Poesía

Quisiera flores blancas sobre mis brazos

Joaquín Jiménez

Quisiera flores blancas sobre mis brazos
y aves en el torso
el rumor que cae
de esa fuente de agua
vuelta rocío
al amanecer de los pastos.

Deseo encontrar la palma
de ese cachorro
a punto de morir
y que alguna vez tomé entre mis manos
mientras su corazón
se escondía
como un niño tras la hierba.

Miré sus ojos y no encontré
nada salvo mi rostro
parecido al espejo
de un animal
sumergido.

Siempre llega la mañana en la que un niño
deja de serlo, dice mi madre
y su edad alcanza una mano invisible
que lo empuja

a un páramo roto.

Los niños crecen por la noche, justo antes
de que las vacas comiencen a dormir
cuando el espino comienza a latir
desde el tronco o su estómago
y los caballos se mueven
por las imágenes de sus sueños.

Entonces pensé en una catedral
salpicada sobre el desierto
y desde fuera podía escuchar
el llanto del cachorro
que tomé entre mis brazos
cuando apenas salió del vientre.
Sus paredes son blancas
como el cráneo que encontré
sobre la tierra
tras un día de lluvia

cuando el agua
  se derramó
como agua bendita
y la materia
regresó
 a su estado líquido.

La catedral es una roca en el desierto
y sus paredes tienen la piel
de un hueso

pero si abro la puerta
  sé que no encontraré nada
  salvo la voz
  de ese cachorro

o quizás la mano de mi madre
acariciando la materia
de mis sueños.

Si los niños crecen por la noche
entonces hay otros
que vuelven a ser niños
con el alba
pienso justo después de entrar
a esta catedral.

Si arrancara al niño de mí
no podría escuchar
el canto de un ave
que rebota

sobre la fuente.

Ni tampoco podría pensar
en si acaso algo tan grande
puede trasladarse
a un sonido
o un canto.

Si me arrodillo lo suficiente
podré quizás encontrar
la forma que alguna vez tuve
podré tocar la piel
de las cosas que amé
y que se han apartado
como quien
se desgaja
de un cuerpo.

La tierra gime, pero nadie la escucha
dice mi madre
cuando el silencio es aún más evidente
y la casa aparta
su murmullo.

Y entonces la noche
se arroja a mis sueños
y en ellos puedo ver
una catedral enterrada sobre el desierto
y el esqueleto de un animal
que sostuve
entre mis brazos.

Como estar dentro del pecho de un ave
que alcanza el límite de su altura

así respiro
al interior de la catedral
polvareda
ocaso y viento.

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