Poesía

Tres poemas de Pantano

Valentina Fernández

Entre los pinos

He mirado a estos fantasmas cojos,
taciturnos o con golpes o citrinos.
Las acuarelas envuelven
fósiles del verano, una noche.
La luna menguó y las piezas de sal
estallaron; fue tu juego de cartas,
         salir de fiesta
y tu arrastre se transformó
en mirada lasciva, en una taza marcada
         con leche en el fondo.
Las grietas: bacterias
el resto, un dado
un signo, una promesa:
los detalles de nuestro arribismo no se dejarán ver.
         Nos hidratamos con vinagre de manzana
         para aclarar el vapor entre las gárgaras
         y decirles
         hola
         a los nuevos caminantes,
una reverencia
mirar sus venas martilladas
del color que esperamos:
tartrazina
tratamiento de conducto, arterial.
No resuelve el cobre
ni encasilla la muñeca
de un familiar perdido
en nuestros dolores dominicales.

Sin interrupciones en las crisis, sin
desgastarse en enumerar,
hay impedimentos
y súplicas de residencia:
el pino endulza mi cuerpo
el iris blanco me embellece.
Apostaste en campos de otoño.
Yo seguí mi camino entre bueyes
y pinos, entre hierba fresca y
maleza, entre calendarios
de patos y gansos.

Luego,
de esa masa sin leudar
saca tus propias conclusiones.
Mira lo que has hecho,
         tus manos enlodadas
         muestran el camino.
Huele el aire, es el olor del pino blanco.

Carmen

Son varias cármenes las que se sientan cerca de mí
entre música ruidosa y comida de caballos,
el transporte frecuenta menos durante el fin de semana.
Mi ropa es sintética y transpiro:
barro el cadáver de un chanchito de tierra.
Un gusano se camufla en mis raíces y
los caballos relinchan al unísono.
El zapateo de las botas me cobija los talones,
los ojos al descubierto por debajo del echarpe
son vientos que perfilan el teorema.
Mis intenciones, un trago de agua.
El empecinamiento en criticar los grafitis del camino
y este sol: una comisaría que me abriga.

*

Cuando se planea ir en la misma dirección
cuando dios y la imaginación acuerdan
medidas rimbombantes, dentro de la calle,
tienes treinta y tres, o dieciséis.
En las pesadillas también hay belleza,
te transportas al verano
con matas de ortiga con azotes de llantén
autos que no nos dejan caminar tranquilas
nos avasallan, en un nado sincronizado
ya no pienso en dar
aunque las esquinas de los dedos
se despellejen, es otra vez
la misma historia.

Rechinamos los dientes,
el halo del sudor se paralizó
entre la fricción de tu piel pálida y
una voz aguda, el opiáceo es dulce:
el sabor del tranque.

Retrocedí,
las imágenes bajaron su velocidad
aromos florecidos en mayo
almendros en octubre
árboles, señuelos en nuestros mapas
visionados en los colores de nuestras mentes.
Movimientos sin juicios estéticos
un gris azulado nos dirigió hacia el mar
una vez más, después de los gritos, de los accidentes
mis manos tiemblan sobre arrebatos.
Paisajes destruidos, lo que imaginé
era tierra, hoy es barro
y mis zapatos se estancan
en centelleos, en cuestiones químicas.

No sé qué es la pólvora,
pero exploté y dejé marcas,
rasguños en pieles irritadas
y tus pulmones heridos
después de la cellisca, ya no hay camino
hacia la panacea, vuelvo
al mismo lugar, donde rara vez
         se pasa bien
donde el plástico de las bolsas y
el sabor a metal nos permiten
respirar aire carbonizado, sentir
el roce que devino en escamas
de la imagen de un cochayuyo:
no es un fractal, o una visión
         es un pantano.

Los ecos viajaron. Y aunque aún
espero el martillazo,
te veo como un chicle de menta.
En nuestro eterno colegio,
mis cartas fueron triviales.
Los fenómenos etílicos nos obligaban
a pasar las rabias en conjunto, mientras
en esas pesadillas
nos sacaban de contexto,
las raíces se abrazaron y
tus cosquillas
fueron mi recreo.

***

Estos poemas componen el primer poemario de Valentina Fernández, Pantano, publicado por Editorial Aparte (2025).

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