Poesía

Lenticular

Samuel Espíndola

Los gusanos, larvas, tenias recién secándose el formol, rígidas, articuladas, voraces y ciegas, que aparecen detrás del cuadro, crecían también sin llegar a verse bajo cada tele cuando pasaban las noticias de otro caso de piroquinesis. Pero si la radio era un insecto para Maya Deren, porque viaja y se mete en el oído de quien la enciende —imagen que es su propia refutación, porque qué escucha alguien con una polilla o tábanos merodeándole el oído interno— qué insecto sería la tele, si lo dejamos entrar en nuestra retina, en el espacio líquido y vacante que antes ocupaba el fuego como ensoñación? En cuántas casas de Chile habrá una copia del cuadro del niño que llora y qué efecto devastador tendrá la mera reproducción de su llanto en las pantallas?

Sin duda allí la maldición se había extendido a deformaciones hereditarias, como las mujeres embarazadas que durante una erupción volcánica dan a luz niños sin pelo, de piel transparente, víctimas de osificaciones de órganos vitales, pies torcidos como imbunches, súbita adquisición de lenguas muertas, extremidades extra, desviaciones sexuales, excesiva producción de fluidos corporales y una sensibilidad inusitada para la temperatura en el paladar y la lengua.

El oído de ceniza es el pensamiento de lo que suena cuando las cosas están demasiado cerca, si dejara de funcionar como mero órgano de registro, como quería Artaud: lo que de puro polvo y paciencia y neutralidad, no recibe ya nada —no hay acá, entonces, pasividad alguna— sólo puede ser entendido como emisor, fuente que irradia su mortecina presencia

pudriéndose hasta la petrificación
la oreja inflama le mecha de sus cirios
remarca la condición de círculo
que la protege

las cintas crepitan sin grabar nada:
el hormigueo de los instrumentos
crisol de invertebrados

Estaba en la pieza a oscuras, esperando que entrara otro insecto en la noche de las criaturas, el columpio vacío que colgaba inmóvil, a la hora convenido por ellos, cuando se dejaba oír, en un vaivén íntimo, el ciempiés y los ácaros, sus diferentes esquemas para ubicarse entre el barro de las cosas, no se alarmaban por los objetos llenándose de hongos, ni por la seda curiosa que les saliera al paso, el chirrido lejano de unos trapecios y columpios, el llamado de a la solidaridad más natural con las termitas, el aserrín húmedo de sus bocas cansadas doblega cadenas de lignina, en la baba que sobrepuebla el patio, su único registro la forma en que renuevan sus votos con el polvo, las tejas rotas, las raíces, rescoldo del tiempo, su rumor de fósforo.

Que todas las cosas exudan su propia baba y en sus delicadezas nadamos, tramas que boquean, filtran, hilvanan viscosidades, acercando a sus puntos de apertura las concavidades, las irrigan y cuidan de pulir allí donde la estela plateada de los caracoles guía a otros seres hacia la base del nervio óptico, haciéndole cosquillas, su sépalo de caliza turbia pero suave al tacto.

Debe ser porque el mar tiene ese olor a refugio nutricio, a yodo, herrumbre, cochayuyos, plumas mojadas, madera podrida, que quienes bautizaron al lepisma como silverfish, pensaron en un pez, porque sin duda hay otra cosas plateadas, también por sus movimientos rápidos y cierto parecido superficial, que mi miopía siempre acentúa cuando camino sin lentes por las noches, cuando comulgo con ellos por ese gusto por la costra triturada de esa indecente proximidad con la materia, cuando los miro comiendo queratina en polvo, esa curiosidad infinita que sentimos a veces por el recoveco de mugre en los baños de nuestros amantes, las ganas de comerte el párpado y la albúmina en el centro vacío y triturado de tu nínfula.

La secreta conexión de la teoría de los gusanos con la boca del pez que se ve en el niño de Amadio, me demoré demasiado en darme cuenta, es que los gusanos podrían ser tebos. Aunque se puede conjeturar algún propietario afortunado de una copia fallida del cuadro, los llamados íconos inocuos, habría sobrevivido sin incendios ni desgracias, pienso si habrá casos de pescadores, sobre todo de aquellos no profesionales, como el primer marido de mi tía que murió ahogado, que llevando esos gusanos abyectos en su bote habrán sido arrastrados a estados de contemplación e infinita pena. Me pregunto si en los kioskos de lata donde se venden cerca de los camping, los vendedores de tebos habrán sentido alguna diferencia en su mercadería y quizás pensando que estaban apestados, los tiró al lago. Quizás fuera eso lo secó el lago Rapel, quizás cuando termine de secarse aparezcan junto con las casas, los botes, los huesos, los tarros de duraznos en conserva, las botellas de chicha, una historia de nuestra infancia contado con tarros de carnada para pescar carpas en un barro tristísimo.

Estoy en la playa de Coney Island en invierno. De pronto no se escucha ni un ruido, ni el metal de los juegos, ni el mar, ni las gaviotas, ni la grasa quemándose en las cocinas, ni la boa muriéndose de frío porque alguien la olvidó en el cemento y tal vez esa sea su salvación. Me acerco y toco el agua infinitamente quieta, un caldo primordial, áspero, sin olas. La playa no era ya de arena clara, si no negra, me caía de pronto la evidencia de que las faldas de un volcán activo y lejanísimo nos llegaban ahí y que las dunas glaciares eran las que enfriaban todo a su paso. La rueda de la fortuna, las vigas de madera del Cyclone y un Tagadá idéntico al del Quisco pero morado y carmesí, vibraban con un silencio de sal, alarido de pernos sosteniendo la pausa. Un pelícano en pleno vuelo abría la boca, dejaba ver en su saco un festín improbable, campos de trigo y alcayotas trepándosele por el cogote, una higuera teñida de azul como la carne de los arándanos pero con venas rojas de rábano y ruibarbo fresco. Todo estaba frío excepto la arena negra, pero no, no era el volcán, ese también estaba congelado. En medio de la playa te habías hecho un féretro de acrílico que se asomaba apenas lo suficiente para dejar ver tu hombro izquierdo, así que no podía ver cómo en esa quietud te las arreglabas para dar tres golpes por dentro y yo, no sé cómo tampoco, te abría la puerta.

Pero si los gusanos son carnada que sale del pez en el cuadro, comerse al niño sería la única forma de librarse del canibalismo de la imagen, que no es sino otra forma de reafirmar el modo condicional de la superstición pero que habría que intentar liberar de su idea de evitar un mal, no por una búsqueda del peligro, más bien porque esa precauciones, si haces esto te irá mal, si comes esto tu familia enfermará gravemente, si entras ahí quedarás estéril, si usas tal color serás desgraciada, terminan siendo prohibiciones que hacen recaer el peso de los desastres en quienes los padecen, pero podría haber un condicional incompleto como quien dice si te pones una salamandra fucsia de piedra en el bolsillo izquierdo, si juegas con las gotitas de mercurio en el sentido de las agujas del reloj, si amaneciera un minero un día libre de su intoxicación por cobalto y plomo, si la bolita adentro de la tetera dejara de emitir sonidos, pero siguiera evitando el exceso de sarro, si el relave de almíbar en las cosas más amargas supiera a metal

Hay una piedra llamada aspilates
que Demócrito dice se encontraba en los nidos
de ciertos pájaros de Arabia
y que protegían al portador
de cualquier daño por fuego

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