Presentación: Migrar y otras artes. Escritos fuera de lugar de Claudia Salazar Jiménez
La escritora peruana Claudia Salazar Jiménez parte de una idea que al comienzo puede sonar extraña: pensar la migración como un arte. Muchas veces se habla de migrar desde los procesos de entrada y salida —papeles, fronteras, trabajo—, pero este libro se mueve por otro lado. Aquí migrar aparece más como una práctica de transformación, una manera de vivir y de escribir. No como algo completamente controlable ni ordenado, sino como un movimiento abierto, irregular, lleno de desvíos y cambios de dirección. El propio libro adopta esa forma. La autora, nacida en Lima y residente durante varias décadas en Nueva York, no intenta explicarlo todo ni construir una teoría cerrada. Avanza, más bien, a través de fragmentos, recuerdos, imágenes y observaciones cotidianas. Eso conecta profundamente con la idea de esta bitácora, que en gran parte funciona como un diario, no como simple registro de "qué hice hoy", sino como un archivo de sonidos, palabras, ritmos y sensaciones. "Nuestra escritura en tránsito, como nuestros cuerpos y nuestros afectos (...)". Salazar Jiménez cita a la escritora argentina Esther Andradi sobre Juana Manuela Gorriti en La lengua de viaje: "Ella escribe en viaje, cruza límites tanto en el cuerpo como en la letra (...) Su profesión es la escritura y América su territorio".
El libro no funciona como un diario tradicional donde cada día queda ordenado y clasificado. Incluso juega con lo cronológico y la línea del tiempo, registrando fechas anteriores después de fechas posteriores. Parece más bien un diario poroso: fragmentario, impredecible, lleno de silencios y desplazamientos. A veces ligero, incluso caprichoso en sus materiales, pero justamente allí reside parte de su fuerza. Hay una confianza en lo no uniforme, en lo mezclado, en permitir que las cosas aparezcan sin obligarlas a encajar del todo. La forma del texto termina pareciéndose a la experiencia misma de migrar: cambios de ritmo, interrupciones, conexiones inesperadas. No todo corresponde a anécdotas; también hay poesía en prosa, páginas enteras de citas, apuntes ensayísticos y pequeñas observaciones que funcionan más por resonancia que por continuidad narrativa.
Desde muchos ángulos, el libro cuestiona la idea de una identidad fija. En lugar de contestar la pregunta «¿de dónde eres realmente?», que es una especie de trampa, parece más interesado en cómo alguien puede cambiar al desplazarse entre lugares, lenguas y tiempos distintos. Hay varias maneras de no quedar atrapada en una sola identidad: asumir otras voces, insistir más en el presente o el futuro que en el pasado, explorar un pasado anterior al propio nacimiento, permitir que la memoria permanezca abierta y no se convierta en un archivo perfectamente ordenado. La migración aquí no es pérdida o nostalgia; es una forma de soltarse de lo que estaba dado, aquello que intentó colonizar la propia historia sin consentimiento. Más que escribir «sobre» la migración o la identidad, la autora escribe desde el movimiento mismo. La migración no aparece solo como tema, sino como forma de pensar, recordar y escribir.
En ese sentido, el ritmo parece ser fundamental. El libro vuelve varias veces sobre esa idea, como si migrar también significara aprender otro ritmo de vida. Cambian las velocidades, las costumbres, la manera de caminar por una ciudad o de escuchar una lengua. El texto intenta seguir esos movimientos; más que narrar una experiencia desde afuera, parece acompañar su respiración. Por ejemplo, la autora, que no maneja automóvil, está obligada a detenerse en el paisaje y a recorrer los espacios a pie. En su "texto peripatético", cita versos de Piedra de sol de Octavio Paz: "Un caminar tranquilo / de estrella o premura". La frase condensa bien una de las tensiones centrales del libro: migrar implica habitar simultáneamente la lentitud y la urgencia, el arraigo momentáneo y el desplazamiento constante. La caminata se vuelve entonces una forma de percepción. Desde allí la autora observa lo uniformizado de los jardines californianos y cierta sequía no solo climática sino también cultural.
Todo esto dicho, tal vez incluso sin poseer una identidad completamente firme seguimos sintiéndonos atraídos por ciertas tradiciones, afectos o formas culturales que elegimos hacer propias. El libro sugiere que también migramos hacia distintas partes de nosotros mismos. No estamos obligados a permanecer dentro de las historias que nos fueron asignadas al nacer; podemos desplazarnos hacia otras lenguas, otras sensibilidades, otras genealogías afectivas. La migración deja entonces de ser únicamente geográfica y se vuelve también interior.
Para Salazar Jiménez, la comida funciona como una especie de ancla afectiva. Hay recuerdos que pasan por la boca, por el tacto, por sabores que sobreviven incluso cuando todo alrededor cambia. "No soy dada a los nacionalismos", escribe, "pero la gastronomía peruana ha dejado su marca en mi formación, en mis afectos, en mi memoria. Es una manera de sentirme en casa cuando mi propio sentido de 'casa' anda dislocado". O habla, en otra parte, de "ese tono de precisión ácida de nuestro limón". La cocina aparece así no como símbolo patriótico, sino como una memoria corporal que persiste aun cuando las identidades nacionales se vuelven inestables.
Mientras leía el libro pensé también en mis propios intentos de registrar viajes. Cuando visité Mangalore, en India, traté de mantener una especie de diario con la necesidad de registrar ambientes, ritmos y pequeños detalles más que de establecer una cronología exacta. Con el tiempo, esos apuntes comenzaron a organizarse casi como un diccionario personal: entradas dispersas, palabras escuchadas, comidas, gestos, conversaciones y recuerdos familiares que empezaban a dialogar entre sí, todo esto en conversación con una novela de mi abuela escrita en konkani. La forma fragmentaria permitía que distintas capas de experiencia coexistieran sin necesidad de volverse completamente coherentes. Quizá por eso el libro de Salazar Jiménez resulta tan cercano: porque entiende que la memoria migrante no siempre se organiza como relato lineal, sino como constelación de impresiones, recuerdos y pensamientos.
El libro de Salazar Jiménez puede leerse junto a muchas otras narrativas migrantes. Me recuerda, por momentos, los textos de Julio Ramón Ribeyro, especialmente sus diarios y relatos sobre el extranjero en Europa, donde la precariedad migrante aparece constantemente mediada por oficinas, permisos y humillaciones administrativas. Desde una perspectiva latinoamericana o feminista, puede pensarse en Valeria Luiselli y su libro Los niños perdidos, donde los formularios migratorios estadounidenses revelan el modo en que la burocracia transforma experiencias humanas complejas en respuestas estandarizadas. Pienso en Cristina Rivera Garza, Diamela Eltit, Lina Meruane y Giannina Braschi, autoras que entienden el desplazamiento lingüístico y territorial como una experiencia formal, corporal y política. Pienso asimismo en libros escritos por personas de otras diásporas, como The Inheritance of Loss, donde Kiran Desai muestra la migración desde India como una experiencia de desarraigo lingüístico, afectivo y social, en la que los personajes quedan suspendidos entre culturas sin pertenecer completamente a ninguna, o de Maxine Hong Kingston, donde el desplazamiento desde China no aparece solo como cambio geográfico sino como fragmentación de la memoria, del lenguaje y del propio yo.
También hay posibles resonancias con la literatura de migraciones forzadas o más políticas, como los de la Partición india de Saadat Hasan Manto o Amrita Pritam. Estos libros, sin embargo, adoptan una perspectiva de más dolor, viendo la migración como una necesidad más que una celebración. Pensando en estas referencias, me pareció interesante la manera en que el libro de Salazar Jiménez reconoce, de manera sutil, la posición particular desde la que escribe la autora: no la de una migración marcada exclusivamente por la precariedad económica o la catástrofe, sino la de alguien que llegó a Estados Unidos a través de una beca literaria y de ciertos privilegios culturales y académicos. Esa conciencia evita romantizar completamente la experiencia migratoria y permite distinguir entre formas muy distintas de desplazamiento, movilidad y acceso.
Una de las dimensiones más notables de Migrar y otras artes es su atención hacia figuras migrantes menos previsibles: no solo quien migra por necesidad económica o laboral, sino también quien migra "porque sí", quien habita temporalidades distintas o nunca termina de encajar dentro de categorías legales y burocráticas. Frente a eso, la burocracia aparece como una fuerza que intenta uniformar experiencias radicalmente distintas: formularios, trámites y etiquetas que reducen vidas complejas a casillas administrativas.
Esa ampliación de la experiencia migrante también permite pensar el movimiento más allá de lo humano. También migran las plantas, los animales, las lenguas y las formas culturales. Y eso hace que el movimiento deje de verse como excepción para convertirse en una condición más amplia de la vida misma. En el caso peruano, esa idea resulta particularmente sugerente: aves como los flamencos andinos o ciertas especies migratorias del Pacífico atraviesan regularmente el territorio peruano, mientras productos agrícolas como la papa, el maíz o el ají también poseen historias de desplazamiento y transformación cultural. La migración aparece entonces como una dinámica ecológica y material antes que exclusivamente humana.
Por otro lado, en parte gracias al hermoso diseño del libro —con su subte de Nueva York en las fundas—, pensé también en los mapas: nunca son completamente objetivos. Un mapa está hecho de recuerdos, asociaciones y afectos. Allí resulta inevitable pensar en las obras cartográficas de Jorge Macchi, especialmente aquellas donde los mapas de Buenos Aires son intervenidos hasta convertirse en diagramas emocionales o abstractos. En esos trabajos, la ciudad deja de ser un espacio puramente funcional y se transforma en una red de asociaciones subjetivas. Cuando Salazar Jiménez camina por la ciudad siguiendo el trayecto del subte, pero sobre la superficie, se genera otra experiencia, más lenta y personal. Por eso tiene tanto sentido la idea de que existe otro país posible en la literatura. A veces una comunidad de lectores puede sentirse más cercana que una nacionalidad compartida: un lector en el metro de Nueva York leyendo a Clarice Lispector o a Manuel Puig puede producir una intimidad más inmediata que cualquier pertenencia nacional abstracta.
Esa idea de la literatura como patria portátil aparece también en una de las entradas más hermosas del libro, dedicada a Inca Garcilaso de la Vega, conocido como "El Inca", una de las figuras fundamentales de la literatura colonial latinoamericana. Hijo de un conquistador español y una noble incaica, Garcilaso escribió desde España intentando reconstruir, recordar y traducir el mundo andino perdido de su infancia. Salazar Jiménez se pregunta si la publicación de los Comentarios reales no fue, para Garcilaso, una forma de construir un puente hacia aquel país al que nunca volvería: "un puente personal, más amable y habitable que el mestizaje, construido entre la migración y la escritura". La observación resulta especialmente potente porque muestra cómo la escritura puede convertirse en una forma de residencia simbólica, una manera de seguir habitando aquello que ya no existe físicamente.
En varios momentos, además, el libro sugiere que la migración no solo transforma la relación con el territorio, sino también con el propio cuerpo y la identidad. Hay incluso una reflexión sobre el llamado "tercer sexo" japonés, figura que cuestiona las divisiones rígidas entre categorías estables. La sexualidad aparece entonces como otra experiencia de tránsito: una manera de atravesar identidades impuestas y descubrir zonas más ambiguas del yo. En ese sentido, la migración funciona como un paralelo de la experiencia sexual o incluso psíquica. Ambas implican desplazamientos internos, procesos de extrañamiento y una cierta distancia respecto de cualquier identidad fija. Desde una perspectiva cercana al psicoanálisis, migrar podría entenderse justamente así: como el descubrimiento de que nunca coincidimos del todo con nosotros mismos.
Por último, pienso que quizá por eso un marco de surrealismo podría ayudar también a leer este libro. La lógica del encuentro inesperado —el paraguas y la máquina de coser sobre una mesa de disección, o la taza peluda— se parece bastante a lo que produce la migración: combinaciones improbables de lenguas, objetos, hábitos y recuerdos. El libro parece disfrutar esas fricciones en lugar de resolverlas. Migrar puede sentirse, efectivamente, como una experiencia surrealista: vivir rodeado de signos parcialmente familiares y parcialmente extraños; experimentar momentos de despersonalización; convertirse, por ejemplo, únicamente en "un brazo jalando una maleta". El surrealismo y la migración comparten esa capacidad de volver extraño lo cotidiano. Ambos rompen asociaciones automáticas y obligan a percibir nuevamente el mundo desde la discontinuidad. En ese sentido, migrar no solo produce mezclas culturales inesperadas, sino también nuevas formas de percepción.
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Presentación escrita para el lanzamiento de Migrar y otras artes. Escritos fuera de lugar de Claudia Salazar Jiménez, publicado por Ediciones Libros del Cardo (2026), en La Librería del GAM, 12 de mayo 2026.