De sol a sol
Hubo un tiempo en que fuimos todos iguales, mi niña. Pero un día ellos no nos reconocieron más. Nosotros no entendimos qué pasaba y así perdimos la tierra y la memoria. Sin embargo la tierra es sabia y algún día nos hará recordar. Algún día nos volveremos a reconocer como hermanos de esta tierra y olvidaremos a los que nos han hecho olvidar. Entonces sí seremos libres.
Andrés Montero
La muerte viene estilando (2021), escrita por Andrés Montero y publicada por Ediciones La Pollera, transcurre en una zona céntrico-sureña, al margen de los límites espaciales y temporales, donde la realidad y la fantasía se funden en una masa amorfa e indistinguible para el lector.
Andrés, además de escritor es un destacado orador, y eso se evidencia en el avance de la narrativa. Sin embargo, algunos relatos presentan ciertos problemas, ya que, o parecen distanciarse del marcado tono reflexivo e introspectivo de la obra, como ocurre en "La revuelta" o directamente parecen limitarse a cumplir con mencionar personajes recurrentes, siendo el caso de "El duelo", que, aun manteniendo el tono de la obra, resulta completamente vacío, sin aportar a la trama, ni al desarrollo de los personajes.
Quiero destacar sobre todo el concepto que subyace a la obra ya que el autor busca reivindicar aquellos relatos y tradiciones del "boca a boca" tan característicos del imaginativo rural. Esto se reconoce en diversas características que presenta la novela. En primer lugar, el empleo de narradores sospechosos, que piensan cosas pero que no las dicen, muchas veces marcados por el remordimiento enjuiciado de un ser superior, así como por leyendas que escuchan de otros. En segundo lugar, la estructura del texto, esta se presenta como un conjunto de relatos —a priori independientes— que terminan conformando una novela, con temas que se repiten, pobladores recurrentes y un hilo conductor. Por último, el lenguaje, que no tiene miedo a utilizar expresiones coloquiales como: "no le entendimos ni jota."
El tema central del libro es la muerte, como bien sugiere el título. Desde las primeras páginas, esta figura adquiere un rol protagónico, aunque sea de manera abstracta y misteriosa. Sin embargo, en el transcurso de las diferentes historias, su presencia se intensifica, hasta casi materializarse como un personaje en sí mismo, como se hace ver en: "Se preguntó si la muerte podría ser una espectadora sin bando".
Sea una entidad abstracta o material, definitivamente no pierde su fuerza arrolladora, se comporta como un espiral que arrastra a todos con violencia, del mismo modo que un río desbordado. Su impacto es tal que transforma el mundo representado, actúa como un portal entre el imaginario fantástico y lo real: "[Y] seguiría vivo el espíritu de los que habían partido en la espera del amanecer y de la noche, y ahí seguiría, dando compaña, cuando un día los de aquí vieran venir a la muerte estilando por los senderos verdes y oscuros del final de la tierra."
Fue casi a finales de 2024, mientras me encontraba en la capital siguiendo mis estudios universitarios, cuando me avisaron de la muerte de un familiar muy cercano. Tuve que viajar para acompañar a mi familia por tan solo un día. No me quedé al entierro, ni me atreví a ver su rostro en el ataúd. No conservo ningún recuerdo de mi madre en esa experiencia —hermana menor, mejor amiga y quien acompañó en todo momento el proceso del fallecido—. Quien me llamó fue mi padre, con una orden seca, casi como obligado a tener que darme la noticia. En mi memoria solo permanece la escena de ver un montón de gente reunida en el comedor, sobre un piso de cemento frío, formando un círculo alrededor de una caja grande de madera. Había tantas personas que no conocía y otras que decían que aseguraban que sí, pero que yo no lo recordaba porque era muy chico. Estar en periodo de exámenes mantuvo mi mente enfocada en otras cosas. En su momento lo agradecí, hoy me parece perseguir, como si me viniesen a cobrar una deuda de dolor.
Cabe mencionar que el espacio cumple un papel importante en la novela y Andrés sabe manejarlo, pudiendo percibir la desorientación de los personajes, así como la presencia del paisaje y la naturaleza, que por momentos llega a proyectarse en el cúmulo de sentimientos de cada habitante. Este es el caso de la lluvia, la cual nos acompaña durante todo el recorrido de la novela, hasta el punto en que presenta su propio paradigma: "Todavía no terminaba de recordar que en el sur la lluvia no significaba nada, que la vida era mojada y lo único que podía hacer era acostumbrarse. Vivir en el sur era eso: acostumbrarse."
Siendo completamente sincero, nunca he ido más al sur de Santiago de Chile. Mi vida siempre ha estado marcada por la zona norte [chica] del país, solo conozco la sequía y unos pocos árboles, parras de uva que con el paso de los años debe luchar con un sol cada vez más fuerte y un embalse que desde pequeño he visto perder su agua.
Lo único mágico que he visto en el último tiempo es un río colorido, teñido por la contaminación minera. Creo que el espacio se dispone con crueldad. En un viaje por una carretera desolada en el interior del valle, luego de una hora de cerros desnudos y arbustos secos, me encontré con la vista de cientos de hectáreas verdosas imposibles de pasar por alto, entre el límite de ser un bello oasis o la depredación mortal de la naturaleza. Parece ser que el norte no existe o que, quizás no posee la misma riqueza cultural que la representada en la novela. Si no funciona como un escape suficiente a la vida de la metrópolis —atrapada en smog y aglomeración urbana— es porque la situación en esta zona no es menos crítica, parece ser que hay cosas que resulta mejor ignorar.
El autor busca reivindicar esos relatos que parecen haberse perdido en el tiempo y que han sido transmitidos oralmente de generación en generación. Es cierto que la novela aborda temas más profundos, pero el corazón del relato yace en lo anterior dicho. Personalmente, sin embargo, me ataca este reduccionismo fantasioso con que se representa la vida en el campo. No se vive en un cúmulo de historias fantásticas surgidas de la profunda ignorancia y precariedad educativa que acontece a cada sector, y que sobreviven gracias al condescendiente acervo cultural: hay mucho más, el problema es que parece no ser tan atractivo al público.
Entender las zonas alejadas de la urbe como territorios cargados de espiritualidad, magia y misticismo, nunca terminó de convencerme. Solo puedo pensar en los mismos viejos trabajando las verduras bajo el sol, sudando el vino del almuerzo y discutiendo agriamente por las tierras perdidas; en mi tía, agotada del encierro en una casona como esas de antaño, donde el trabajo nunca termina a pesar de esforzarse el doble por una discapacidad visual; en el patriarca que llega a la hora que quiere, entre gritos y órdenes; en aquel tío que pasa el día buscando arreglar camionetas antiguas, sin parar, sin encontrar el repuesto que sirva; en mi madre, que escapó de esa vida, dejó todo para ir a la universidad y llegó incluso a vivir en otro país solo para terminar volviendo al mismo punto, soportando que otros la rebajen sin más.
Pienso en Baldomero Lillo y en sus libros Sub terra y Sub sole, quien fue una piedra angular en mi ahondamiento de la literatura chilena. Centradas en las dispersas vidas ligadas a las minas de carbón, las salitreras y el trabajo agrícola, recuerdo como se me erizaba la piel con la decadencia y la marginalidad de un pueblo que enriqueció a un país mal agradecido con el sacrificio tanto de adultos, mujeres y pequeños. Si bien es cierto que estas obras siguen siendo una de las denuncias más brutales de la violencia y el desamparo institucional, estas no destacan por un manejo excepcional de los recursos narrativos; más bien parecen funcionar como una crónica de lo vivido en esos tiempos.
Mi vida en el campo la he gastado trabajando para mi familia. Con la espalda dolorida y las piernas temblando, siempre quise apartarme de esa realidad. La he negado y odiado con toda mi alma. Siento tanta vergüenza cuando veo a la gente mirarme con extrañeza por mis vestimentas y mi apariencia. Tanto era ese sufrimiento al que me he sometido, que de pequeño solo soñaba con irme a estudiar a la capital y correr lo más lejos posible del yugo familiar.
Podría parecer que lo que expongo es simplemente circunstancial y que solo a mi —o a un reducido grupo— le puede llegar a ofender o alertar. No. Eso sería solo un análisis superficial. A lo que apunto, es que las obras tienen un impacto en la cultura, en la comunidad y en cada individuo. Por ello los escritores deben ser responsables con sus obras, así como también quienes se someten a sus historias —hoy tan desvirtuados bajo la lógica del consumo—.
Desde esta perspectiva planteo que los lectores pueden elegir extasiarse con una novela bien escrita y un tema aparentemente profundo, o ir más allá de sus horizontes y conocer otras vidas, con sus propios ritos, desgracias, espacios de cooperación y momentos de dulzura.
Gabriela Mistral, con ocasión de la reforma agraria, dijo que su mayor pérdida fue irse del campo. Esto va muy en línea con lo que he planteado anteriormente respecto a la reivindicación de los relatos tradicionales de las provincias.
Ahora bien, aunque creo que Andrés Montero es un excelente escritor, no puedo dejar de pensar que su trabajo termina siendo, en cierto modo, como el plato de lentejas del primer relato: una sopa de legumbres apetecibles y humeante que, frente al frío, parece ser la tan ansiada salvación de ensueño que nos remonta a tiempos pasados, permitiéndonos olvidar de toda situación crítica exterior. Está bien aceptar historias simplemente que están bien contadas y extasiarse con las tradiciones que alguna vez formaron a nuestros antepasados. Pero también hay relatos dignos de contarse sobre los problemas de actualidad.
La pretensión de mi escrito es alentar una reflexión dentro de la narrativa chilena —compuesta por escritores y lectores—, pues, estas historias maravillosas no surgen de la nada: buscan apaciguar aquellas vidas tan duras, donde la realidad misma parece ser un cuento sádico. La literatura, entre otras formas de arte, no debería ser cómoda. Y no me refiero a que simplemente provoque disgusto escueto y vacío, como ocurre con muchas obras hoy en día. Al contrario, comparto las palabras de Emily Dickinson al definir la poesía como: "la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos".
Debo reconocer, además, que Andrés Montero tiene una técnica pulida y atmosférica, como una corriente de agua viva, siendo capaz de transportar al lector a la escena y de construir personajes igual de enigmáticos e inolvidables. Quizás debería estar agradecido por visibilizar esas voces que parecen estar perdidas. Pero soy incapaz de aceptar el adormecimiento cuando el dolor es tan profundo.
Creo que el libro, como objeto material, abstrae cierta unidad de la realidad del mundo, y que a su vez, este último materializa, cada palabra como un objeto funcional a merced del individuo. En esta relación yace la idea de que el libro convive e interactúa con el mundo: el mensaje que vierte el autor tiene un impacto en el comportamiento social, en especial a través del significado que cada lector le otorga. No es estar en contra de la ficción o el entretenimiento. Sin embargo, si una obra sólo explora y reafirma arquetipos tan arcaicos —estilizados de forma atractiva— se deforma todo el sentido con el cual fueron concebidos en principio y las condiciones que condujeron a la supervivencia de estos cuentos se relativizan. La falta de educación, la inoperancia del derecho y la falta de políticas públicas no son meras decisiones, son problemas actuales, que subsisten en paralelo al desarrollo económico y capital de otras zonas.
Antes de que siquiera pasara por mi cabeza la idea de escribir estas palabras, asistí junto a mi madre a una charla que el autor realizó en mi ciudad. Yo ya había leído el libro, ella no. Su relación con la literatura es bastante lejana, jamás en mi vida la vi "perdiendo el tiempo" con una novela. Pero por un instante, en ese lugar, vislumbré en ella un breve y espontáneo destello de fascinación. Fue entonces cuando decidí reconciliarme con esas tierras lejanas que me vieron crecer. Escuchar aquellos relatos increíbles sobre mis abuelos cruzando la Cordillera de los Andes y comiendo leones. A partir de ahí, revisité el escrito de Andrés con otra perspectiva, sigo pensando en la primera impresión que tuve, la decepción, el enojo, la envidia por estas historias tan maravillosas y creativas, mientras tenía que salir a cargar papas bajo el sol. Soy fiel creyente de que el autor va por buen camino, noté esa luz en su último libro El año en que hablamos con el mar.