Reseña/Crítica

Un pequeño rito para mantenerse con vida: algunas ideas alrededor de pasar la sal en la mano de Catherina Campillay

Camila Hormazábal Meza 16 de junio

No soy una persona supersticiosa, pero tengo conciencia de las muchas veces en que he preferido hacer o evitar algo para no atraer la mala fortuna. En esa línea, una de las acciones que tengo más arraigadas es la de tirar sal por encima de mi hombro cada vez que se me cae. Lo gracioso es que, hasta donde entiendo, hay un lado correcto para hacerlo. Lo desconozco totalmente, así que quién sabe qué tipo de destino me he sellado en ese movimiento.

En 2025 se publicó pasar la sal en la mano (Overol), el segundo libro de Catherina Campillay tras presunta desgracia (Pez Espiral, 2021). En su lanzamiento, una de las presentadoras, la académica Macarena Urzúa, aludió al antecedente histórico de la frase que da origen a su título: en la antigua Roma, la sal poseía un valor equivalente al del dinero, por lo que cualquier gesto que precipitara su derroche podía concluir en una gresca. De ahí la creencia de que pasar la sal por mano sería augurio de conflictos entre quienes la intercambian, por el riesgo de dejarla caer.

En este poemario distintas supersticiones adquieren un lugar de sentido en la cotidianidad, las cuales permitirían matizar el riesgo ante eventos con potencial adverso: "para no leer siempre el mismo horóscopo / llevo revistas nuevas a la sala de espera". En este fragmento vemos la anticipación frente a lo inevitable: una espera que convoca la fantasía del futuro y que, pese a la mala suerte, busca respuestas como puede. Cada estrategia articulada por el pensamiento mágico y registrada en este libro da cuenta del modo en que la práctica ritual modelaría acciones y, por tanto, ofrecería una valiosa alternativa de resguardo frente a los vaivenes de una realidad inestable. El acto de fe, amuleto de protección.

Ya en presunta desgracia, la autora da cuenta de su interés por las grietas que transforman el día a día. Allí, la ruptura está marcada por la desaparición y el impacto que esta tiene en quienes lidian con la pérdida. En pasar la sal en la mano nuevamente la observación construye un imaginario que deambula entre lo doméstico, la ciudad y la naturaleza. Me atrevo a afirmar que esta es una poesía situada, pese a la omisión de referencias directas a lugares o épocas. Ambos poemarios comparten una estructura fragmentaria que, en sus sedimentos, nos permite vislumbrar su inevitable raigambre latinoamericana: "los aviones llegan a su destino / para persignarnos cuando toquen el suelo".

A lo largo de la obra, el hablante nos invita a explorar las maneras en que lo individual y lo colectivo confluyen con un mismo propósito, el cuidado: "armo un amuleto / con pelos tomados de la almohada / todo es para la buena suerte / todo es para la buena suerte". Dada la condición arbitraria de la práctica ritual, esta abre espacio, a su vez, a nuevas estrategias: "proponemos un experimento nuevo / prescindir de los paños húmedos / que intentan calmar la piel / proponemos hacerlo al revés / un polvo que abra heridas / si así lo quieres".

Tras cada una de las escenas que recorren pasar la sal en la mano se construye un entramado afectivo palpable a través de acciones, espacios y objetos: "solo puedo ir detrás de ti y tomar agua / desde los vasos que usas / encontrar en sus manchas / la forma de tu huida". Me atrevo a decir que la memoria es otro de los ejes de la poesía de Campillay, la cual se reconstruye fundamentalmente desde la intimidad: "las ternuras compartidas / buscan techos / se protegen de la humedad".

La escritora estadounidense Mary Ruefle, en su ensayo Sobre la imaginación, propone que esta expande los límites de lo posible y, por tanto, ejerce su más profunda libertad no solo en el campo de la creatividad o la distracción, sino también de un modo más complejo: "la imaginación tiene una vida propia y su propia autonomía; no es aquello con lo que juegas, la imaginación es la que juega contigo. Tiene el poder de crear y destruir, de formar y deformar." Bajo esta premisa, pienso, la superstición en el poemario de Campillay operaría de una manera similar, en tanto la autora articula una poética basada en ese margen de posibilidad que lo ritual pretende torcer para evitar lo indeseado.

Se me viene a la cabeza la idea de "tentar a la suerte". Vuelvo a la intuición de Ruefle acerca de la zona oscura de la imaginación, cercana a la ansiedad. ¿Podríamos entender la fe como una vía de expresión del instinto de supervivencia? La respuesta parece evidente, aunque no exenta de matices: "pienso en las luces que aparecen en el cielo a veces / las reproduzco con aluminio en el microondas". A veces simplemente la duda empuja más lejos que la precaución.

Pregunto a quienes tengo más cerca si se consideran personas con suerte. Una de ellas responde que sí, que en más de una ocasión ha sentido que las circunstancias han estado de su lado a pesar de no parecerlo. La otra responde automáticamente que no, sin dar mayores detalles. Repito el ejercicio con algunes amigxs y la tendencia es más bien a relativizar la idea o derechamente a ubicarse en la vereda de la mala fortuna. Me animo incluso a preguntárselo a Catherina, quien cree sentirse más afortunada hoy que durante la escritura de pasar la sal en la mano, iniciado diez años antes de su publicación: "quizás por eso la necesidad de atraer esa suerte".

Mi primera respuesta también tiende a la negatividad, pero si me detengo un segundo, descubro que, pese a mis coqueteos con el riesgo y mi poco aprecio por la vida, si aún la conservo de seguro se debe a que algo de suerte tengo. Soy incapaz de desconocerla. Como un propio acto de fe, confío en que mis pequeños rituales cotidianos me han protegido pese a cualquier escepticismo. Espero que mis rodillas me acompañen cada vez que deba volver a mi casa en busca de algo que olvidé. Sentarse y pararse tres veces a esta edad ya no parece tan sencillo.

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