El que aquí reposa fue criminal y llegó a ser Godino
«Una fea lámpara humosa cobra valor estético cuando ilumina el rostro de un héroe» "Literatura sin héroes", Roberto Arlt
Si algo ha entrado fuertemente en la cultura popular ha sido el true crime. En una paradoja, allá lejos, al otro lado de la pantalla, se resuelven relatos macabros ante los que podemos sentirnos seguros o, más a menudo, exponernos al horror de lo cotidiano: un padre, una madre, un vecino o un desconocido, se vuelve un peligro. Peor aún: hablar de peligro ya es demasiado tarde, todos los rastros se han transformado en evidencia.
En las producciones más comerciales, la retórica tiende a lo pornográfico: mostrar, mostrar, mostrar. Se administra la información y la imagen para secuestrar la mirada y el nudo en la garganta, así como las sensaciones corporales de desagrado. Este espectáculo es, sobre todo, efectista y seductor; se trata de héroes y villanos, de la encarnación del mal, del shock.
En 1994, antes de toda esta proliferación del acceso a estos contenidos, más bien en paralelo a los primeros años de Mea Culpa en nuestro propio calendario cultural, María Moreno publicó su crónica sobre Cayetano Santos Godino, "El Oreja", famoso infanticida argentino de principios del siglo XX: El Petiso Orejudo. Un personaje cuya historia atraviesa las formulaciones criminológicas de la mala vida en Buenos Aires y los inicios de la cárcel de Ushuaia, penal patagónico que funcionó como una cárcel al aire libre. Enfrentando su posición de objeto, Moreno ensaya una reconstrucción del criminal: sin justificaciones, pero escapando críticamente del marco conceptual y cultural con que su tiempo lo entendió.
En su crónica novelada, Moreno es sumamente consciente del exceso de significantes en torno al criminal. Este exceso no marcaría tan solo las últimas décadas, pues nació junto con el personaje: detenido en 1921 y fallecido en Ushuaia en 1944, el de El Oreja fue un caso ejemplar sobre el que se volcó un espíritu de época: tanto la imaginación periodística como la teoría psicopatológica sobre el crimen fueron saturando la imagen del criminal hasta volverla irreconocible. El archivo consultado nos dice más de los observadores que del observado.
Sin esquivar su propia curiosidad macabra, heredera del gran archivo periodístico y académico, la autora pelea por arrancarle de las manos el criminal a los juicios, como un juguete o un dulce a un niño monomaníaco. El resultado no es una expiación; en cambio, más parece la construcción de un objeto diferente.
Dos voces le dan forma a la obra. Como bien explica la propia autora en su prólogo:
Quien narra intenta el estilo de un cronista de policiales moderno que sabe los pininos de Michel Foucault y cultiva el morbo por razones profesionales mientras sostiene el ethos walshiano de la prueba mediante el documento y el testimonio. La otra es la de un «novelista macabro de la más exquisita y tropical imaginación», cita del libro Museo del Crimen de la Policía Federal, que leí mientras investigaba. Está medio cambiada, porque al novelista lo transformé en poeta y autor de una operata trash a la que todavía espero que alguien le ponga música.
Cada capítulo tiene una parte de la opereta, seguida de la escena relatada por el cronista moderno. Por la opereta pasan cronistas, expertos, artículos de prensa y el vistoso poeta. Su tono burlón que recuerda a los sepultureros en Hamlet, esos que ocupados en cavar una tumba, se distraen, cortan la fluidez de los diálogos entre el príncipe y Horacio, y metafóricamente, dan paladas de tierra a los elevados discursos sobre la muerte. En la crónica, mientras tanto, se reconstruyen escenas de la vida de Godino, desde su primera maldad de infancia.
Al centro de la sobrepoblación deliberada de discursos, el objeto. Siempre con ruido, con alguna interferencia, repetido una y otra vez en ese mar de archivos. En su libro de crónica-ensayo La vida en el archivo, la académica Lila Caimari, habla del archivo como la materia prima de la historia: "un suelo irregular y heterogéneo, hecho de grandes rocas, de misceláneas, de partículas incontables". Si uno toma la metáfora y la extiende, la figura de Cayetano figura a presión bajo capas y capas de sedimento, de sustratos que es necesario remover para alcanzar un cuerpo que la propia historia no posee. La inubicabilidad de sus restos es la triste constatación de una pérdida que también es simbólica.
Como dije antes, el objetivo de la crónica va más en la línea de reconstruir el objeto que de expiarlo. En palabras de la autora, es un secuestro. Otro más, podría decirse. Hay algo en común entre las capas de material acumuladas en torno a El Oreja y que lo constituyen como un verdadero mito policial argentino: todas rozan su cuerpo, todas tocan en parte algo. Que digan más de sus observadores no quiere decir que no digan nada sobre él. Escribir esta crónica se parece a un nuevo cateo, una nueva búsqueda de confesión y, para ello, diría Caimari que los elementos originales del archivo deben ser reubicados, limados, amalgamados, enmarcados, redondeados, "normalizados". Solo así puede aparecer el texto.
Y junto a eso que emana de la depuración del archivo, en un límite peligroso y difuso, habita la ficción. Donde el registro solo entrega datos o, lisa y llanamente no llega, aparece la ficción. Dos escenas sugestivamente ficcionales llaman la atención.
En la primera, una cena entre leguleyos conocedores del caso, se debate sobre la locura moral y el origen del mal. Las preguntas se suceden una a una para definir los detalles de la culpa de Godino. "¿Godino nació o se hizo?", se preguntan. ¿Tuvo que ver el alcoholismo de su padre con su locura moral? ¿Cuál es el germen del crimen? ¿Está en sus hormonas? ¿Hay que leerlo a través de las teorías psicológicas sobre la herencia de Théodule-Armand Ribot, o como el Homo Criminalis fisiológicamente determinado que teorizó Cesare Lombroso? ¿Es Godino consciente de lo que hace? Si no lo es, ¿es un estúpido congénito o un loco? El diagnóstico redunda en la locura colindando peligrosamente con la criminalidad. La locura como sombra permanente de la pregunta por la responsabilidad penal. Por ejemplo, ¿qué termina implicando que sea "solo" un degenerado?
La segunda abarca los últimos años de Santos Godino en la cárcel de Ushuaia. Se le muestra agonizante y se elucubra sobre su discurrir mental mientras decae su cuerpo, hasta perderse en el suelo y formar parte del polvo de la Historia:
Adentro del cuerpo, se dice, ¿cómo arde si no puede haber fuego? Está tumbado desde hace días en posición fetal, la cara contra la pared. Ya no lo obligan a trabajar y la saltean las comidas. Su piel se ha vuelto transparente y apenas entreabre los ojos para mirar hacia arriba buscando a través de la ventana el cielo estrellado. […]
Se ha sacado costras por rascarse las picaduras de las chinches que son a prueba de nevadas y ventiscas. Piensa en el hermanito perdido, más vagamente en los otros niños, pero sin culpa, más bien con una especie de beatitud más propia del letargo físico que de un ánimo del espíritu. […] A su lado no hay nadie que le toma el pulso o simplemente le sostenga la mano en el momento que se vaya. Nadie lo ha besado nunca, salvo su madre. Y con el último suspiro corta la racha del tiempo indeterminado.
El gesto de Moreno parece anteceder de manera directa trabajos recientes sobre criminales, como el que realizó Alia Trabucco en su ensayo-ficción Las homicidas. Allí, se enfoca en el problema entre el género y la trasgresión de la ley. Moreno enfoca su objeto desde la clase: "El árbol genealógico proletario debe ser un árbol achaparrado", dice, "ya que carece de ramas ascendentes". En ambas obras, el efecto es similar. Citando al prólogo del libro de Trabucco: el protagonista y las protagonistas van "perdiendo su halo de personajes míticos y se transformaban, poco a poco, en personas de carne y hueso".
En 1908, Eusebio Gómez publicó La mala vida en Buenos Aires, que, para efectos prácticos podría titularse La mala vida en cualquier gran ciudad. Este ensayo analiza la tipología criminal de la época. Allí se revisan ladrones, usureros, prostitutas, homosexuales y mendigos. Para finalizar, en el capítulo "Profilaxia de la mala vida", reflexiona sobre las posibilidades e implicancia de una cruzada del saneamiento corporal, a la vez que moral y espiritual de la ciudadanía: "¡La lucha contra la degeneración! ¿Acaso deberá ser su tendencia, su fin primordial, la modificación de las condiciones del medio, para que á ellas pueda adaptarse el individuo? ¿Podrá éste realizar en sí esa idea del bien y del orden, concebidos como regla suprema?". Por supuesto, para una campaña espiritual, jurídica, científica y política Cayetano Santos Godino parece una especie de jefe final, un sujeto ideal para probar sus teorías y expropiarle la verdad a su cuerpo. Es más un depósito de sentencias que, incluso, un objeto de estudio:
El Oreja había tenido, entre otras desgracias, la de haber nacido demasiado temprano. Las ciencias psicológicas comenzaban a advertir la importancia de la sexualidad en la etiología de la neurosis pero aún el doctor Lombroso no había sido sustituido por el doctor Freud en el parnaso de la psicología argentina. Negri y Lucero concluyen que Cayetano Santos Godino es un alienado mental e insano o demente en las aceptaciones legales, un degenerado hereditario, imbécil, que sufre de locura moral, por definición muy peligrosa.
El hombre detrás del mito. Paradójicamente, en un relato saturado puede emerger un prisma de verdad. No se trata de la verdad del archivo ni la objetividad absoluta, sino de una tercera vía: la ficción como humanización, como relleno de vacíos y como estilo reflexivo. Por eso Alia Trabucco acompaña cada ensayo sobre sus mujeres homicidas con un ejercicio de ficción; por eso el cronista moderno no puede renegar de una pluma macabra que se obsesione y se burle. Porque tiene que haber una salida en el interlineado del archivo. Una uña, un pelo, una mirada. Una pregunta abierta por la humanidad y la dignidad de un cuerpo del que no queda nada. Con María Moreno, concordamos: "es tentador sugerir para el Petiso Orejudo un epitafio: «Así como hubo uno que fue pintor y llegó a ser Picasso, el que aquí reposa fue criminal y llegó a ser Godino»".
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Este texto fue remunerado por Revista Origami para su convocatoria 2024, gracias al financiamiento del Fondo del Libro y la Lectura.
Diego Leiva Quilabrán es crítico literario.