Cinco poemas de David Aránguiz
I
Entonces gota a gota te irás diluyendo,
soltarás nombres clavados en tu pecho,
trigales cincelados en tus ojos.
Gota a gota irás disipando potreros y hospitales,
sombras de tu casa y tu lecho.
Atravesada de líquenes, las hojas del castaño te mirarán
sembrada de nubes en la desunión de tus padres,
cráter donde hierve tu quebrada primavera.
Cerrarán sus visiones las verdades susurradas en tu oído
y no contarán más la fábula que se incendia en tu cuerpo huérfano.
Sobre la mesa del sol girarán sus oscuras estrellas,
el doble rostro de las cosas, la existencia revuelta en polvo.
Oculta como el cangrejo se abrirán tus recuerdos,
ruedas de la fortuna entre cielos del verano,
atardeceres donde dejaste el crucero solitario,
hasta brotar el mar donde cada hijo sumerge sus ojos,
las caras de los minerales aullando sus memorias,
refugio de cenizas, sueño de hueso.
II
Cuatro días grises
heredan las ortigas suspendidas.
Cantan por insuficiente
los cantos de Chernóbil
las Hiroshimas insuficientes.
La costilla que perdiste en la guerra, Margaret,
los Celanes, los nuevos borrachos,
los tribunales sin garantías.
Ahí van los feligreses que nunca oyeron la caravana de la muerte,
los ausentes cementerios indígenas, las raídas pupilas.
Los anillos que le robaste a los muertos,
los campos de amapolas, las monjas francesas,
los sombreros industriales y las porcelanas,
tu East India Company, tus señoritas de Avignon.
III
Pecho cerrado
sangre mercuria
coral áureo
y nido vacío:
celestial estrecho
uniendo lo desunido.
Y él con qué gozo la lame
con qué frenesí la aspira.
Mira por el microscopio
su enjambre abierto
su resonancia magnética
la miel de su vertebra.
Los ojos que ella le tomó
vuelan por pasajes numéricos
y escuelas de fútbol vacías.
La noviera no viene
dejó su camisa verde
en el viejo regador,
la tierra pecera,
el cerebro meduseo.
Dejó su tallo en un mar aéreo,
sobreexpuestas sus memorias
en el desierto geoglifo.
Contempló la luna en el farellón costero
cargando amiantos con te amos sin crepuscular.
IV
Ronquido de borracho
sol en la medianera
lavadora revuelta.
Dos gatas atornilladas
en la frente granada
días sin compañía.
Entre haces de luz
vuela el polvo,
sobre los peldaños
caen ramas partidas.
Despeño de sueños
trofeos olvidados
máscaras en los muros:
un incendio al que le faltan ganas
las zapatillas en los cables tendidas.
V
Esta noche, manto deshecho de días,
creo haber visto el cielo entre tus piernas
o, al menos, entendí la expresión,
las libaciones que me diste como a un dios
que doblaba los pétalos de la muerte.
Como en un rapto de vasija ática
se abrieron en mí cuadros rojos
repitiéndose en un horizonte infinito,
un costado de mi alma animal,
templo escarlata, puente tal vez.