Poesía

Tres poemas de Ignacio Mardones

Ignacio Mardones

El arco

Hablar de
hechos ficticios
sobre estos escalones irreales. Dos
peldaños forman un banco de mármol.
Me recuesto en él, o casi. Escucho
ecos. La herramienta para soldar
vibra y fulge.
Descubro la ternura explícita
hacia una institución, hacia una
bolsa con asas; qué tan lejos me llevan
y si hay o no un límite para todo.
Aquí amo los árboles flacos que se
encorvan hacia mí
como percusionistas
en su balanceo. Efecto de gracia,
ceguera y purpurina.

La rotonda

I

Miserias,
privaciones de una época. Ya no,
incluso con los
brazos de mi suéter atados.     Fue en 1647.

Nos
levantan. Éramos.
Hoy se trata de las burbujas
dentro de mi botella:
perlas libres de gravedad.

II

Osmán Pérez Freire: el busto de la rotonda
(eje de las mañanas,
nunca atendido). Del calor de su núcleo
somos intermediarios; el escepticismo lo lavo de mí
como se lava ropa
entre dos piedras.

III

Umbra, me explican.
La parte más oscura de la sombra.

El ceño. La cima de cualquiera de nosotros.

        Donde
la sequía se detiene,
donde si hubiera pensamiento veríamos crecer
la ceja de paja.

Mi familia sentada en la alfombra

Esta fotografía con fecha de 1997
es un objeto plano, una montaña vieja.

Me han dicho que las montañas jóvenes
son altas;
las antiguas, bajas.

Como sea, los campesinos aran colinas
de todas las edades,

sin embargo las antiguas desaparecen primero
(a modo de accidentes
en la visión).

Un campesino pide: «Luz de mi vida,
el desgaste viene,
dame amplitud en el pensamiento,

lógica en la manera de sembrar. O me sumaré
a la Metropolitana».

Yo anuncio un viaje a Illapel
para el aniversario de la foto;
mi familia permanecerá sentada en la alfombra.

Voy y regreso. Me reencuentro
con mi hermana: su pelo se le desprende.

«Luz de mi vida,
este informe cabe en una página,
es un corral donde el ganado se acuesta».

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