Reseña/Crítica

La flor como acontecimiento

Sobre los cuentos de Hay algo negruzco adentro de mi nombre de Soledad Fariña

Catherina Campillay 4 de octubre

Hay algo negruzco adentro de mi nombre es una invitación a entrar en un tiempo otro. El tiempo que se despliega aquí pareciera estar fuera de nuestra medición humana, revelando ciclos que nos exceden y muchas veces ignoramos. En los cinco breves cuentos hasta hoy inéditos de Soledad Fariña que acaba de publicar Objeto Ancla, las protagonistas son las flores: una niña llamada Amapola, adelfas, nardos marinos, abrojos y clavelinas. A partir de una escritura lúcida —que, en otros libros de prosa de la poeta, como Otro cuento de pájaros, también nos enfrenta a una mirada abierta a los elementos que conforman el mundo— Soledad Fariña aquí nos propone la flor como acontecimiento: nos invita a detenernos antes sus secretos, ante sus percepciones de ese mundo que habitamos en común y cuyos murmullos aquí podemos escuchar con detención. Con la meticulosidad, el cuidado con la palabra que Fariña ha desplegado a lo largo de su destacada y personalmente admirada obra, aquí podemos nuevamente maravillarnos con el universo que construye, donde la vida vegetal nos pide escuchar.

¿Qué es eso negruzco que hay dentro del nombre, de la palabra? Al abrir el libro, “Cuento de la Amapola” nos plantea esta pregunta a partir de la incertidumbre de una niña frente al significado de su nombre, el modo en que su nombre de flor se conecta con su propia vida. Es el jardinero quien le responde: lo negruzco es la semilla. Su pregunta por el nombre, es decir, la relación entre la palabra y a lo que refiere, la experiencia, lo que es puesto en duda por Amapola: ¿qué marca deja en mí el nombre? La respuesta pareciera ser: la semilla de la flor, oscura, semilla que es el potencial de multiplicación, de fertilidad, de expansión. Puntitos de la flor cuando ya se ha secado, puntitos que luego advierte en la mirada del jardinero, quien podríamos entender como aquel que salvaguarda este mundo de proliferación y vida. En estos cuentos, la multiplicación de lo vivo es también una multiplicación de puntos de vista posibles. Por fuera de los límites de lo humano, más allá: las flores que hablarán ya luego de Amapola no son niñas, sino que verdaderas especies vegetales, las que a través de sus voces nombran sus mundos, sus lenguajes y sus poéticas, en el sentido de poiesis, los modos en que crean sentido a través de sus formas, movimientos y transformaciones, para nosotros secretos.

Entonces, la adelfa, el nardo, los abrojos y clavelinas que continúan desplegando el trayecto que propone este conjunto de textos van abriendo posibilidades de ver el mundo que compartimos con ellas, mundos en que las interacciones con otros seres vivos resplandecen gracias a la sensibilidad profunda de Fariña al momento de darles la palabra. La adelfa oculta un secreto, su toxicidad, que la llevará a un encuentro que se describe en tono erótico con un pobre animal que no puede evitar comerse las flores, explorando un lenguaje del cuerpo vegetal. Aquí hay algunas resonancias que recuerden a Narciso y los árboles, publicado en 2001, donde también aparece el florecimiento como acontecimiento y una experiencia del cuerpo de la hablante que se superpone a aquel. Pienso en los poemas: “he intentado escapar/ de su perfume/ abriendo el abanico de/ mis labios/ pero florecen/ estos ojos/ cada vez” y “las caderas florecen/ los oídos florecen/ al contacto con el fuego violento/ de esta boca// —que ahora se vuelve verde/ enredada en las ramas—”. Pareciera que aquí confluyen entonces una atención sostenida a lo largo de su obra hacia esa experiencia del cuerpo que se metamorfosea en otro, que revela lo indefinido de sus límites, sus transformaciones como un movimiento orgánico, necesario e intenso.

Por su lado, el nardo marino se nos revela como “guardador del tiempo”, un tiempo distinto al que percibimos y cuantificamos, marcado por mareas y buzos, duración, lenguaje de la luna y del efecto que tienen los elementos sobre los materiales como maderas o huesos. Guardador del tiempo y de los despojos, el nardo se encuentra con un ojo de cristal y lee en él una presencia fantasmagórica. Los abrojos, por su parte, reptando, desplazándose a ras de suelo, observan las otras flores y escucha sus lamentos, sus preguntas sin respuesta, como la que oye de la adelfa: “Y qué es una flor, qué es una flor”. Este cuento, hacia su cierre, pareciera desmembrarse y entregarse al impulso de la respiración, que es el impulso del verso, de la poesía. Esto también sucede en Otro cuento de pájaros. Pasando de la prosa al verso, lo que también aparece en el cuento final, pareciera que Fariña, poeta, encontrara allí una posibilidad para llevar la narración hacia una imaginación del acontecimiento desde la perspectiva de la flor, el ritmo del florecer y lo efímero como una clave para comprender ese fenómeno: “Da a la vez/ al ser y/ el tiempo/ mas como caer”.

Finalmente, es la clavelina que lentamente se marchita en un florero frente a un doliente Cristo de yeso y que se acerca al lenguaje desde su encierro que concluye el libro. En el jardín, ella y sus hermanas desarrollan un lenguaje propio: “hacer coreografías con el viento, con la noche, con la luz”. Un idioma de movimientos, una forma de comunicación que solo aparece para la observación atenta, por fuera de nuestra predilección por nuestras propias lenguas. “No había cantos entonces, tampoco había palabras, tan solo movimientos de otras flores o plantas o algún animalito: el caracol, la babosa rastreando a nuestra altura. Porque esto de la altura es importante, el todo es tan distinto cuando se ve desde abajo, los dioses son distintos, la música es distinta”. En esta cita, me quiero detener en estas últimas palabras, en esa diferencia, la cuestión de la perspectiva. Desde abajo, desde su cercanía con la tierra, el movimiento sucede horizontalmente, movimiento de babosas y caracoles, la escala de la florcita sin palabras que sin embargo la palabra intenta transmitir, haciendo el esfuerzo de llevarnos más allá de las percepciones que para nosotros como humanos, animales, mamíferos incluso, sentimos naturales. Luego cortada, arrancada de su arraigo, encerrada, recibe el regalo de las palabras y “Con ellas ensayamos escenas que —ilusoriamente, mientras las pronunciamos— nos ayudan a salir de esta bóveda gélida”. Del lenguaje del baile, el movimiento vegetal en su multiplicación, a merced del viento y la luz solar, pasan al lenguaje que les permite una salida, una imaginación y dicen: “nos inventamos nombres, nos inventamos sueños. Juntas los desgranamos cantando”.

La escritura de Soledad, desde El primer libro, que inaugura una producción diversa y amplia, desde un primer momento se pregunta por el problema de cómo decir. Cómo decir el paisaje devastado, el cuerpo, cómo decir el deseo, cómo decir la historia y el horror. Cómo decir de una manera otra, con la dedicación a la palabra que emprender esta campaña pide. Cada aproximación a esta pregunta le permite ensayar formas en las que el aliento, la imagen y la búsqueda confluyen. Parece orgánico que, en estas exploraciones, las flores encarnen esa inquietud frente a la lengua y su capacidad de inventiva. Las clavelinas nos dejan entonces con un último susurro, una nota larga que quedará reverberando luego de la lectura, como se sostiene en el aire brevemente un olor. La apertura de un mundo en el que las voces de estas flores nos recuerdan que en este mundo hay varios mundos a la vez, superponiéndose unos a otros, y que si prestamos atención a otros modos de lo vivo podemos imaginarlos, como las clavelinas imaginan sus propios nombres, y dejar que planten en nosotros sus semillas y palabras, que aquí vendrían a ser lo mismo.

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Presentación escrita para el lanzamiento de Hay algo negruzco adentro de mi nombre de Soledad Fariña publicado por Objeto Ancla (2026) en Librería La Quiltra, 02 de octubre de 2026.

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