo estás —dice— te solicité porque eres de Contulmo. Escuché tu disco, ese que ganó el primer Pulsar en 2015 y me sentí identificada. Hablas de Contulmo en tus canciones. Espero que no te incomode.

—Muchas gracias —respondo— ese disco se lanzó hace mucho tiempo, cuando estaba todavía en la universidad, cuando todavía no me casaba. Es un gusto saber de ti, qué bueno que existan estas plataformas para comunicarse. No todos los días hablas con alguien de tu pueblo natal.

—Compré tu disco en una tienda de Conce, me gusta la música y también le hago un poco a la composición.

—Gracias, no cualquiera compra discos así, tan fuera de circulación.

—Eres una compositora excelente en mi opinión, me gusta la manera que tienes de terminar los versos y el color de tu voz es especial. Además, me gusta también ese feminismo que exudas sin ser precisamente panfletaria, como que sugieres y dejas pensar.

—Gracias, pero eso fue hace mucho tiempo, ahora soy profesora de música, en un colegio.

—Claro, no se puede vivir de la música. Soy bibliotecaria, en la Biblioteca Municipal de Contulmo.

—Ahhh, pero si yo conozco tan bien esa biblioteca, es muy buena, iba allí a sentarme después de clase en un sillón gris, pasaba toda la tarde leyendo y nadie me interrumpía.

—Seguro nadie te molestaba ahí porque va re poca gente a las bibliotecas.

—Así es, pasé tardes infinitas, leí muchos libros sugestivos para las letras de mis canciones, como Glass, Irony and God de Anne Carson y Los trabajos y las noches de la Pizarnik, ese tipo de libros.

—Vaya, vaya, grandes lecturas tuviste ahí, ¿ibas con tus pololos del Liceo?

—No, mis pololos nunca fueron mucho de libros como yo, no había muchos lectores, ni chicos interesados en ser músicos en el Liceo de Contulmo.

—Debes haber tenido muchos pololos, porque te ves realmente guapa en las fotos que publicas.

—No, solo dos, siempre estaba metida en otra cosa, en algún taller de cuerdas, en la orquesta del Liceo, en cosas así ¿Qué me cuentas de ti?, ¿hace cuánto trabajas ahí?, ¿tienes hijos?

—No, trabajo aquí desde siempre. Tu esposo es un músico consagrado, eso debe ser bueno para ti, debe haber influido mucho en la calidad de tus canciones, tus canciones están llenas de referencias a él.

—Él tiene varios discos, es cierto.

—Pero no solo tiene varios discos, es uno de los mejores de su generación, ¿no lo crees? Su influencia en ti debe ser inmensa, casi que no podrías existir sin él a tu lado, ¿no crees?

—Sí.

—¿«Sí»? ¿eso es todo? ¿no crees que le debes todo o gran parte de tu éxito? ¿Qué serías tú sin él?

—Claro, es uno de los mejores de su generación. Pero mi disco ya lo había lanzado cuando mi esposo llegó a mi vida. Y no podría hablar de mí misma usando eso del «éxito» precisamente. Fue hace mucho tiempo.

—Entonces solo tienes ese disco, es un poco mediocre ¿no crees?

—¿Mediocre? —respondo sintiendo un sabor amargo en la boca, una rabia incipiente que parece venir desde el estómago. Por alguna razón siento la necesidad de justificarme y agrego— Quizás solo no he tenido tiempo de componer. Hay que trabajar y hay que estar con cierta disposición mental para la música.

—Él, en cambio, parece un genio. Quizás lo sea —dice.

—¿Quieres que te dé su contacto? —respondo como si de pronto me sintiera celosa y me sorprendo un poco de mí misma.

—Yo creo que lo tuyo es un poco mediocre. Porque parecías prometedora, activa, ahora eres un poco como un autómata, un poco muerta, en verdad. Pienso que debería mejor apagar el compu, ver televisión, buscar alguna serie de Netflix, un documental sobre crímenes violentos o algo así, pero siento curiosidad de saber hasta dónde pretende llegar y continúo frente a la pantalla para ver qué dice a continuación.

—Lanzaste ese disco en la universidad, supongo que parecía que ibas a llegar lejos y además nadie puede negar que eras bastante guapa en ese tiempo, al menos, aunque ahora estás un poco echada a perder ¿Eres feliz con tu esposo?

—Soy feliz —digo, mientras siento que el pecho se me encabrita y la sangre me sube a la cabeza.

—¿Conoces muchos hombres aquí en Facebook? ¿Conversas con ellos? ¿Te juntas de vez en cuando, quizás, cuando tu marido se queda con la niña, como tu niñero personal, mientras tienes tus supuestos consejos de profesores?

—Mmmm.

—Eres una tonta, siempre has sido una tonta, una arrogante de mierda. Aceptas las solicitudes de extrañas porque te hablan de tus canciones, tienes un ego inmenso, seguro también te calientan las mujeres, seguro te calientan más que los hombres, más que el pico de tu esposo, que está todo el día en casa como la Cenicienta, esperando que llegues de quién sabe dónde.

—Seguro.

—Eres una puta tan estúpida que tu vanidad no te deja darte cuenta de tu verdadera naturaleza. Con unos halagos es suficiente para que te bajes los calzones con cualquiera.

Voy a la configuración de Facebook, busco su nombre y la bloqueo. Bajo la escalera, está de medio lado sentado en la mesa de la cocina con su laptop encendida. Me mira con unos ojos de desprecio intensos, oscuros, como si me odiara.

—¿Por qué hiciste eso?

—Porque eres idiota, una vanidosa egocéntrica.

—¡Lárgate de mi casa!

—No —dice— esta es mi casa y no me iré, hice esto para demostrarte lo superficial que eres.

—¡Lárgate de mi casa! —repito y subo la escalera, tomo unos zapatos, bajo de nuevo y tomo la cartera, regreso arriba y tomo el celular. Debo irme de acá, le voy a dejar a la niña porque no me dejará tomarla, ella estará bien, nunca le ha hecho nada, pero yo debo salir ahora mismo. Pienso esto inútilmente, ya sé lo que viene, me va a quitar la cartera, el celular, me va a zamarrear, va a sujetarme para que no pueda salir por la puerta, va a despertar a la niña, la niña va a gritar. Y voy a estar llorando como él dice, como una tonta.

—¡Tú no me quieres! —me grita— ¡no me quieres lo suficiente!

Así es, ya no te quiero, pienso. Y permanezco ahí de pie al final de la escalera, tosiendo con el pecho agarrotado. Miro por la ventana, las grietas del muro forman las ramas de un ciprés. Me pregunto si debería quedarme así y simplemente dejar que todo siga su curso. Siento una vergüenza horrenda, porque cualquier cosa que yo intente, como salir por la puerta y gritar por ayuda a los vecinos tiene una absoluta correlación con el escenario de un escándalo. Tendría que responder preguntas y convertirme en una víctima, ¿qué fue de esta historia de amor? ¿No se suponía que éramos nosotros contra un mundo adverso, prejuicioso, que nos cuestionaba? Tendría que asumir que siempre estuve equivocada, que la lucha contra viento y marea no fue más que una metida de pata de una década. Miro por la ventana, ya es hora de hacer algo diferente o corro el riesgo de ponerme vieja, que se me caigan las tetas y arrugarme como una pasa a tal grado que ya no le interese a nadie mandarme solicitudes verdaderas o falsas, que él viva hasta los cien años, de quedarme en esta casa como si estuviera cautiva en una cueva, repitiendo lo mismo hasta que ya no pueda detenerlo o que me vuelva tan loca un día que termine por parecerme una buena idea cortarme las venas para que todo acabe, para poder estar tranquila.

¡Qué ridículo!, ¡qué ridículo que yo, una estudiante que hizo una tesis brillante en musicología, que iba para arriba como un avión, haya permitido que este huevón, que no le gana a nadie con sus putas canciones y que me dobla la edad, me use como trapero! ¿Cómo pasó esto? No puedo entenderlo. La niña está llorando. Lo escucho decirle que la mamá lo engaña, que lo está maltratando. Me siento culpable, sí, porque acabo de pensar que debería abandonarla, irme sin ella. Él espera que yo suba a tratar de quitársela y que lloremos las dos, mientras él grita como enajenado. No, no lo haré. Voy a la cocina y cierro la puerta, apoyando toda la espalda para que no sea fácil de abrir. Me siento en el suelo. Marco el 133, me pregunta una voz de hombre si estoy siendo agredida, ¿estoy siendo agredida?, me pregunto. Lo dudo, no estoy segura, cierro los ojos y veo el ciprés que está afuera de la casa de mi infancia y respondo «sí». La conversación es breve, doy mi dirección, de pronto siento las patadas en la espalda, golpea la puerta con los pies, me aterro y cuelgo de inmediato. Nunca han demorado menos de cuarenta minutos. Recuerdo aquella vez en que llamé para avisar de una chica a la que le estaban pegando en el parquecito que está frente a mi casa, o de aquella en que llamó él para avisar que unos pendejos le daban piedrazos a una luminaria de la esquina.

—¿Qué estás haciendo? ¡Piensa en la niña! —grita. Toma el celular del suelo, la última patada en la puerta me había corrido por completo, sentí como si me hubiera dado directamente en las costillas y me cuesta respirar. Me levanta del suelo sujetándome por los hombros y me sacude con una fuerza descomunal, cosa extraña, porque en general me parece que es un debilucho que nunca puede hacer nada.

—Llamé a los pacos —susurro en un hilo de voz. Golpea el celular contra el piso, pero el celular resiste, qué bueno que tenga una mica de vidrio y una carcasa resistente. —¡Cómo pudiste hacerme esto! ¡Después de todo lo que debo soportar por tu causa ahora quieres meterme preso! —va de nuevo con la niña y le dice que la mamá le echó a los pacos, ella llora de aflicción y baja corriendo.

—¡Mamá, no, por favor, mi papito! Ambas estamos llorando, siempre pasa esto. Él está arriba y se mueve botando cosas al suelo, baja con una mochila, busca las llaves y abre la puerta, el portón.

—¡Eres tan desgraciada! —dice una y otra vez. Cuando sale por la puerta la niña se lanza tras de él, gritándole que no se vaya, pero él llora con ella y le repite que tiene que irse porque «la mamita me echó a los pacos, es muy mala la mamá». Se abrazan desconsolados, luego la aparta y sale. «¡Maldita!», grita antes de irse. Demoran cuarenta y cinco minutos en llegar. En el intertanto llamo a mi hermana porque necesito un aliado con urgencia. Me cuesta explicarme. Es mi hermana menor, esto no debería pasar así.

Cuando ellos llegan les permito entrar a la casa, digo que no me golpeó. «¿Usted quiere que la mate?» me dice el que es mayor, el joven solo me mira y toma nota. «He visto esto muchas veces», dice, «él va a matarla, créalo de una buena vez». Le digo que él me da pena, porque no tiene nada, aunque se llevó unas lucas que tenía en el monedero, no tiene cómo mantenerse, qué va a comer. Él me mira como si fuera estúpida. «¿Usted lo mantiene y piensa que él se va a ir así como así? Tenemos quince llamadas más en espera, vamos a dejar un registro por violencia sicológica, ya que usted no quiere decir si él le pegó o no. Si vuelve no lo deje entrar, nos llama de nuevo». «Es que no me pegó», le respondo. Me mira igual, como estúpida. «No lo deje entrar, llámenos. La van a citar del juzgado». Se van. Llega mi hermana, «sabía que esto iba a pasar», dice. Luego llama a mis padres mientras lloriqueo y me arrepiento de haberla llamado. Regresa, siento que abre el portón, entra a la casa. Claro, se llevó las llaves. Mi hermana tiene miedo, lo veo en sus ojos, ella le dice que se vaya, la niña lo abraza como si no lo hubiera visto en mucho tiempo. Yo no digo nada, pero tengo miedo. Mi hermana me mira como pidiendo apoyo, pero guardo silencio, yo, la autómata.

—Lárgate de mi casa —dice él.

—Lárgate tú, esta es la casa de mi hermana.

—Esta es mi casa y mándate a cambiar, no tienes nada que ver en esto.

—No voy a dejar a mi hermana contigo solo porque tú lo dices.

—Eres una flaca asquerosa y esmirriada, ¿sabes que tu hermana siempre te pela conmigo?

—Me tiene sin cuidado lo que salga de tu boca, ¿crees que ofendiéndome así harás que la deje? Si sigues hueviando voy a llamar no solo a los pacos, también voy a llamar a mis primos de Puchoco para que te muelan a combos, vas a terminar quemado en la playa y nadie te va a ir a reconocer —le dice ella. La miro con admiración. Él se ríe. Mi hija solo da alaridos de terror y nos mira como si mi hermana y yo fuéramos demonios. La niña siempre pareció más suya que mía.

—Tu hermana que tanto proteges siempre te ha considerado una tonta, por eso te echaste la carrera de Medicina, porque fuiste incapaz.

—¿Cómo puedes decir que esta es tu casa? ¿Acaso has pagado muchos dividendos?

—Tu hermana no tendría esta casa si no fuera por mí, es una inútil que no piensa por sí misma. Yo le hago todo. Es una madre de mierda, yo le doy todo el cariño a la niña. Es una floja, incapaz de darle una caricia a su hija.

Miro a la niña. «Yo soy la favorita», me dice a veces.

—Lárgate ahora o voy a llamar a los pacos, no se puede razonar con una persona que habla así, mándate a cambiar.

Mi hermana tiene el celular en la mano, él intenta arrebatárselo. Me pongo en medio de los dos, él me empuja contra la pared, entonces ella corre hacia la escalera, él va tras de ella y yo entro en pánico, me arrojo con toda la fuerza de mi cuerpo sobre sus hombros y le doy arañazos en la cabeza, quiero arrancarle todo el pelo que le queda. Le meto los dedos en los ojos y trato de morderlo. La niña grita desde la esquina del sofá. Él me da unos codazos fuertes en el pecho y me toma del pelo, siento que me está moliendo los pulmones, pero no lo suelto. Decido que no voy a soltarlo nunca más. Escucho gritos, ella le pide que me suelte. Qué extraño, pienso, si soy yo la que no lo suelta. Siento que mi cabeza va a salir de mi cuerpo, agua caliente explota en mi cara, es mi nariz, me ha roto la nariz. Qué lástima, siempre he creído que esa es la parte más bonita de mi cara. No logro ver nada, me ahogo, me patea en la cara de nuevo, esta vez me rompe los dientes, estoy segura. Es una pesadilla, sí, soñé esto una vez hace muchos años, quizás era adolescente. Soñé que me caía en el piso del baño y me rompía los dientes, debía llamar a mi mamá en el sueño, pero no alcanzaba el teléfono.

Me estoy ahogando. De pronto tengo unos brazos pequeños y delgados alrededor del cuello, su respiración encima de mí y se aferra fuertemente a mi cabeza como si se convirtiera en un cintillo gigantesco. Él está llorando, lo escucho decirme «cómo has podido hacerme esto». Luego ya no lo oigo, se ha ido, ahora todo va a acabar, no es para tanto. La niña lo ha terminado, lo ha terminado por nosotras tres.

Me habré tragado mis propios dientes, no están ahí cuando paso mi lengua por el paladar. Mi hermana dice que no me mueva, creo que debo ponerme de lado.

—Carola, ¿dónde están mis dientes? —digo, pero ella no me entiende.

Voy a perderlos. La nariz debe tener una solución, imagino que deben enderezarla como he visto hacer en las películas de vaqueros.

—Respira por la boca, voy a pedir ayuda, no te muevas —dice. Qué absurdo, hace un rato atrás estaba en mi cama, tecleando en el computador, y ahora esto. Mejor hubiera visto la tele.

Quizás debí haber hecho las cosas de otra forma, responder diferente a la bibliotecaria, halagarlo más, decir que estaba tan enamorada, nada de esto habría sucedido. Estaría abrigada en mi cama pasando la gripe y no aquí tirada en el suelo como un trapo apestoso.

«Apestoso», me repito, y recuerdo su pene pegoteado, su piel grasienta, el olor del cuerpo. Quizás esto es un alivio, quizás esta sangre y este dolor era necesario para acabar de una vez.

Entra mi hermana, me toma la mano, apenas la siento, quizás me ha dislocado un hombro, esto va a ser doloroso cuando intenten arreglarme. La niña me mira, ya no está llorando. Qué ojos más grandes tiene, se parece a mí, lo sé por las fotos que guarda mi mamá de cuando estábamos creciendo. Mejor, es una suerte, es un hueón horrible. Qué gracioso, antes me parecía tan atractivo. Me río, mi hija se sorprende, mi hermana me mira con preocupación. Pienso que debe ser extraño verme reír sin los dientes de adelante.

—¿Te estás ahogando? ¿no puedes respirar? —dice. Yo me río de nuevo tratando de no ahogarme en el esfuerzo y sale un borbotón de sangre —por favor, no te muevas más.

Llegan los mismos carabineros de la vez pasada, el viejo se inclina sobre mí y dice: «Ahora no puede decir que él no le pegó. Se lo dije, le dije que iba a matarla». Me lo susurra mientras parece auscultarme la cara como si fuera médico. «No estoy muerta», digo, pero parece que no me entiende ¿Estaré muerta?, soy un desastre.

No sé en qué momento él comenzó a odiarme, a odiarme de veras. Es una pena haberlo querido tanto, le escribí canciones de amor, qué absurdo ahora todo eso. Qué desperdicio. Yo quería componer, ¿qué pasó? Si ahora me muero voy a quedar así, como él dice, como una fracasada.

Me levantan del suelo unos hombres. Me llevan, no sé si a una morgue o a un hospital. Tengo que estar viva, ojalá lo esté. Alcanzo a mirar por la ventana, las grietas del muro dibujan el ciprés. El ciprés todavía está ahí, qué alivio.

***

Este relato integra el debut narrativo Yo no soy esa de Greta Montero publicado por Editorial Aparte (2023).

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