Terrones en el cráneo
En el mismo lugar estoy, el mismo:
en la terraza de madera coja
sobre el mar y los güiros encallados;
todo es igual, revive en la memoria.
Y, sin embargo, ya no soy quien era:
me pesa el cuerpo, el espinazo añejo,
e incluso la mirada se descentra
al flotar sobre los objetos quietos.
La misma piedra, el árbol, casi intactos,
en tiempo inmóvil mientras me desgrano,
repitiéndome gris en el espacio:
quieto en mí mismo, pero siempre cambio
frente a un mar que no para de estallar,
que revuelve incesante el arenal.
*
Y si no soy lo que pensaba ser:
cuanto me siento cada vez que pienso
o que me observo en el espejo hueco
y me busco en los ojos al revés.
Y si dentro de mí yace otro yo,
agazapado en la memoria densa
como el agua se oculta en las arenas
de su ardiente pasión en pos del sol.
Y si no soy ni lo que imaginaba,
ni un pelo de la cola, ni una lágrima,
perdido en la conciencia de mí mismo.
Si me encuentro de pronto ante el abismo,
si me veo de cuerpo entero y huero,
si me descubro ausente en el espejo.
*
Qué sentido tendrá lo que he aprendido
en esta vida a bordo de mí mismo
que encausa sin descanso su destino
en las negras corrientes del olvido,
allí donde extraviamos nuestro sino
en cada roja gota, cada ciclo,
ignorando el instante que, en racimos,
se despoja la vida de sentidos.
¿Por qué tanto nos urge desvivirnos
para conocer el mundo y su rodillo
si habremos de partir en un suspiro?
Es la conciencia de lo compartido,
una gota entre miles de fluidos
que se atraen en lo común fundido.
*
Cada día más libre de mí mismo
y cada día más pesado andar:
el tiempo escribe su poema tibio
en mi piel de durazno y almendral.
Me libero del peso, me comprimo
en la raíz que empino vertebral
y me nievo, me mancho en estos glifos
donde leo los años que vendrán.
Los terrones florecen en mi cráneo,
velludas selvas, hongos o verrugas,
lunares y tumores en llanura;
me descifro en el dédalo cutáneo
que lleva inscrito el germen del final,
la huerta y el gusano: libertad.