A propósito de Al sur del invierno está la nieve de Sebastián Vidal Campos
Si la poesía de Rolando Cárdenas tuviera un registro audiovisual, este seguramente sería Al Sur del Invierno está la Nieve, documental chileno dirigido por Sebastián Vidal Campos y producido por Cine Lárico y Trino Films. Reconocido como Mejor Largometraje en el Festival de Cine de Ñuble 2026, Mejor Película en el Santiago Festival Internacional de Cine (SANFIC) 2025 y Mejor Largometraje Internacional en el Festival de Cine del Biobío 2025, consolidándose como una de las obras documentales más relevantes del cine chileno actual.
El documental nos transporta al sur más extremo del mundo, la Patagonia chilena, donde bagualeros, puesteros, ganaderos, arrieros y sus familias conviven en un territorio de belleza hostil, marcado por el frío, la soledad y una naturaleza implacable. Más que un registro etnográfico, la película propone una experiencia sensorial y poética que observa el paisaje y a quienes lo habitan desde el respeto por sus tiempos y silencios.
"Más al sur del invierno está la nieve que se repite siempre inagotable y sola", escribió Rolando Cárdenas en En el invierno de la provincia (1963). Ese verso funciona como eje poético del film. La película recorre la árida Patagonia, sus animales y sus silencios, hasta finalmente llegar al invierno, al territorio enunciado de la nieve. Ese tránsito —de la sequedad al hielo, de la palabra al mutismo— constituye el corazón de la obra y una reflexión sobre aquello que persiste cuando todo parece detenerse.
La relación entre poesía y territorio fue fundamental en el proceso creativo. Para el director Sebastián Vidal Campos, sus primeros viajes a Magallanes marcaron una forma particular de vincularse con el paisaje, profundamente influida por la poesía de Rolando Cárdenas y por la literatura magallánica en general, independientemente de estilos o épocas. Autores como Aristóteles España, Natascha Oyarzún, William H. Greenwood, Hugo Vera Miranda, Christian Formoso, Enrique Wegmann y Manuel Andrade dialogan de manera silenciosa con las imágenes de la película y modelan una mirada que entiende el territorio como una experiencia cultural, histórica y afectiva.
Desde la fotografía, Aurora Rojas Briceño aporta una sensibilidad literaria complementaria, influida por la poesía de Gabriela Mistral, cuya relación con la naturaleza, lo rural y la pérdida se filtra en la forma de observar los cuerpos, los animales y los espacios abiertos del sur.
La cámara se detiene en gestos mínimos y en animales humildes y prosaicos —ovejas, caballos, perros— que comparten el mismo ritmo lento y obstinado del paisaje. La palabra escrita irrumpe en pantalla a través de fragmentos de la obra de Rolando Cárdenas y relatos de memoria oral de los habitantes, reforzando la importancia del uso de subtítulos como un gesto de escucha atenta y de acceso a capas profundas del relato. La relación entre palabra e imagen es central: los textos no ilustran lo que se ve, sino que abren una narración paralela que el espectador completa desde su propia experiencia.
En lo formal, la película se construye principalmente a partir de planos fijos, una decisión que responde al deseo de respetar los tiempos del lugar. Esta quietud permite una relación más orgánica con el espacio, facilita el manejo de los tiempos de grabación y posibilita que la cámara "desaparezca" frente a personas y animales. La propuesta dialoga con referentes como Raymond Depardon, Victor Kossakovsky, Sergei Loznitsa, el cine de Abbas Kiarostami y, en Chile, José Luis Torres Leiva, evocando también la austeridad visual y el respeto por el silencio presentes en Surire de Bettina Perut e Iván Osnovikoff.
El proceso de filmación se extendió entre 2017 y 2023 y reúne imágenes correspondientes a cinco inviernos distintos. Iniciado junto a un equipo de trabajo, el rodaje continuó posteriormente de manera solitaria a cargo del director debido a dificultades de financiamiento, lo que reforzó el carácter íntimo y persistente de la obra, donde el paso del tiempo se vuelve un elemento narrativo fundamental.
El diseño sonoro por su parte cumple un rol central en la experiencia del film. La radio aparece como compañía cotidiana y como archivo vivo del territorio: notas necrológicas de la programación local de Puerto Natales, señales de radios argentinas que cruzan la frontera y transmisiones que remiten al llamado "terremoto blanco" ocurrido en agosto de 1995 en la Patagonia chileno-argentina. A ello se suman diálogos y voces de personas que no vemos directamente, pero que forman parte del tejido humano del lugar, aportando información y respiro narrativo.
El sonido ambiente busca una experiencia inmersiva, permitiendo escuchar la respiración de los animales, sus pisadas y la forma en que se relacionan con el entorno. La relación animal–humano es clave, evitando que la película se reduzca a un paisaje contemplativo. Las canciones —ópera y bolero— funcionan como una tregua emocional para el espectador, reforzando la dimensión atemporal del relato. La música original de Milton Núñez Mora sostiene de manera sutil las emociones del film, integrándose al ritmo narrativo sin subrayados ni excesos.
Entre la devoción popular, los relatos de muerte, las brujas y los aquelarres, lo real y lo fantástico conviven sin jerarquías. La Virgen, con su manto celeste y blanco, protege a vivos y muertos, mientras la nieve conserva cuerpos y animales como si el territorio se negara a olvidar. Los caminos se alargan en silencio, "como un río sordo en el paisaje", y la película observa ese tránsito callado del tiempo hasta que el invierno lo cubre todo.
Más al sur del invierno está la nieve se configura así como un poema visual sobre la resistencia y el silencio, una correspondencia entre palabra, imagen y sonido que da cuenta del nacimiento y la muerte en el sur absoluto, donde la aridez, la poesía y la nieve conviven bajo un mismo resplandor inagotable.