Narrativa

Una mujer conectada a internet

Manuel Moyano Palacio 16 de junio

Empezó a tomar clases de español conmigo cuando su tercer matrimonio fracasó. Hablaba inglés gracias a los años que había vivido en lo que ella no podía dejar de llamar America. También manejaba un poco de hebreo que había estudiado antes de comenzar castellano. Eso supe en nuestro primer encuentro virtual.

Su llegada a Estados Unidos se produjo cuando ella tenía alrededor de veintidós o veintitrés años. Ya estaba casada y se había recibido de Ingeniera en Telecomunicaciones o su equivalente en el sistema académico ruso. Había conocido a su primer marido en el subte de Moscú, le había deslumbrado su inteligencia y que fuera judío como ella. Se enamoró tontamente. Estudiaron en la misma universidad y él descolló.

Pero tuvieron que escapar de la tierra madre. Según sus palabras, eran oprimidos como todos sus compatriotas por la burocracia soviética y con ellos se sumaba el antisemitismo expandido. No se fueron solos. Lograron llevarse con ellos a toda la familia de Anya: madre, padre, hermana y hermano.

Como subterfugio antes del aterrizaje en Norteamérica, tuvieron que pasar un tiempo en Roma para que se solucionaran los temas de visados y papeleos. Anya solía recordar esos días romanos con una mezcla de angustia y felicidad, la sensación de liberarse y perderse.

En su America nació el único hijo del matrimonio. El marido consiguió trabajo y al poco tiempo hizo una fortuna al abrir una empresa propia. Las delicias del mundo capitalista. Logró proyectar lo que no había podido desplegar en su Rusia natal, la posibilidad de dominio económico. Y expandió esa dominación a su familia, principalmente a su esposa. Así empezaron los problemas. Anya no quería ser solamente una posesión, tampoco lo quiso su hijo y se divorciaron con violencia.

El niño se hizo grande y se quedó a vivir con su madre. Estudió en una universidad de California y obtuvo una licenciatura en Ciencias Biológicas. También empezó a hablar de política y economía. Se volvió un ferviente comunista y antisionista, lo contrario a sus progenitores. No sé cuándo, pero el joven dejó de hablar con el padre. Lo odiaba y de alguna manera expandía ese odio también hacia su madre.

El pelo de Anya era rojo. O, más bien, era anaranjado. El movimiento de sus mechones me hacía acordar a las ramas de las palmeras cuando se empiezan a secar y sus puntas caen arqueando el tallo hacia el piso. Su piel era rosada y acompañaba muy bien el color de su pelo. Sus dientes eran de tamaño justo, blancos. Tenía modales para moverse y expresarse. También se reía y era curiosa con el mundo. Su inteligencia, o lo que quedaba de ella cuando nos conocimos, estaba en querer descubrir cosas nuevas todo el tiempo. Su risa era bruta y espasmódica. La agarraba de improviso y le quitaba los modales de señora. Recuerdo que una vez se rió justo cuando tomaba agua y escupió sin querer la pantalla.

Cuando la conocí, no hablaba nada de español. En las primeras clases me di cuenta que Anya estaba profundamente deprimida y que en realidad no estaba buscando aprender un nuevo idioma sino alguien con quien hablar. Solamente eso, hablar.

Con el correr de los meses, su español avanzó. Mi método para enseñar era muy efectivo por lo simple. Le enseñé cosas básicas de la gramática castellana, empezando por la diferencia entre los verbos ser y estar, y de esa mínima base busqué lo que más me interesaba: que me contara su vida, sus problemas, sus éxitos y sus fracasos, sobre todo sus fracasos.

Al principio fue reticente para hablar de sí misma. Logré saber que tenía un hijo y también dos hijas. Y mucho más tiempo después, casi con el sabor de arrancar una confesión, entendí que los tres hermanos habían sido concebidos en un matrimonio distinto. Hice las cuentas y conté tres maridos. El primero era hijo del marido ruso con el que se había hecho la América. El padre de la segunda hija era un americano propiamente dicho. Y la hija del tercer matrimonio era mitad filipina.

Durante el primer período de nuestras clases, Anya trabajaba en una compañía de Silicon Valley vinculada al desarrollo High tech del mundo. Nunca me dijo su nombre, pero entendí que era una compañía que yo no conocía. Hacía algo así como data analytics. Odiaba hablar de su trabajo y odiaba trabajar en eso. En el fondo, odiaba hablar de su vida y me preguntaba por mi país, mis costumbres, etc. O buscaba temas neutrales, como algún lugar histórico (lugares de España, por ejemplo) o la historia del tango. Algo que vinculara el idioma español con sus diversas manifestaciones culturales a lo largo del mundo.

Así pude descubrir su gran pasión: la danza. De niña había querido ser una bailarina de ballet. Soñaba con ser una bailarina rusa, pero sus padres no la llevaron a estudiar danza clásica y su cuerpo no se parecía en nada a las esculturas de aire que eran las bailarinas de su imaginación. Sin embargo, la pasión persistía. Y mientras tanto, me contaba, para practicar el español, cosas de danza y bailes de Rusia y otros países. En medio de esos temas, su vida reapareció y me contó que en esa semana había decidido empezar ballet.

La clase siguiente me dijo que estaba muy contenta con su decisión. Tenía tanto orgullo que en apenas algunos meses más me mostró las fotos de su primera presentación a público, haciendo uso de la función compartir pantalla que tenía la aplicación que usábamos. Las medias rosas, el tutú magenta y los zapatos de color champán fueron colocados a la medida de sus sesenta años y de su cuerpo en proceso de soltura. Los labios pintados y la carne apretada no encajaban en lo más mínimo con el molde andrógino de las bailarinas clásicas. Sentí que por fin hablaba con la verdadera Anya y no dije nada al respecto.

Pasó el tiempo y de una clase a otra su cara cambió. Empezó a estar más suelta. Se movía más, hablaba con gestos. Su pelo aparecía cada vez más revuelto.

Por la diferencia horaria, nuestros encuentros sucedían a las 7 am de California. Un par de veces, tomó la clase en bata. Ya no se preocupaba por cuidar las formas. Había logrado mi objetivo: había derribado el muro que contenía su intimidad.

Entre las cosas que empezamos a charlar apareció el tema del amor. Y del amor a los amoríos apenas hubo dos o tres pasos.

—Estoy conociendo chicos —me dijo con una sonrisa adolescente.

Lo transgresor de la confesión estaba en que esos chicos eran mucho más jóvenes que ella. Tenían entre veinte y treinta años. Los conocía a través de aplicaciones de citas y sonreía cuando hablaba sobre los encuentros. Nunca me dio detalles claros, pero se sentía linda otra vez y su cara la delataba.

Volver a encontrarse con el mundo de las citas fáciles y rápidas provistas por las apps fue un gran paso para ella. Desde su último divorcio habían pasado cuatro o cinco años. Y en todo ese tiempo no había conocido a nadie más, me confesó con un eufemismo que confesaba que por cuatro o cinco años no había tenido sexo. Pensé en un cuerpo que no es tocado por nadie en ese lapso. Pensé en los días, en los momentos de intimidad, cuando iba al baño o cuando se vestía. ¿Qué imagen podría haberse hecho de sus genitales o de toda su piel cuando hacía tanto tiempo que nadie la tocaba?

El retorno a esa infancia perdida, donde no estudió danza clásica, le había despertado la nueva búsqueda sexual. Se la veía suelta y risueña, pero en el fondo de esa disposición en sus gestos y su voz, aparecía un ruidito raro. Casi como un silbido, algo que la excedía y sonaba de manera extraña.

Continuamos con las clases de conversación. Su español seguía mejorando y nos acercábamos a la posibilidad de que incorporara algunos tiempos verbales del subjuntivo en sus frases. Mientras hacíamos algunos ejercicios de gramática bastante aburridos y yo buscaba en la web las causas del uso de tales o cuales formas del castellano, hablábamos de temas neutrales y a veces de cosas de nuestras vidas. Comenzó a preguntarme más de mí. Cuando la conversación se empastaba o los ejercicios eran demasiado aburridos, leíamos algún texto en español acorde a su nivel.

Entre estos materiales, busqué información sobre el tango y empezó a tomar clases de tango al poco tiempo. La danza se expandía como su nueva vida. Me enseñó fotos y videos del espacio de bailes múltiples donde asistía. A la vez, ya podía comunicarse con los latinos que iban a esas clases.

La nueva alegría de su vida también expandió el campo de su intimidad. A veces tomaba las clases en su habitación y podía verse el desorden atrás suyo. Algunas veces incluso apareció en pijama semiacostada en la cama con el pelo revuelto.

La hija de la que más hablaba era la segunda, Nina. Me contó que de adolescente había sido muy brava, pero que ahora que tenía veintitantos años, ella misma le contaba a su hija cada uno de sus nuevos encuentros y que la joven le daba consejos sexuales. Se rió fuertemente cuando me confesó eso.

Nina vivía en otra ciudad. Estaba terminando su carrera de psicóloga o algo parecido. Cuando Anya me mostró una foto de ella, vio mi cara y se dio cuenta que me había parecido muy linda. Esa clase se cortó de manera abrupta.

Al año y meses de nuestras clases continuadas casi sin interrupciones, le dije que por un tiempo iba a dejar de enseñar español. Me había ganado la posibilidad de residir algunos meses en Roma con un proyecto literario y por fin podía dejar de dar clases online. Creo que se puso triste con la noticia.

Pasaron nueve meses y no supe más nada de ella. Nunca nos habíamos pasado información personal salvo los mails y números de teléfono, pero casi no hablábamos por ese medio salvo para cancelar o posponer alguna que otra clase.

Tuve que retomar la enseñanza online de español cuando necesité la plata. Le mandé un mail contándole que había vuelto a enseñar y que si quería volver a estudiar conmigo, yo estaría encantado. Tardó una o dos semanas en responderme. Convinimos un día y un horario para encontrarnos. Le envié el link para que se conectara y esperé a que llegara el día.

Cuando nos volvimos a ver, sentí que el monstruo finalmente había salido de su cueva. Tenía una remera vieja de color caqui, no estaba maquillada y su pelo estaba más revoltoso que nunca. La diferencia horaria había cambiado y ya no era tan temprano en su ciudad como en el período de clases anterior. Sin embargo, siempre parecía recién levantada, incluso cuando tomaba las clases ya no desde su habitación sino en lo que parecía ser la mesa de la cocina. En la pared atrás suyo, sobre la pintura descascarada, había dibujos hechos con lápices y fibras, también algunas palabras que no lograba discernir mientras intentaba hablarle y preguntarle cómo estaba, qué había sido de su vida y si había seguido estudiando español.

Su risa se había vuelto más compulsiva que nunca. Su castellano había quedado en el punto en el que lo dejamos: lograba comunicarse y hacerse entender, pero jamás hacía conjugaciones del subjuntivo. Lo primero que aclaró fue que ya no tenía dinero. Me contó que había renunciado a su trabajo y que hacía seis meses que estaba desempleada. Me preocupó que no me pagara, pero lo hizo apenas terminamos la clase. Compró un pack de cuatro horas, una por semana.

En los encuentros que siguieron la vi corriendo desbocada en una planicie amarilla por momentos y en un lago congelado por otros. Estaba quebrada entre su Rusia abandonada y la California que la había recibido. Me contó todo lo que había hecho y probado en el tiempo que pasamos sin vernos. Viajes sola, viajes con su grupo de danza, viajes con su hija, experimentación con drogas, asistencia al festival Burning man, orgías, etc. También me habló de su hijo más grande y de las permanentes peleas que tenían. Me dijo que ella le daba alojamiento en su casa y que él tenía que pagar los gastos.

Una clase me conecté y esperé su aparición al otro lado de la pantalla. Esperé quince minutos. Nunca se había demorado tanto tiempo sin avisarme previamente. ¿Me pagó las clases?, me pregunté intuyendo que ya no volvería a verla.

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