Reseña/Crítica

En torno a Fugu de Cristian Leontic

Nicolás Mayora 4 de octubre
Los que comen carne de fugu
son idiotas,
y los que no la comen,
también son idiotas. Antiguo díptico japonés

La poesía es un plato de fugu que preparado erróneamente nos puede envenenar. Leontic sale ileso y viene a entregarnos una voz directa, sin arabescos, que se abre a múltiples lecturas: un cruce entre cierta poesía norteamericana, la agudeza pícara del chileno y la sabiduría de quienes admiran y leen a los orientales. Una voz que no deja de celebrar y burlarse “del número áureo, del vuelo de la mosca y del panel hexagonal de las abejas” (p. 12). Leer Fugu es leer franqueza, es entender que el poema dando vida o no, mata igual, porque decidir a servirnos este plato —o decidirnos hacer cualquier cosa, en realidad— siempre es renunciar. Tenemos poemas que nos hablan de la soledad de la cabaña, de la ilusión del oro, de lo perecedero del poema y de cómo los sueños en la literatura a veces no son distintos del sueño de comprarse un auto último modelo. En la superficialidad todos los objetos se rozan, pareciera decirnos Leontic, puesto que la “lengua es un ojo y la imaginación tiene dedos” (p. 58). Observamos algo, un amargor, un gran bitter araucano que se esconde tras el carácter de esta escritura que no intenta disfrazar una búsqueda mayor sino la tranquilidad en la creación, la calma de ser posible, “Y si no sucede ningún drama: en lugar de una luz pública, el ímpetu de las estrellas” (p. 21).

Pero para llegar a eso debemos observar, como Darrigrandi —un personaje notable que surge en algunos poemas— cómo toda nuestra “opulencia parece una magnifica catástrofe” (p. 17) y que no hay anécdotas, cuadros ni dialéctica que puedan ocultar nuestra carencia de sustancia a la hora de vivir, que muchas veces se traduce también, en nuestras artimañas a la hora de fabricar poemas, de amar, de preparar un plato de fugu a quien nos espera en la cama. No se necesita ser veterano de guerra para captar cuando una poética no necesita de mayores artificios ni juegos literarios, fantasmas retóricos ni jueguitos de vanguardia para hacerse valer. Estos poemas van firme y sin rodeos, ejecutando el contenido como forma, aunque como bien nos recomienda un jardinero: “Si entiendes un poema tendrás problemas” (p. 45), por lo que es mejor que busquemos poesía contemplando las estrellas o el hilo reluciente que deja el caracol entre dos hojas.

De estos asuntos también se hace cargo Fugu, y he de ahí la dualidad condenatoria, pero también redentora del pez. No sabemos a qué nos entregamos a la hora de escribir poesía, pero el cómo logramos divagar mediante ella es otro tema. La voz de Leontic, si bien es clara y precisa, demanda un regreso y relectura para captar ciertos espacios, bostezos en el bosque que intentan escapar del ruido de los comerciales y las responsabilidades domésticas. Los poemas logran tocar diversos tópicos y representar los adversos de la vida, incluso acertando en lo que simula un tropiezo, al ofrecernos, en un par de poemas, una guía irónica de lo que conviene hacer o evitar. Se disfrutan los textos porque dentro de una profunda sensibilidad, tienen humor y una arquitectura de versos que logran destacar desde lo simple o minúsculo, tal como hacer “dibujos, haikus o microgramas en la nieve” (p. 26). Puede que a veces se hallen poemas que parecieran no pertenecer al libro, pero que responden al mismo tono de voz, como si no hubiesen querido ser guardados y hubiese sido necesario expulsarlos en este momento. Y tal vez es así. Pero esto es al margen. En suma, puedo decir que Fugu es uno de los libros más frescos y auténticos que he leído en el último año. Considero que puede ser una gran forma de volver a encantarse para quienes están un poco empalagados con las palabras de adorno, con las palabras por palabras, con la forma por la forma, porque al final: “La poesía es estar vivo esperando a la guadaña Y Catulo. Nada más.” (p. 103).

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