Poesía

Dos poemas de Tarascón

Emiliana Pereira

El hombre triunfal

Un hombre pone un pie y dice aquí, rompe todo y no le importa. Un hombre pisa y dice hombre. Hola hombre. Y la mujer se escabulle como un dedo. —Sale dedo —dice él. Y la mujer avanza, se mueve y se revuelca en la tierra. El hombre se sacude y dice: —Sale tierra. Y la mujer, ahora bicho, se pregunta cómo: cómo un hombre es, cómo son tan tontos, y le cuenta a sus amigas y le cuenta a sus amigos y todos dicen cómo; le cuenta incluso al hombre sin decir quién es el hombre y el hombre dice cómo. Sin embargo, el cinismo es propio de. El hombre piensa que nunca nadie sabrá el nivel de su maldad, va triunfal por los pasillos del supermercado y compra, también triunfal hace la fila del cajero y retira quince mil pesos, compra una caja de condones y a la salida, triunfal, salva a una mujer con una guagua en brazos de ser atropellada por un taxi; eso es lo que él piensa. Espera el metro y triunfal lo toma en sentido correcto. El hombre triunfal llega y prende el televisor para ver vía streaming su canal de deportes favorito, o reproduce su vinilo favorito de música favorita, o lee a su (amigo y) autor coetáneo favorito y subraya triunfal las partes en las que aparece el personaje que, probablemente, sea él. Triunfal piensa en fumar y triunfal apacigua su deseo, triunfal en su casa organiza un asado: imagina el momento en que se saluda con sus (amigos y) socios; golpes de manos, sobadas de espaldas, abrazos estrujados y fuertes, besos en las mejillas, el escozor de las barbas, sacudidas de cabeza. Triunfal se mira al espejo y entra el estómago, el hombre está triunfalmente conforme. Mientras la mujer, pequeño bicho, transita y se encuentra con obstáculos: un cerro repleto de barro y espinas. Logra en un par de días cruzarlo, descansa y se disculpa por la demora. Luego una tormenta en medio de la selva cruzada por un río y lo cruza, demora unas semanas y avanza ¡tan lento!, hasta que llega a un nido oscuro con depredadores serpenteando y gritando sus nombres. Ella transita silenciosa ese pequeño problema. El hombre triunfal, pies descubiertos sobre la mesa de centro, come cucharadas de fruta, se sacude, se queja, se enoja, grande, inmenso el hombre.

Fractura

No me parece tan claro que podamos reproducirnos porque ya tú tienes las cosas que tienes y yo no tengo las cosas que no quiero. Una pelota cae y rebota de la mano de un niño, lo miro y pienso por qué no tomar a quien ya fue tomado por ti. En eso pierdo el aire. Pelo corto, audacia, el niño parece una pequeña ardilla. Cuánto es capaz de sonreír mientras mira a su mamá; le dice cuánto la ama y la abraza. La imagen es bonita, me quedo bajo la tierra mirando sus ojos, sus brazos conectando y quisiera yo algunas cosas que sin claridad intento. Un niño de tamaño pertinente a su edad le grita a otro niño que corran, es lindo verlos de las manos —se dicen te amo—. Me contaste un secreto, el secreto que ocurre entre dos niños cuando juegan a saltar de un árbol, un secreto que comienza en la boca de ellos y termina en la boca tuya. Él te ama, confía y te dice que siente amor, que siente amor por las cosas, por amigos, por planetas, por millones de números que lo rodean. Nos presentamos y le gusta mi apodo, Milimillones dirá y será nuestro primer juego. Tengo ansiedad de saber qué nos espera, sin embargo nada. Yo destruyo, me dijo hace tiempo otra persona que buscó amor, cariño, amistad y luego me dijo no; se fue porque alguien le dio cosas que yo quise y no pude, cosas que nunca me pidió, y vuelve mi ojo al niño y lo imagino reptando conmigo a su lado. Las manos pequeñas son graciosas, quisiera quebrarlas al igual que las costillas, y por eso luego pienso que no, para qué, y bajo tierra los miro a ti y a él. Él te mira como si no hubiese nada más que mirar en el mundo, dice que algo le duele por la mera excusa de tenerte más cerca y pienso: tuve manos, frente sobre mí, tuve piernas firmes en las que apoyé mi cabeza y pedí ayuda. Nada llegó. Alguien me dijo que nunca tuvo a nadie, que incluso a mí no me tuvo. Y luego la sensación de que sí, sí estuve ahí, e igual dijo no. Yo busqué tantas piernas donde apoyar mi cabeza que ni siquiera estaba dentro y después, en medio del tumulto, remolinos en mis manos, llegó quien muchos años antes me volvió loca; digo loca como quien dice marcianos. Loca enanos, loca planetas, telepatía, y dije sí. Le dije sí en ese momento y le dije sí también ahora, cuando llegó a pedir perdón. Decidió dejarme para dejarse sola, dejarse de mí. Tomamos un café y me pidió también dinero prestado. Hace un tiempo tuve un viaje duro en que un balde del allá se metió en mí, un balde de piedras, no de agua, piedra tras piedra que no pude frenar, vino también otra que era insecto y era un poro, y era también un codo. Qué lamentable es vernos porque no puedo dejar de verte. Hoy me han preguntado si viniera alguien a conceder el deseo de morir o seguir con vida, qué diría yo, me parece obvio que lo primero pero pienso en ti, apoyadas en un balcón en medio de una fiesta, de esas bailables que nos cargan y nos llevan a la terraza: fumar y hablar hablar hablar, tantas letras juntas, para qué tantas, digo, cómo tanto, hablamos de la muerte y yo te digo que sí enseguida mientras miramos los veinte pisos que hay debajo, tú dices que siempre viva, que cada día celebras, con mate o con café, a veces de noche con vino o con cervezas dices sí, un día más, y reviso mi lista de pendientes —es bastante corta, pienso—. Ya miré un insecto y lo hice sufrir de formas lentas, mentí todo lo que pude y rompí mi cuerpo, mordí un montón de frutas que me parecían fascinantes aunque ninguno de sus sabores me gustara y también lloré de ira al ver cosas desproporcionadas, enormemente desproporcionadas. Insisto: la lista es corta, a, b, c, o uno, dos, tres o cordero, alfalfa, riñón o sistema, ojo, vértebra. Un yogurt reventado en el bolso, lápices sucios, cuadernos destruidos. Un niño llega a clases y patean su mochila, el termo se quiebra y los porotos se desperdigan dejando estragos. Un niño es un niño hasta que la ira, el miedo, lo hacen madurar de golpe, puede matar o puede ser una buena persona aunque quién dice que matar no es también ser bueno. Yo lo miro y digo el niño ese es bueno, el que cuenta hasta mil quinientos millones y habla de estrellas, ese niño mira y yo sé que somos personas lejanas capaces de abrazo y le tiendo el mío, el espacio del brazo que da abrazo y se aleja, por qué tendría que confiarnos, él en mí y yo en él. Un hijo llega sin querer como una bomba, lo miro y lo imagino un poco lejos para que tengamos más tiempo las dos, pero no me desagrada, al contrario, sus pies en medio de la cama tocando los míos, te busco bajo las mantas, te ríes, crees que no te encuentro y de verdad no te encuentro, corro sábana tras sábana, cómo una cama puede esconder tantas cosas, saltan calcetines viejos, asoma una gallina tras otra, en qué momento metimos tantas gallinas, un río de sangre cruza la cama y parece que es mía, un pliegue lejano tiene tu olor, voy para allá, espérame, tenemos una conexión especial y son mentiras, una frazada se cruza, porosa entera, tienen toda la historia de mi familia para contarla pero oídos sordos, tu olor ya dejó de ser a leche, hueles a carne, me llega un cojinazo y no entiendo por qué, miro atrás y está ahí, la locura de hace años, balbucea —perdón— mientras los dientes se le caen. Mi abuela decía soñar con una cueva negra: era el símbolo de la muerte venidera y es raro porque a veces voy de viaje pensando en ella, en llevarle un regalo y después recuerdo que está muerta, mi abuela digo, la que está muerta es ella, lo digo por aclarar porque a veces no parezco ser clara aunque sí, mi abuela sí, es ella, pienso en sus huesos tan pequeños como los de ese niño, todos podemos quebrarnos pero el tema es que yo podría quebrarlos a ustedes, me refiero a ellos, podría quebrarlos y hacer click, qué rico pienso, una piedra se asoma en medio del colchón, como si una roca acaso naciera y dijera hola, yo digo ola y me río porque no me parecería raro una marejada y te busco, pierdo el rastro porque no eres mío ni aunque quisiese, qué raro es dejar de hablar de amor. Para hablar de ti, ¿quién eres?, no nos conocemos además de mi cara pegada al vidrio viéndote posado en sus piernas, quisiera que los dos me acariciaran, que tuviéramos una vida en común pero al instante quisiera morirme y sí, cómo que no, y te imagino aferrado a mi tobillo pidiendo que me quede, contando veinte mil billones, las cosas grandes son imperceptibles, qué curioso, porque a mí, a mi pecho, solo le queda llorar, y soy yo quien se esconde en la cama, es un trabalenguas de pieles y texturas: qué rico aquí, quedarme aquí y botar baba, babosas salen de mi boca e imagino que esperabas caracoles o cangrejos y yo fui y decidí babosas, qué común, piensas, ¿o no?, ¿no piensas que es común? Común por baba y babosa, babababosa en vez de baba escarabajo y pasa que lo que quiero decir es que es una cosa, tonta y ya, que babea como los labios babean cuando dicen baba, aunque también es seco, digo baba porque sé cómo tu boca dice baba y babosa, sé cómo una boca dice baba y eso es lo que quiero, si quisiera cangrejo la boca sería distinta, más segura, sabría dónde comienza y termina y yo quiero el bababobababobabebabobibibabobeoeoaoea, una palabra interminable en un orden cualquiera y que tus labios babeen. Ovillo de pieles, perdida en un chamanto que no sé de dónde salió, tu cabeza no la encuentro y pienso que quizá soy yo, pero no, claro que no porque qué sueño me daría estar perdida, en cambio tengo angustia. Un brazo es fracturado a propósito en algún lado, yo ya fui esa del ovillo, y ahora aunque siga ya estoy lejos, pegada a ese brazo fracturado y le digo perdón, ¿por qué perdón?, pregúntame y digo porque sí, ese brazo es un recuerdo, el recuerdo de una certeza en la que decidí patear con fuerza el arco de una cancha de fútbol y el travesaño oxidado cayó en ti, en ti me refiero a un hombre, aclaro porque siempre hablo de ti y en este caso no eres tú, un hombre irrelevante a quien amé, una barba frondosa y una risa como un nido en el que hubiese puesto yo tantos huevos, pasábamos el tiempo riéndonos de ti y era lindo verte con tanta gracia sortear mis bromas, luego un colchón en el piso y nada más, pobreza y amor infinito, eras tan blanco y tan delgado, tenía celos de tus piernas, hermosas como las de una mujer y los pliegues de las axilas divertidas y cálidas como tú, nos dimos unos besos raros, tiramos un montón de veces pero siempre angustia aunque de verdad quise amarte, te creí un padre con varios niños, míos o no pero sí en nuestra casa, una casa repleta de colchones en el piso, pellizcos de carne que te gritaban papá y tú siempre alegre, qué locura fue la de dejarnos, pasa el tiempo y se me olvida por qué, jaja pienso y bueno, la piel terminó por caérseme como escamas y es divertido pensar que nos dejamos ir. Una moneda pactó la reunión que confirmaba quiénes podríamos llegar a ser, pero no fuimos, nadie apareció porque tú llegaste y yo no y no fue por olvido, estuve tirada en el pasto a cien metros de allí, no podía lidiar con la idea de llegar y no verte y dije chao. Hoy no sé quién eres ni tú sabes quién soy, qué raro que nunca nos encontremos pero siempre me topo con tu hermana y me cuenta lo bien que estás sin mí, le digo también lo bien que estoy sin ti, y es cierto, somos personas felices que se aman de lejos de forma feliz, ¿piensas algo de mí? Yo creo que somos una especie de torbellino divertido, algo así como una caricatura que cuenta una y otra vez la misma historia, jaja y ya. Un brazo fracturado y un ovillo en una cama, sí o sí aquí debiese aparecer una especie de cucaracha a decirme que hay plaga. Pero mientras tanto en una pajarera de algún país que nos fue colonizando estoy acostada junto con otras tantas personas que no pueden pagar un alquiler, alquiler o arriendo aunque allá le dicen alquiler, y dicen también piso, y dicen también y tal, y dicen también cosas en otros idiomas. Decimos cosas mientras que un hijo en la última esquina de la pajarera de mi cabeza está sentado esperando que me acerque para rechazarme. Quizá no te quiero, no te quiero a ti pedazo chico porque espero siempre que me rechaces y siempre me rechazas. Tantas letras pactaron tantas cosas, cosas como la vida del futuro, podría completar abecedarios con cada una de esas letras. En la esquina de tu cabeza estuve yo y nunca pusiste una pierna para apoyar mi dolor y quererte.

Esta prosa poética integra Tarascón publicado por Ediciones Overol (2025)

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